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Siempre después - Diario de León

HOJAS DE CHOPO

Siempre después

ALFONSO GARCÍA

Uno de los cuentos clásicos que con más insistencia han inculcado en muchas generaciones de españoles, supongo que también de otros lares, es el que, moraleja incluida, advierte de la venida del lobo. Curiosa, o desgraciadamente, el lobo siempre llega. Casi siempre. A la inicial postura de indiferencia, cuando no de desprecio o despreocupación, uno de sus sucedáneos, suelen acumularse después prisas, parches, disculpas, culpas a los demás o soluciones de mírame y no me toques. Hasta la próxima, que de momento el chaparrón parece haber pasado. La casuística se hace interminable: un bache que lleva en la carretera o la calle una eternidad, doscientas baldosas sueltas que provocan tropezones y salpicaduras, la cornisa que amenaza desprendimiento, el tren que atraviesa peligrosamente las cercanías de un parque infantil, las basuras acumuladas en cualquier esquina, lo resbaladizo de algunos laterales de piscinas, propicio siempre a roturas, la falta de protección en más de un tramo poco fiable, la ausencia de limpieza en espacios que acumulan riesgos de animales poco deseados o fuegos con notables riesgos de toda índole. Las advertencias llegadas de palabra desde ámbitos diversos se las ha llevado el viento o duermen en algún cajón de las administraciones. «Mañana», repiten, para lo mismo volver a repetir mañana. Hasta que llega el día no deseado, aunque sí anunciado.

La ejemplificación llegó de forma severa y dramática recientemente. Durante el pasado mes de agosto los medios de comunicación nos trasladaron reiteradamente a la ciudad italiana de Génova y a la gallega de Vigo. El lector conoce bien los detalles del proceso, de ambos procesos, que minimizaron otros de menor envergadura, si es que se puede hablar así, ocurridos de forma paralela cronológicamente. El problema, que estaba, sin duda, en la magnitud de la catástrofe, no es que se haya minimizado, sino que buscó la línea de la responsabilidad ajena para quitárselo de encima. Siempre después, se buscaron culpables, los otros, se pidieron dimisiones de los demás, se esbozaron amenazas, se pusieron en tela de juicio concesiones, se levantaron voces, siempre después, hasta ahora adormecidas en el silencio y la modorra, pidieron no sé cuántas comisiones inútiles… Prisas y costuras mal cosidas. Hasta que llegue de nuevo el lobo. Vendrá, desgraciadamente. Y se repetirá la historia. ¿Por qué tiene que ser siempre después y casi nunca antes? La improvisación nunca fue buena consejera.

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