vinícola valmadrigal | CASTROTIERRA DE VALMADRIGAL

Renovación desde la valentía

Un Zarcillo y varios Baco y Bacchus premian la dedicación y el criterio con que Agustín Paniagua se emplea en el mundo del vino. Acaba de hacer una reinterpretación de su negocio desde una bodega bien dotada y ahora con una carta de elaboraciones diversa y de muy alta calidad.

Aspecto del interior de la nueva bodegade Paniagua,dotada delos mejores medios técnicos.
b. fernández

Rafael Blanco.

Agustín Paniagua, Tinín para todo el mundo en el sector, es un integrante de la vieja guardia del vino leonés. Vivió toda la vida entre la viña y la bodega y, por tanto, sabe todo lo que hay que saber para desenvolverse en este entorno. Viticultor y al mismo tiempo bodeguero de la desaparecida cooperativa de Castrotierra de Valmadrigal, de la que fue gran impulsor su padre, se hizo cargo en 1993 del uso de las instalaciones cuando la sociedad vio llegada la hora de la liquidación. Pero todavía recuerda con muy justificada tristeza que en los años setenta y ochenta se llegaban a recoger cuatro millones de kilos de uva tras cada vendimia en ese pequeño entorno geográfico en el que la cooperativa rivalizaba con la muy próxima de Gordaliza del Pino e incluso con la de Galleguillos de Campos. Todas corrieron la misma suerte.

No queda viñedo en Castrotierra de Valmadrigal, aunque Agustín se ha propuesto recuperarlo siquiera de manera testimonial. Zona histórica de producción, se quedó en nada en cuanto la cooperativa no pudo seguir desarrollando su labor por falta de materia prima, extinguida como consecuencia de la reordenación de la propiedad y del cese de la actividad por el abandono del campo y la inviabilidad del relevo generacional. Ya era entonces Tinín bodeguero de la sociedad, utilizó las instalaciones un tiempo tras la quiebra de la sociedad y acabó construyendo una gran bodega a unos cuantos pasos. Selecciona la mejor uva que encuentra en el sur de la provincia y elabora con ella. Pero Vinícola Valmadrigal es más que una bodega, porque a esa primera y principal dedicación de las instalaciones añade una tienda de productos agroalimentarios y un área dedicada a la restauración, con bar en la planta baja para degustar los vinos de la casa y un restaurante de cocina familiar en la superior.

Pero la bodega es su ocupación. Elabora tres líneas de vinos con las referencias de Babia para bag in box, Viña Pornada (blanco, rosado y tinto) para los embotellados de mesa y Castillo de Valmadrigal y Castro Iuvara para los acreditados por la Denominación de Origen Tierra de León. Son en el primer caso un rosado tradicional de muy buena factura (3,05 euros en bodega), un tinto joven felizmente recuperado en la vendimia del 2011, ahora de maceración, tras abandonarlo el año anterior (4,50) y un joven roble —seis meses (3,50)— y un crianza — doce (5,50)— en el primer caso. Es en la serie de más alta calidad en la que acaba de desencadenar una auténtica revolución, sin duda inducida por el cambio en el criterio técnico, ahora —de nuevo— bajo la acreditada dirección de David Cabezón Mateos. En un ejercicio de sensatez, bajo la etiqueta Castro Iuvara, la bodega recupera el albarín con varital blanco de referencia (5,50 euros), aunque todavía sin renunciar al verdejo (3,05). Y, además dobla su apuesta con el rosado y pone en el mercado un madreado (4,50) en un ejercicio de valentía al que deberían sumarse muchas otras bodegas del entorno. La gama la corona un reserva también monovarietal prieto picudo con 18 meses de permanencia en roble francés (7,00).

La última elaboración en todos los sentidos es un segundo albarín semidulce, Momentos de Tébano (5,90) de baja graduación alcohólica (9 grados), bien presentado y muy en la línea de las nuevas demandas de un mercado ahora más abierto.

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