SUSANA VERGARA PEDREIRA

Viaje a la celda de Quevedo

Pasó mucho frío. En San Marcos. Preso. Esta es la historia y las historias que rodean a la celda de Quevedo en el Parador.

ÓSCAR RODRÍGUEZ GARCÍA

SUSANA VERGARA PEDREIRA

Aquel 7 de diciembre, lo sacaron de la cama y en una espectacular acción policial lo condujeron descamisado y sin previo aviso a San Marcos, donde quedó ‘alojado’. Era el invierno de 1639. El sorprendido ‘huésped’, Francisco de Quevedo y Villegas, un afamado y exitoso escritor, de familia hidalga, noble y potentado, de probada gloria en las letras y las camas.

Así iniciaba Quevedo su viaje a León. Pero en San Marcos no le esperaba un lecho con dosel sino un catre frío y solitario.

Apenas 24 horas antes, gozaba en un tálamo del palacio del duque de Medinaceli, a la sazón amigo y mentor, hasta que los alguaciles interrumpieron su sueño. Tenía el hombre 61 años.

De las chimeneas crepitantes del palacio a los rigores de León. Porque no contentos con arrestarle ostentosamente, lo condujeron sin dejarle «cosa alguna», «sin una camisa, ni capa, ni criado, en ayunas», «con más apariencia de ajusticiado que de preso», «en el rigor del invierno», «sin saber a qué, ni porqué, ni adónde», «caminando cincuenta y cinco leguas» hasta el convento Real de San Marcos de León. Su prisión.

Lo que pasó después de ese viaje de entre 5 y 7 kilómetros por cada legua no queda muy claro. Tres años y medio que Quevedo describe con gran sufrimiento, preso, encerrado sin salir, en un torreón primero y una celda subterránea después que algunos historiadores ponen en duda, pues siendo escritor, qué mejor aliado que la pluma para fabular y describir con alegorías su rigor de presidiario como si su alma fuera cuerpo. Pero, sobre todo, siendo Caballero de la Orden Militar de Santiago, se aventuran a imaginar que estaría más bien confinado que prisionero.

Pero saliera por los pasillos, transitara el bellísimo claustro o permaneciera entre cuatro muros, cualquier leonés puede imaginar el frío metido en los huesos, el viento del norte colándose por los rincones, la neblina levantada desde el río, los campos escarchados y el agua congelada en chupiteles como si fueran gárgolas transparentes.

El caballero Quevedo convertido en reo. Su viaje por el interior de San Marcos se puede rastrear aún hoy. Sin más grilletes que las suspicacias de los historiadores. Hay tantas versiones como fabulosa es la historia. Llevan años analizando sus escritos, cotejándolos con los planos, midiendo brújula en mano latitudes, calculando en pies en vez de metros. Porque es enmarañado lo que describe Quevedo de su cautiverio. Para la Red de Paradores, propietaria del Hostal San Marcos, la «prisión en una torre de esta santa casa, tan espaciosa como clara, y abrigada para la presente estación», como narra Quevedo a su amigo Adán de la Parra, preso en la Torre del Gallo de San Isidoro, pertenece a una parte del Parador que ya no existe y en ningún caso sería el actual torreón sur, junto al río, pues se terminó en el siglo siguiente.

Paradores ha puesto una placa en sus pasillos, en el lugar donde cree que se alzó la celda que, según Quevedo «tiene de latitud veiticinco pies y diecinueve de ancho, sus paredes estás desmoronadas. En la torre se entra después de ascender veintisiete escalones».

Si el viajero inquieto, sea o no natural de estas tierras, se adentra en el Hostal, podrá leer la inscripción oficial y, si tiene suerte, llegar hasta la celda apócrifa, la que algunos historiadores sostienen que está en el trascoro de la iglesia de San Marcos, a la que se llega aún hoy por un pasadizo y luego una escalera aunque no haya ni 27 escalones ni los «veinte peldaños de donde cantan los monjes y con un río de cabecera». Arguyen que de siempre fue Quevedo un exagerado.

Es una estancia que Paradores mantiene cerrada al público, a la que se llega por pasadizos encajonados en el muro hasta toparse con una puerta que cruje recordando pesados cerrojos, una pequeña sala abierta entre gruesos muros iluminada por una pequeña apertura.

Otros investigadores buscan la celda de los sótanos, que Quevedo describe como «tan húmeda como un manantial, tan oscura que siempre es de noche, y tan fría que nunca deja de parecer enero».

Una celda a la que dijo ser trasladado meses después de su llegada, como agravamiento de su castigo tal vez.

«Tiene, sin ponderación, más traza de sepulcro que de cárcel», narra. «Ya se ve, no podía esperarse menos de un ánimo vengativo», añade.

«Tiene de latitud esta sepultura donde encerrado vivo, veinticuatro pies escasos y diecinueve de ancho. La techumbre y paredes están por muchas partes desmoronadas a fuerza de humedad; y todo tan negro que más parece recogimiento de ladrones fugitivos que prisión de un hombre honrado. Para entrar en ella hay que pasar dos puertas que no se diferencian en lo fuerte; una está al piso del convento y otra al de mi cárcel, después de veintisiete escalones que tienen traza de despeñadero. En medio de la pieza está colocada una mesa, que es donde escribo, que es tan grande que admite sobre sí treinta o más libros, de que me proveen éstos mis benditos hermanos».

Pero esos sótanos jamás han aparecido.

Tampoco hay acuerdo sobre los motivos que condujeron a Quevedo a ser preso aunque no hay historiador que sostenga ya que su confinamiento se debiera a que una mano deslizara bajo la servilleta de Fernando IV unos versos satíricos en romance contra el gobierno del rey y el todopoderoso Conde Duque de Olivares. Más bien fue un escarmiento público en el que se mezcló el carácter pendenciero y mujeriego del escritor, sus comentarios inteligentes y mordaces contra el poder establecido y, sobre todo, su convencimiento de que había que estrechar lazos con Francia.

No hay duda en cambio, como presidiario o en ‘arresto domiciliario’ de un Caballero de Santiago en un convento de su orden, de las sensaciones de Quevedo en San Marcos.

«El ceño de estas montañas, cuyos vientos rabiosos son súbita locura, traen noche e invierno; y en un mismo día de verano, que aquí es sólo vocablo, hacen vivir repartidos por las horas todos los meses del invierno». León.

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