margon | pajares de los oteros

Picudos y albarines cum laude

Margon se sustenta en dos pilares fundamentales: el criterio de Raúl Pérez Pereira, el personaje más universal del vino leonés, y el valioso patrimonio que constituyen las 96 pequeñas viñas de viejas rastreras de prieto picudo propiedad de la bodega que ésta guarda como un tesoro.

La elaboración engrandes tinas troncocónicasde roble y el rechazo expresoa los depósitosde acero es toda una declaración de principios por parte de Margon.
Alberto R. Peña

Rafael Blanco

Las altas puntuaciones otorgadas por la crítica nacional e internacional no son la verdad absoluta sobre el vino, sobre ningún vino. Pero sí un excelente indicador. No son la verdad absoluta porque ésta sólo se encuentra en el vino y en la relación directa con él de quien lo disfruta. Margon —que como sociedad y como bodega es la concreción de la ilusión vitivinícola de dos inversores, Alfredo Martínez y Eugenio González— es un proyecto muy joven, tanto que en sus todavía inacabadas instalaciones sólo se han realizado cuatro elaboraciones. Al margen del criterio técnico, el gran patrimonio de la bodega lo constituyen casi un centenar de pequeñas viñas de viejísimas rastreras de prieto picudo. La mayoría de ellas, en torno a ochenta, están ubicadas en Pajares. Pero Margon también posee diez viñas en San Pedro de los Oteros, unas tres hectáreas, y excluirá de la concentración algunas pequeñas parcelas del paraje de Valdemuzarra que suman algo menos de otras tres hectáreas y que, plantadas a finales del siglo XIX, son las más viejas del entorno. Unas y otras, con referencia en la etiqueta, son la base de elaboración de los dos vinos de pago: Paraje de El Santo y Valdemuz. Dos delicadezas de limitadísima producción que prolongan hasta los veinte meses su permanencia en madera tras hacer la fermentación en las grandes tinas de roble que la bodega prefiere frente a los depósitos de acero.

La novedad del año ha sido el Pricum Primeur, un vino que abre un nuevo campo de exploración para Margon. Es, como su nombre indica, el primero de los tintos de la sociedad, un punto de ruptura en una bodega decantada por elaboraciones complejas, cuidadas y muy prolongadas en el tiempo. El añejamiento en este caso es de sólo tres meses, el tiempo justo para limar las aristas del prieto picudo manteniendo intacta la frescura de su juventud. La otra novedad, todavía no comercial, es el ensayo de lo que viene a llamarse voluntario, a partir también de uva seleccionada de prieto picudo de la vendimia del 2008. El hollejo sin raspón fermenta y macera en tinas de madera y del sangrado sin prensado se guarda el mosto yema en barricas. El resultado es un tinto fresco, largo y ligero, muy del gusto de su autor. De esa primera experiencia sólo se guardan unas docenas de mágnum. No habrá 2009 y el 2010, que descansa en barrica, será ya comercial.

Pero el santo y seña de la casa es el Pricum Crianza, ahora ya con quince meses de añejamiento. Es el vino de volumen de la bodega, que en su catálogo de elaboraciones incluye un rosado joven, otro con siete meses en tina oval de roble, un albarín en tina gemela y también con siete meses de permanencia en lías y otra perla: un segundo albarín diferenciado por la sobredenominación Valdemuz. Estuvo ocho meses en fudre y doce en barrica pequeña, pero su producción es simbólica.

Una última delicadeza corona la oferta enológica: un dulce de vendimia tardía de verdejo recogido el 22 de diciembre del 2008. La segunda elaboración —es albarín y se vendimió la última semana de enero del 2011— se guarda en barricas de 500 litros y dará contenido a las botellas del Pricum Aldebarán —la estrella que más brilla en la constelación de Tauro—, que en el futuro, dentro de al menos de años, sustituirán al actual. Es una experiencia tan prometedora como sugerente.

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