Eugenio Espinosa | Grajal de Campos

Vino en el horizonte de Campos

Plantó hace ya catorce años Eugenio Espinosa casi otras tantas hectáreas de viñedo en el altozano que divide las riberas del Cea y el Valderaduey. Pero su tentativa por recuperar la actividad vitivinícola en esa zona histórica de producción ha tenido que superar demasiadas dificultades.

Eugenio Espinosa desarrolla su actividad en una bodega en el casco urbano de Grajal de Campos, que también espunto de venta.
B. fernández

Rafael Blanco

Recuerda Eugenio Espinosa Santos los tiempos en los que la viña cubría en Grajal de Campos tanta superficie como el cereal y era actividad principal en la histórica villa que abre Tierra de Campos al sureste de la provincia. Recuerda, porque la ocupación de la familia en relación con la viña y el vino está documentada desde 1923, cuando en casa de su abuela se producían dos mil cántaros de vino al año. Y recuerda, porque ni siquiera hace falta ir tan atrás en el tiempo, que en los años setenta y ochenta la cooperativa, que era más importante que las de Gordaliza, Galleguillos y otras del entorno, recogía hasta tres millones de kilos de uva en cada vendimia.

Desaparecido con la concentración el cepaje histórico que cubría los altos sobre los que se abren curso las cuencas de los ríos Cea y Valderaduey, sólo unos pocos vecinos de Grajal de Campos se atrevieron a apostar a finales de los noventa por el nuevo viñedo. Lideró Espinosa esa aventura y dispuso en espaldera diez hectáreas de cepas de prieto picudo y tempranillo, salpicadas con algunos pies de cabernet sauvignon, palomino, mencía, malvasía blanca y roja, garnacha tintorera y… abasta, o sea, la variedad blanca de prieto picudo. Tan variada y rica paleta varietal le ha servido para hilar sólidos argumentos en largas tertulias sobre la evolución, el rendimiento o la idoneidad de una y otra, y en los mejores tiempos para obtener un nada despreciable rendimiento de la actividad.

Sin embargo, el exceso de oferta se convirtió en un problema y la actitud del comprador sobre el viticultor pasó de ser una relación comercial respetuosa a una falta de respeto del primero para la inteligencia y el trabajo del segundo. De manera que, al mismo tiempo que ampliaba en un par de hectáreas el cepaje de prieto picudo en el paraje de Los Pedregales, decidió dar un paso de valiente y arriesgar en la elaboración. Hoy, bajo las etiquetas de E. Espinosa, Reina Urraca y Castillo de Grajal comercializa en botella vinos de mesa, rosado y tinto, ya sean monovarietales prieto picudo o mezcla de éste con tempranillo e incluso cabernet sauvignon. Y también —y sobre todo— en bag in box de cinco y quince litros. Y, durante un par de años, al amparo de la denominación de origen, comercializó dos monovarietales prieto picudo elaborados como rosado y tinto. Uno y otro llevaban la referencia Pallantini, que seguramente la bodega recuperará a corto plazo. Y vende el resto de la producción, con gran dolor de corazón e, inevitablemente, también con un profundo y más que justificado lamento si se extiende la mirada al futuro. Pero también al pasado. De aquella intensa actividad sólo quedan como testimonio las bodegas que hay debajo de cada casona de tan ilustre villa. Y en ese escenario escucha Eugenio como su hijo Abel, con formación específica para la labor, admite resignado que la viña y la bodega hace tiempo que dejó de ser una manera de vivir. Si acaso un modo de vida y, en el mejor de los casos, una actividad complementaria de otras en el campo.

En cualquier caso, la bodega sigue experimentando elaboraciones y mantiene en barrica pequeñas partidas que aliña con la ilusión —y seguramente los ímpetus de juventud— de Abel Espinosa, quien debe asumir el relevo generacional y dar continuidad a la actividad.

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