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Venancio Álvarez - Diario de León

LA GAVETA

Venancio Álvarez

CÉSAR GAVELA

Cuando le conocí, él tenía unos veinticinco años, y yo como diez menos. Fue en el colegio de San José de La Bañeza, donde él era profesor joven de humanidades, y yo alumno adolescente. Él a mí no me dio clase, la daba a otros cursos, pero lo recuerdo de verle caminar por el suelo rojo de arcilla que rodeaba aquel gigantesco seminario menor, previsto para nutrir de futuros clérigos las misiones de la diócesis de Astorga en la remotísima y congoleña Katanga. También para fabricar legiones de curas rurales, que ya empezaban a escasear. Así eran las cosas en tiempos del nacional-catolicismo de Franco, que tanto se aprovechó de la ingenuidad de muchos chavales ingenuos y piadosos de provincias, como yo entonces lo era.

Venancio abandonó pronto aquella docencia, y se encaminó hacia la enseñanza pública. Yo también abandoné aquel proyecto que me debía de llevar algún día a Katanga, a la que ya había detectado en el mapa. Sabía que era una región rica en oro y en crímenes tribales.

Pasaron los años y volví a coincidir en la vida con Venancio, que es hermano más joven de Pepe Álvarez de Paz, el diputado socialista que fue abogado, gobernador civil en Pontevedra y eurodiputado en Estrasburgo. Pepe y Venancio están en la vieja memoria de uno, desde la infancia. Y continúan. Pepe acaba de publicar un estupendo libro de memorias. Y Venancio lleva años sumergido en una felicidad que no sé yo si debo desvelar en esta columna.

Pero como la suya es una dicha buena, cálida y honrada, la comento. Brevemente. Venancio pasó muchos en Valencia, donde fue profesor de su famoso instituto Juan Vives, acaso el más antiguo de España. Vivía, además, muy cerca, en la aristocrática calle de Colón. Un triunfador. Pero el triunfo que a Venancio le importaba más era otro, y lo iba a cumplir. Y eso que se casó en Valencia y allí nacieron sus hijos. No es que fuera a abandonar la familia, claro que no; pero lo que él quería era volver a vivir en su tierra natal, y hacerlo con toda la intensidad posible. A ese Alto Bierzo tan puro, el que se acuesta en las laderas y valles al sur de la sierra de Gistredo. Tierra de emoción, gracia, raíz y agua. Con los prados más verdes de la comarca, las vacas más lucidas y rodeándolo todo, los robles y los castaños. El Bierzo donde se habla la lengua que une, un poco deshilachadamente, a asturianos, leoneses y zamoranos. También a salmantinos de la raya de Portugal, a mirandeses del propio país luso, y a cacereños del valle de Trevejo.

Venancio ama tanto al Bierzo que es un ejemplo. Es tan feliz en Noceda, su pueblo, que es un maravilloso escándalo. Venancio tiene en su memoria todo un mundo que se va acabando. Y lo cuenta a quien quiera escucharlo. Siempre con su buen humor, con su gratitud permanente a la vida por haber nacido. Y por haber nacido en el Bierzo, donde las fuentes, los cuentos y los bosques.

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