fuego amigo

Estrépito estival

ernesto escapa

El hallazgo de un recorte por azar, ordenando papeles este verano en Carrocera, me refrescó 45 años después el hundimiento del viaducto de Oblanca sobre el embalse del Luna. Prácticamente, en la misma fecha en que quebró este agosto el viaducto de Génova, con un balance estremecedor de muertos. Una tesis de Ana María Villanueva, en la universidad de León, me ha ayudado a contextualizar aquel suceso, que la prensa de la época sólo dio tarde y alterado por confusos embrollos. De hecho, el desplome de los tres pilares y arcos centrales del viaducto sucedió la noche del 14 de agosto, apenas estrenada la madrugada, y las primeras noticias, sembradas de imprecisiones, se publicaron el jueves 16. Recuerdo perfectamente que era víspera festiva, porque la noticia transmitida por sus primeros testigos la viví en directo en el Crucero de La Magdalena, cuando llegaron a refrescar su pánico unos mozos luniegos que se habían encontrado de vuelta a casa el viaducto quebrado.

Ellos fueron quienes avisaron a la guardia civil y al alcalde de Los Barrios de Luna, para que cortaran el viaducto en ambas direcciones. Como eran otros tiempos y la línea telefónica discurría bajo el tablero del viaducto, la comunicación con los cuarteles del otro lado quedó interrumpida. Para evitar una tragedia de otro modo segura, el alcalde de los Barrios acompañado de un guardia civil acudió al club náutico, donde descansaba esos días el piloto Ángel Beltrán, quien en su motora los condujo hasta el otro lado del viaducto, para cortar el tráfico procedente de Babia y Laciana. Ya entonces surgió la inquietud de saber si con la rotura se habría precipitado algún vehículo al embalse. Aquel viaducto fue construido en los años más fieros del estraperlo (1950-1953) y tal como nos recuerda la doctora Villanueva, en la obra se empleó y hurtó hormigón de baja calidad, provocando el despido sucesivo de dos encargados.

Desde luego, no pudo decirse que el desplome pillara por sorpresa a nadie. Martiniano llevaba ya tiempo obligando a cruzar a pie el viaducto a sus viajeros de la línea babiana y la gente de la zona recordaba cómo se esfumaban sin descargar los camiones de cemento, supliendo con tierra y cascajo el hormigón escatimado a los pilares, que en su parte central superaban los 24 metros. Lo que sí había cundido era el pánico que ahora reflejaban en su rostro los mozos luniegos que advirtieron el roto cuando volvían del baile a casa. Poco después de que Franco inaugurara el embalse, se produjo la tragedia de Sanabria, que vino de remover las pesadillas comarcales. Porque el robo de materiales se practicaba sin disimulo. Menos mal que los hombres rana traídos de Gijón para explorar el fondo del embalse no encontraron víctimas.

Outbrain