LALA ISLA ESCRITORA y antropóloga

«Algunos iban a apalear presos con los capillos de Semana Santa en la cabeza»

Isla presenta su libro ‘Las rendijas de la desmemoria’ hoy en Astorga y mañana en La Bañeza. M. PÉREZ

Lugar: Biblioteca Municipal de Astorga (hoy) y salón del Centro Cultural de las Tierras Bañezanas (mañana).

Horas: 20.30 en las dos ocasiones.

E. GANCEDO | LEÓN

«En la guerra, aquí, no pasó nada». Esa era la frase que, una y otra vez, escuchaba en su casa de Astorga la escritora y antropóloga Lala Isla, actualmente afincada en Londres. La misma autora que, años más tarde, descubría que su familia no había estado en el bando de las víctimas sino en el de los verdugos. Y que se embarcó en un profundo estudio —casi catarsis— que ha confluido en un libro, Las rendijas de la desmemoria (editorial Lobo Sapiens), sobre las muchas vergüenzas desatadas por la guerra civil en las ciudades maragata y riberana. Tras su presentación del mes de mayo en la capital leonesa, hoy lo da a conocer en Astorga y mañana, en La Bañeza, Además, cuenta con un jugoso prólogo de su maestro Paul Preston.

—¿Cómo surgió la idea (o la necesidad) de escribir este ‘Las rendijas de la desmemoria’?

—A pesar de haber acudido durante años a los seminarios impartidos por Paul Preston en la London School of Economics, el impulso surgió cuando leí en El País, hará ocho años, una nota diminuta que se me podía haber pasado perfectamente. Decía: «Astorga pide a Garzón abrir su fosa común». Y como mi padre (corroborado siempre por mi madre) repetía a menudo que en La Bañeza y Astorga «no pasó nada durante la guerra civil», la noticia me impactó. Si no había pasado nada, ¿cómo es posible que hubiera una fosa común?

—A partir de entonces empezó a preguntarse cosas, ¿no?

—Claro. Por ejemplo, vi en internet que en La Bañeza había habido un topo. Eso funcionó como un despertador y me pregunté: «¿Qué hicieron mis dos familias en la guerra?» El investigador José Cabañas, al que Paul Preston respeta mucho, fue el que me ayudó a llegar al fondo de mis dudas. Él y yo nos hemos estado intercambiando la información que pensábamos nos podía interesar. Yo le pasé todas las entrevistas que hice y él cantidades ingentes de documentos. Lo mismo que Alejandro Valderas. A los dos les estoy muy agradecida.

—¿Qué les diría a esas personas que, a día de hoy, siguen manteniendo eso de que «no, sí aquí no pasó nada»?

—Que vayan a un psicólogo o a un psicoanalista. Es verdad que hay personas de la segunda generación, como yo, y sobre todo de la tercera, que nacieron después de acabar la guerra y que han oído toda su vida esa cantinela y se la creen si no tienen contacto con temas de la guerra civil. Los mayores que vivieron la contienda y aseguran que no pasó nada es que tratan de esconder lo que hicieron ellos mismos y sus familiares o se han bloqueado de tal manera que se lo han llegado a creer. Menciono en el libro lo que cuenta al respecto Castilla del Pino, que él como psiquiatra no habría llegado a donde llegó sin haber tenido tantos pacientes que cargaban las neurosis de la guerra.

—¿Hay algo en su investigación que no le deje dormir, o es que este libro va encaminado a eso, a purgar fantasmas?

—No, al contrario. Cada vez que encontraba algo, incluso referente a lo que hicieron mis dos familias y sus amigos, era como una catarsis que me aclaraba muchas cosas. Yo hice una terapia psicoanalítica que duró seis años y fui la vicepresidenta durante muchos también del Women’s Therapy Centre, y todo ello me ayudó mucho a entender los silencios y las proyecciones (la derecha proyectó a mansalva durante la posguerra) y a distanciarme para ver a mis familiares como si no lo fueran.

—¿Cómo fue descubrir que sus familias no habían sido víctimas sino verdugos, cómo se asimila eso?

—Me impactó bastante. Me fascinó y al mismo tiempo me apenó. Me dio la impresión de que estaba metida en un thriller de Mankel, como sucede con tantas cosas referentes a la guerra civil por el ocultamiento de la verdad que hubo durante el franquismo. Pero la terapia me permitió tener la lucidez para seguir adelante. Yo sabía de sobra que mis dos familias habían estado en el lado de Franco y lo que contaba la paterna (y con ellos millones de españoles) daba pie a pensar que habían sido las víctimas. ¡Menudo susto me llevé (aunque eso mucho antes de empezar el libro) cuando me enteré de que la guerra no la habían empezado los republicanos! La familia materna fue bastante más liberal pero también ocultaron mucho porque mi madre fue enfermera en Astorga y lo que siempre nos contó era muy liviano en comparación con lo que luego descubrí que había sucedido allí.

—¿Por ejemplo?

