Fernández Llamazares | pajares de los oteros

Cuando el burro marca la senda

Heredero de una actividad familiar constatada en 1870, Fernández Santos suma a su condición de viticultor y bodeguero la de entusiasta impulsor de la actividad vitivinícola en Pajares de los Oteros y orgulloso defensor de la condición de cuna del prieto picudo que reclama la villa.

Julio César Fernández Santos en el estand de la bodega en una de las ferias del prieto picudo.
Norberto.

Rafael Blanco

Pajares, que también es marca, sitúa geográfica-
mente el origen del vino que se pide y lo diferencia inequívoca-
mente de otros prieto picudo de Valdevimbre, de Valderas, de Gordoncillo… Sobre la sólida base de algunas de las mejores cepas de la cuna del prieto picudo y como resultado de un proceso de elaboración muy definido que inevitablemente acababa poniendo cada año en el mercado uno de los mejores rosados de elaboración tradicional de la zona (20.000 botellas del 2011; 3,00 euros), los Pajares siguen siendo la apuesta de una bodega histórica de Los Oteros que se mueve dentro de los parámetros de una producción contenida y bajo un catálogo simplificado en el que caben también un tinto con tres meses en roble (9.000; 4.00) y un crianza —18 meses en barrica el del 2009— de simbólica presencia comercial (4.500 del 2009; 10,00).

Vanguardistas en su tiempo —no había otros prieto picudo, si acaso otro, en los lineales de los grandes supermercados—, los Pajares fueron la primera referencia clara en el mercado del nuevo vino que estaba por venir de las tres subzonas de producción que hoy delimitan el mapa de la DO Tierra de León. Pero sobre todo fueron la más clara representación de una cultura milenaria del vino, de una manera de interpretar la actividad en la viña y en la cueva.

Pero la bodega necesitaba un nuevo impulso ponerse al día, de manera que hace tres años decidió reinterpretar la actividad y crear una segunda línea de vinos de muy corto tiraje y con objetivos comerciales más altos. Había que empezar por crear marca. No se rompieron la cabeza sus mentores, que definieron un nuevo perfil del vino a partir de la más alta exigencia de calidad y llevaron a la etiqueta el nombre del paraje con un efecto de recorte sobre la silueta de un amable pollino. La Senda del Burro llegaba así al consumidor por la vía de la simpatía, entraba por los ojos con la misma facilidad que por la nariz y la boca y dejaba en la mejor consideración al que genéricamente podía ‘un burro’ para referirse a ese rosado de alta escuela elaboradora.

La consolidación de La Senda del Burro como referencia de calidad a partir de la mención lógica tomada del paraje de origen de la uva, pero que sin duda ha despertado una cierta curiosidad en el consumidor hasta el punto de situarla entre sus preferencias a la hora de pedir un rosado, ha acabado por hacer marca —segunda marca— en la primera bodega que la tuvo justo en el momento en el que se produjo la explosión de los prieto picudo.

De manera que las estrellas de la bodega son ahora los burros. Dos, porque al rosado de singular presentación con la silueta del solípedo en la etiqueta sobre fondo se sumó el año pasado un crianza elaborado sobre la base de la vendimia de dos hectáreas de viejas rastreras en el camino que lleva desde Pajares a Pobladura.

Uno y otro crecen en producción y de la segunda elaboración del soberbio tinto —es del 2009 con doce meses en barrica— saldrán al mercado 2.500 botellas (12,00 euros).

Cierra con él la bodega esta línea de más alta calidad en la que sólo se utiliza mosto yema para el rosado y vendimia seleccionada en los dos casos. Uno y otro están en la línea hacia la que tienen que apuntar los grandes rosados y tintos de prieto picudo, hoy por hoy un campo en el que queda mucho que avanzar.

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