Vinos de su puño y letra

«El vino es la lucha de mi vida»

Nicolás Rey ArenalBodega Nicolás Rey e Hijos, S.L.«La vida hay que lucharla sin descanso y el vino es mi lucha y mi vida». Viticultor desde que le alcanza la memoria y bodeguero histórico, quien encabeza la mención social de Nicolás Rey e Hijos es ahora, a sus 79 años de edad, un activísimo comercial de la sociedad que abraza a tres hijos.

Rey Arenal, enun rincón de la bodega en elque guardaviejos aperosde labranza y rudimentarias máquinas del proceso inicialdel embotellado.
B. fernández

Rafael Blanco

Nicolás Rey Arenal (Valdevimbre, 1933) fundó en el año 1965 la bodega que todo el mundo conoce por Los Palomares. No tiene pérdida: es llegar al pueblo más vinatero de la provincia y los paneles indicadores llevan hasta su puerta. Son las de las nuevas naves de elaboración desde las que se accede a dos cuevas tradicionales excavadas en paralelo, confluentes en forma de U por el fondo y magníficamente bien conservadas. Ideales para la crianza.

«Empecé de cero y si he llegado hasta aquí y tengo lo que tengo es porque siempre he mirado muy bien por el cliente. Son tiempos de mucha competencia en los que sólo vives si la mercancía que ofreces es de buena calidad». Lo tiene claro Rey Arenal. Casi octogenerío, bonachón, de sosegada conversación y costumbres fijas —intenso trabajo por la mañana, irrenunciable siesta y unos vinos al caer la tarde—, el padre de Jesús, Roberto y Ángel todavía impone criterio en la bodega, pero sobre todo vende su vino y sus convicciones en cualquier parte de la provincia, de manera que lo mismo puedes encontrarlo en las calles de la capital, que en los pueblos de las riberas del Órbigo y el Esla o atendiendo al último cliente cuando ya se endurece la subida a San Glorio. «¿Cómo te vas a quedar quieto ahora si llevas toda la vida danzando?», se interroga y se justifica.

Lo hace mientras extiende la mano hacia algunas de las máquinas y herramientas con las que empezó a desarrollar su actividad como vitivinicultor. «Había que hacerlo todo manualmante, desde lavar las botellas, llenarlas y encorcharlas hasta etiquetarlas», recuerda. Eso ocurría en el año 1965, cuando fundó la bodega bajo la idea de la que hoy conocemos y simultaneaba los graneles y el garrafón con el embotellado bajo la referencia comercial de Los Palomares, que todavía hoy mantiene para los vinos de mesa.

Entonces como ahora el clarete era el vino de su gusto, pero se confiesa receptivo a cualquier posibilidad, incluso las más vanguardistas, como el semidulce de verdejo que ha abierto nuevos horizontes comerciales para el vino leonés. El Impresiones, ahora ya con la nueva variante del pionero Impresiones Cueva (parecido a un espumoso), supone la mitad de la producción de la bodega tras multiplicarse exponencialmente en los últimos tres o cuatro años. «Ha sido un descubrimiento y un acierto, y en eso llevamos mucha ventaja a las otras bodegas que nos siguen», se felicita. Pero admite la conveniencia de experimentar con los tintos en distintas elaboraciones: «Los resultados, tanto en el caso del joven como del crianza, nos indican que merece la pena e incluso ya empiezan a tener tirón comercial».

La base de elaboración son las 31 hectáreas de viñedo plantadas en espaldera hace doce años en distintos parajes del entorno. Salvo unas cuentas cepas de Tempranillo, es todo Prieto Picudo y Verdejo, insuficiente en ambos casos para el volumen de producción de la bodega y todavía ante el horizonte de su mejor rendimiento cualitativo.

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