—Ella mencionaba a los heridos golpistas en el cuartel pero jamás se refirió a los prisioneros que había allí, que fueron miles, o a los del campo de concentración de Santa Ana, llamado también La Pajera, donde morían como chinches, o a los fusilados en las tapias del cementerio y tantos etcéteras. Cuando yo era muy joven mencionó varias veces que dio una inyección a unas presas y como entonces yo no sabía nada de la guerra, no le pregunté más. Es lo que nos pasa a tantos que lidiamos con la historia oral, que luego te mesas los cabellos por lo que no preguntaste. Pero si no conoces un tema no puedes hacer las preguntas necesarias.

—Algunos hechos de la represión de aquella época que quiera relatarnos y que sean significativos de que sí, de que aquí pasaron muchas cosas...

—Jose Cabañas acaba de terminar un libro llamado Convulsiones. Diario del soldado republicano Jaume Cusidó Llobet. Prisioneros catalanes en el Gulag de León. Allí cuenta que en León se mataron a unos 293 catalanes. A la cárcel que se improvisó en lo que hoy es el parador de San Marcos iban dos bañezanos, el abogado Laureano Alonso Díaz-Canseco, que tenía un defecto muy obvio y al andar se movía de una manera muy particular, y el médico Luna, a apalear a los presos de La Bañeza camuflados con capillos de Semana Santa. Me lo contó María de la Fuensanta Delgado Pastor porque un familiar suyo estaba preso en San Marcos y el hermano le iba a llevar la comida y el preso se lo contaba. El preso le dijo al abogado: «Dios te hizo así para que yo pudiera reconocerte». Josefina Alonso Ruiz (cuya hermana apareció en la fosa de Izagre) estuvo presa con su madre en la cárcel de La Bañeza y vio al que llamaban Chela con el pezón de una mujer recién cortado donde se veía todavía la sangre fresca pinchado en la solapa como una insignia. Un tiempo después su hermana le dijo: «Josefina, ya sé de quien era el pezón que llevaba Chela». Había conocido a una chica de Benavente que le contó: «Mi madre y mi padre eran maestros y los mataron, pero antes de tirarlos al río le cortaron el pezón de mi madre». Yo pensé cuando lo oí: «¡Ojalá se lo hubieran cortado ya muerta!». Porque estas atrocidades se cometieron a menudo para machacar a las mujeres republicanas.

—Las familias ‘bien’ siempre intentaron camuflar su protagonismo o complicidad con la represión. ¿Es difícil que la verdad vaya saliendo a la luz?

—Cuando Jose Cabañas publique su tercer tomo, Cuando se rompió el mundo. El asalto a la República en León y sus tierras, sabremos muchas cosas más. Habrá algunas que nunca se van a saber porque están cerradas a cal y canto en las bocas de los autores y sus descendientes, o porque los mayores han muerto casi todos y muchos jamás contaron nada para proteger a los suyos. Otra razón, claro, es que trataron de ocultar quiénes fueron en realidad. A mí me decía Alejandro Valderas que a veces, en alguna boda que se celebra en el Parador de León, hay un abuelo que no quiere entrar y la familia se da cuenta por primera vez de que fue allí donde estuvo preso. Sé de un bañezano cuyo familiar está más que demostrado que fue republicano pero él asegura y asegura que en su familia todos eran de derechas. Eso explica el poder de la represión franquista, causante del miedo que todavía hay encallado en tanta gente.

—La publicación de este libro, ¿no te ha causado problemas o dilemas personales?

—Según me decía el historiador Francisco Espinosa Maestre, especializado en la represión extremeña, se pueden contar con los dedos de una mano las personas que, como yo, han sacado a luz cosas del entorno de sus familiares, porque las historias personales suelen ser de represaliados por el franquismo. Yo siento mucho, de verdad, el disgusto que se están llevando mis primos Isla, que son unas bellísimas personas, por hablar demasiado. pero usé la historia de mis dos familias porque explica muy bien el silencio que todavía hay sobre lo que pasó de verdad. Antepongo las tragedias de tantas familias que tienen a los suyos todavía en las cunetas y fosas comunes. Lo peor para la salud mental y física es no poder hacer el duelo de los seres queridos como es debido. Tanto si son cristianos como si son ateos.

—¿Qué cree que necesita este país para dejar atrás ese lastre del pasado?

—En España se tenía que haber hecho lo mismo que en Alemania, una aceptación pública de lo que sucedió, una comisión de la verdad, pero nosotros tuvimos a Franco y los suyos muchos años contando cuentos, ahora se sabe la cantidad ingente de asesinatos que hubo en la posguerra y cómo Franco firmaba las sentencias de muerte a veces a la hora del café con toda la tranquilidad del mundo, y encima apoyado por una Iglesia que se benefició enormemente. Esa es una mezcla atómica. El Papa Woytila hizo santos de prisa y corriendo a muchos golpistas y cuando se estaba produciendo el proceso de beatificación del Padre Huidobro lo pararon al darse cuenta de que no lo habían asesinado los republicanos sino los componentes de la Legión a quienes les amonestaba por las barbaridades que hacían. Yo vivo en Londres desde hace cuarenta años, algo que también me ha ayudado mucho a distanciarme y a comparar la guerra civil con otras historias europeas, y cuando cuento que a la nieta de Franco la han hecho duquesa de Franco me miran espeluznados. Es (como me han dicho muchos) igual que si a alguien la hubieran hecho duquesa de Hitler. Verdaderamente terrible. Da mucho que pensar el que ese título se lo hubiera dado el rey anterior.

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