ROBLES GONZÁLEZ | Morilla de los Oteros

Prieto picudo en versión sencilla

Unas cuantas cepas en rastrera como testimonio de una mayor dedicación a la viña en otros tiempos y nueve hectáreas plantadas hace once años, una cueva tradicional y una bodega familiar habilitada en el casco urbano son los escenarios de la actividad de Bodegas Robles González

Una cueva magníficamente conservada es base de operaciones de la bodega.
b. fernández

Rafael Blanco

Apenas queda en Morilla de los Oteros más viñedo que el que Jorge Robles González y su padre, Víctor, plantaron hace once años —cinco hectáreas, cuatro de ellas prieto picudo y una de tempranillo, todo él dispuesto en espaldera— y el que con buen criterio salvaron del descepe generalizado que se practicó en esta zona en la que las ondulaciones del terreno se atenúan para despejar el horizonte y desviar la vista sobre la vega del Esla. Conservan los Robles esas cuatro hectáreas de viejas rastreras con mucho cariño, tanto como dedicación le presta el progenitor, pendiente de las labores en el campo, sobre todo, y siempre dispuesto para cualquier tarea en la bodega. En las bodegas, porque son dos. Una en el casco urbano y la otra en la parte más alta, excavada sobre una ladera que cae hacia el norte con suficiente espacio habilitado y acondicionado sobre la bocacueva para tareas puntuales. Con esa base y en esos escenarios Robles González mantiene una línea de vinos de mesa, Viña Barrerona, que menciona en la etiqueta todavía más popular de la casa el paraje del viñedo y que ahora, descartado el tinto, se limita al rosado de corte tradicional elaborado mediante el sistema de madreo. El mismo que aplica para el rosado que lleva la certificación de calidad de la Denominación de Origen Tierra de León.

Con la misma etiqueta, Villaliz, presenta un tinto del año (5.000 botellas en el mercado de la vendimia del 2009; 3,00 euros en bodega) que en realidad es del anterior, pues lo deja reposar largo tiempo en bodega. Entiende Robles González que gana en calidad y actúa en consecuencia. Hace todo lo que puede, lo que le dan las viñas, y vende todo lo que hace. Una buena parte en la propia bodega, donde se citan clientes históricos para comprar unas botellas, pues hace tiempo que la casa renunció a otros formatos más prácticos, pero menos… presentables. Y vende y distribuye personalmente en el entorno geográfico, particularmente en Valencia de Don Juan, si bien su presencia en la capital es ahora más evidente gracias a la labor de un distribuidor. No tiene Jorge tiempo para más, porque la vitivinicultura es sólo una actividad complementaria de la agricultura, si bien siempre la desarrolló con mucha dedicación y mucho cariño, que en ello va también la calidad del vino.

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