FUEGO AMIGO

Los alfareros de Gaudí

ERNESTO ESCAPA

Hace ya varias décadas, los vecinos de Jiménez de Jamuz rescataron la celebración de los mayos incorporando grupos escultóricos en homenaje a los antiguos oficios o a personajes prendidos de la nostalgia. Todavía la Navidad conserva la leyenda de alguno de aquellos conjuntos, cuyas figuras apagó el tiempo. Y no es la única escenificación callejera de los jiminiegos. Por la misma época, los jóvenes del pueblo emprendieron la escenificación de un viacrucis viviente que alcanzó cierta notoriedad por su verismo. Pero esta pasión escondía uno de los secretos mejor guardados de Jiménez de Jamuz. Fue como una exhibición contrarreformista frente al pasado ecuménico de un pueblo en el que convivieron durante al menos un siglo los cristianos católicos con los evangélicos. Una novela galardonada con el Nadal de 1970 reconstruye el crepúsculo de aquella comunidad campesina, que todavía hoy conserva desde la distancia su capilla con tanto o más decoro que el templo católico.

Las calles de Jiménez se ondulan en la levedad de un valle poco pronunciado que desciende desde los pies del Teleno hacia el encuentro con el Órbigo. Aguas arriba, en Herreros, se unen los cauces menguados del Jamuz y del Valtabuyo, que en su nombre homenajea al pueblo cabecero de Tabuyo del Monte. Valjamuz es un badén entre la ribera de La Bañeza y la Valdería, un paso adornado de bosques que suelen ser pasto frecuente del fuego. De estos páramos entresacaban en el siglo dieciocho los alfareros de Jiménez el combustible vegetal para cocer sus cacharros. Aunque su número y actividad crecientes obligaban a ajustar montes lejanos de los que traer urces y encinas. Durante mucho tiempo se abastecieron de los montes de Brañuelas, por la facilidad de transporte en tren.

Aunque hubo un momento en que la tradición alfarera estuvo a punto de disiparse, cuando apenas llegaban a media docena los artesanos activos, el tirón que seguía teniendo su cerámica en los mercados consiguió el milagro de la reactivación. Ya no hay tantos alfareros como los que fatigaban el Catastro de Ensenada en el siglo dieciocho, ni siquiera como los que surtían los caprichos de Gaudí para el palacio de Astorga, pero siguen dando identidad a un pueblo que en la pendiente de la despoblación consiguió duplicar su censo. El arquitecto catalán quedó sorprendido de la belleza espontánea de los barros de Jiménez de Jamuz, presentes en todos los mercados del noroeste y en muchas chimeneas maragatas. Así que se puso en contacto con el gremio de artesanos de este pueblo, que siempre funcionó optimizando recursos y esfuerzo. Todos moldeaban el barro, pero sólo uno horneaba por turno. Y el mismo colectivismo funcionaba a la hora de acarrear las piezas hasta los mercados.

Outbrain