broco martínez | parandones

Vinos en interpretación clásica

Granelista histórico, esa forma de entender el vino es la base de la labor en la bodega de Agustín Martínez. Elabora 200.000 litros al año, blanco y rosado y tinto, que vende a clientes de toda la vida. Pero también pone su sello en botellas a un godello y un mencía de guarda.

Broco Martínez tiene su bodega entre Horta y Parandones, entre la vieja nacional VI y la línea del ferrocarril abandonada.
b. fernández

Rafael Blanco

Agustín Martínez García no se impone prisas en la vida ni en la elaboración del vino. Lo tiene todo muy medido después de largos años en la actividad.

Fundó la bodega en 1962. En 1975 construyó las actuales instalaciones, no excesivamente grandes pero suficientes para la labor que realiza. Están a la vista de la vieja Nacional VI, que todavía a esa altura, entre Parandones y Horta, discurre paralela a la Autovía del Noroeste y también al paso de la línea del enlace ferroviario de Toral a Villafranca, un resto testimonial sobre el que ahora se propone un proyecto turístico. Y en 1999 inscribió a la bodega en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Bierzo, asumiendo así un compromiso con la calidad de elaboración a la que siempre fue fiel.

El embotellado vendría más tarde. Bodeguero conocido, reconocido, respetado y muy querido en el Bierzo, es uno de los granelistas históricos de la comarca que luego derivó al más práctico bag in box.

Todavía la mayor parte de la producción —blanco, rosado y tinto joven— sale de la bodega por esa vía y llega sobre todo a Galicia, históricamente un excelente mercado para los vinos de la bodega y de la comarca en general, lo mismo que Asturias, aunque también a puntos concretos de la provincia, pero especialmente en el entorno geográfico más próximo.

Tiene doce hectáreas de viñedo viejo y un alto nivel de producción que vende directamente en bodega, donde con facilidad se le puede encontrar incluso en días festivos, atendiendo labores puntuales, a algún visitante siempre bien recibido o, gracias a referencias de terceros, a un posible nuevo cliente que por vía telefónica se interesa por sus vinos y hace anotar una visita, una prueba o un pedido inicial.

No es momento en general ni edad para asumir grandes riesgos, de manera que Martínez García se mueve en los parámetros en los que lo ha hecho siempre. Vende sobre todo a clientes que lo son de mucho tiempo atrás y que no faltan a su cita anual con el pedido de esos blanco, rosado y tinto.

Una parte muy pequeña de la producción sale de la bodega en botella, como vino de calidad, bajo dos etiquetas clásicas: Señorío del Pinar para el godello (7.000 botellas; 3,00 euros en bodega) y Viña del Conde para el tinto. Es crianza o reserva dependiendo de la oportunidad, aunque en realidad se trata más bien de un ensayo de muy corta producción que vende en la propia bodega o distribuye directamente sin más pretensiones que tener un motivo de orgullo y sobre todo agradar a los mejores clientes y a unos cuantos amigos.

Presentado en este caso como reserva, lo hace sin cambio en el precio: «Es una partida pequeña con la que realmente no hago negocio, o al menos no me lo planteo de esa manera, sino satisfacer a quienes lo conocen y, por supuesto, también a mí mismo. Un capricho».

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