Vinos de su puño y letra

«El vino es un abrigo interior»

Alfredo Marqués CalvoViñedos y Bodegas Pittacum S.L.«No sólo hay que hacer buenos vinos, sino vinos que enamoren a la gente». Esa clarividente consigna y una cierta ‘socialización’ del vino —que por su precio sea accesible para todos— guían la actividad en la bodega señera de Arganza, siempre bajo la tutela técnica de un ‘catedrático’ de la mencía berciana.

Alfredo Marqués Calvo, en el patio que cierran los viejos caserones de piedra quedan a la bodegade Arganzauna enorme riqueta también patrimonial.
LUIS MANUEL DE LA MATA

Rafael Blanco

Alfredo Marqués Calvo (Ponferrada, 1965) hizo su primer vino cuando sólo tenía dieciséis años. Ya entonces lo perdía su pasión por la viña y la bodega. Hizo ese vino bajo la supervisión de su abuelo, que es algo que recuerda muy bien, quizá no tanto por la calidad del caldo como por las dos reprimendas del tutor sobre la elección de los dos cubetos que compró con sus ahorros, una, y por negarse a atestar las cubas con mosto de la cooperativa, a la vista de que la viña de Arganza no daba para tanto, la otra. Claro: no hubiera sido su vino, razona con el paso del tiempo. De manera que hizo entonces en secreto lo que haría ahora en confesión: buscar los mejores cantos rodados, lavarlos a conciencia y meterlos dentro hasta hacer rebosar los bocoyes. Ése sí era su vino.

Marqués Calvo no ha hecho otra cosa en la vida más que su vino, que es el que proclama y vende. Dicen quienes dirigen la bodega que tiene familia y Pittacum, pero no necesariamente por ese orden en una exageración sin duda desmesurada de sus prioridades. Probablemente no haya en el Bierzo mejor conocedor no ya de la viña de la zona, sino de las viñas de la comarca, de cada una de ellas y de sus intimidades. Esa posición de privilegio lo sitúa en la pole position de la mencía, que es una carrera de fondo. Un ojo al frente y otro en el retrovisor. Hay que saber de dónde se viene para tener bien claro adónde se va: «Estoy convencido de que cuando llegaron aquí los romanos y vieron el terreno dijeron: es el sitio para hacer vino».

Y avala esa creencia en datos ciertos posteriores: «En 1850 el 43% de la población del Bierzo trabajaba la viña y vivía de ella. El vino no se bebía por sed, sino por hambre. Era —es— un abrigo interior que te daba la fortaleza necesaria para seguir trabajando».

Defensor a ultranza de la mencía —el Garnacha La Prohibición, lo dice el nombre, es la excepción en la tarjeta de presentación de la bodega—, asegura que «no es ninguna casualidad» que se haya adaptado tan bien al Bierzo y añora y defiende las prácticas tradicionales en la viña, de las que le habló su abuelo y de las que todavía da fe su abuela de 104 años. Y se horroriza con los recuerdos de las aplicadas en la viña y en la bodega desde los años cincuenta a los ochenta. «Valía todo. Se hacía una enología desastrosa, para olvidar. Pero hay un antes y un después», afirma en otro rapto de nostalgia: «Mi abuelo me hablaba de cuando a la viña no había que tratarla, sólo podarla. Y, afortunadamente, en eso estamos de nuevo».

Pittacum nació en 1999 por iniciativa de inversores bercianos que ese año elaboraron una producción simbólica. Desde el 2003 la sociedad está bajo el control del grupo gallego Terras Gauda, que capitaliza su actividad en Rías Baixas, pero que opera también en Ribera del Duero tras la adquisición de Quinta Sardonia, otra joya vitivinícola.

Todos los Pittacum —Tres Obispos, Pittacum y Pittacum Áurea— son mencía (DO Bierzo), salvo La Prohibición —Garnacha Tintorera 100% desde su segunda elaboración, en el 2008—, una tentación demasiado fuerte como para resistirse.

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