RÍO ARRIBA

El superviviente

MIGUEL PAZ CABANAS

Permitidme que lo llame Ali. Como aquel famoso púgil, el que derrotó a Foreman en el Zaire. Nacido en el norte de África, de repente, con tres años, se ve en tierras leonesas y al día siguiente, sin transición, entra en un colegio por primera vez en su vida. Un patio enorme, un idioma que no entiende, un frío y un paisaje que tampoco comprende. Ali se pasa las primeras semanas sollozando sin pausa, honda y desconsoladamente, un llanto acompañado de hipidos que, en ocasiones, se convierte en un río de lágrimas de una pureza fulgurante y silenciosa. Llora con la luz temprana, en el recreo, pegado a los mapas, en su silla diminuta, junto a niños que lo miran con un pellizco de asombro. Como quiera que yo pregunto por él, conmovido por su historia, me dicen que una mañana, hace poco, se mantuvo un rato sin llorar. Alguien le rozó el botón de la nariz con una hoja marrón y esa caricia lo dejó unos minutos en vilo. La misma fuente me dice que este lunes, por fin, esbozó su primera sonrisa.

Todo el dolor de la infancia, como esos árboles que se arrancan de cuajo en los bosques, desaparece, afortunadamente, con el paso de los años. Antes de lo que pensamos surgen otros brotes y el olvido, que es como un cepillo vasto y duro, esparce las migas que mancillaron el suelo. Y aquello que parecía glacial e irremediable, echa a volar como una pelusa furtiva. Es de prever, sin embargo, que en algún momento de nuestra vida, al borde de un camino o en el umbral de una casa, recobremos ese dolor: si hay suerte, puede que sea de la mano de una muchacha; si no la hay, ante la pérdida de un ser próximo y querido. En el primer caso, el hombre que un día será Ali, estrechará con fuerza la mano de la chica, y en el segundo, es posible que regrese a sus ojos ese llanto mezclado con hojas marrones. ¿Volverá a ver, sea por unos segundos, ese patio inmenso y helado que batía desazonado con los ojos? ¿Oirá el rumor de las palabras que no entendía? Espero que Ali crezca como un joven vigoroso y honesto, y que la vida le compense por este trance tan amargo. Que haya venido a parar a esta ciudad fría y luminosa solo es fruto del azar, pero habrá una oportunidad para él. Mientras la maestra que se arrodilla a su lado le pasa la mano por la cabeza y, tras secarle las lágrimas, le habla con palabras que aún no entiende, palabras que se enredan en su pelo como pájaros salidos de la cáscara, palabras de color rojo, de jabón nuevo, de mejillas hinchadas y suaves, llevándole hacia un mundo sin hacer y ahora, en el colegio, el patio se parece a una sábana con los bordes doblados por las risas de los niños y las láminas de dibujo que decoran las paredes despiertan la curiosidad del pequeño Ali.

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