Orgullo pelirrojo

Tener el cabello cobrizo, rojo o anaranjado como el fuego ha supuesto un estigma, pero muchos reivindican su peculiaridad genética.

Con su cabello anaranjado, pecas y piel clara, los pelirrojos reivindican la variación genética que les hace únicos.

Bermejo, ni gato ni perro de aquella color». Francisco de Quevedo recogía ya en su Buscón este refrán que encierra la secular inquina hacia los pelirrojos, tenidos por malditos y pecadores. Y es que tener el cabello cobrizo, rojo o anaranjado como el fuego ha supuesto un estigma. Pero quienes lucen esta coloración capilar y sus características anatómicas —abundancia de pecas y piel blanca— quieren mudarlas en motivo de orgullo y reivindicar su peculiaridad genética.

Se calcula que entre el uno y el dos por ciento de los humanos son pelirrojos. Más de un millar de ellos se reunieron el pasado fin de semana en Francia orgullosos de sus caballeras color zanahoria, como las de Vincent Van Gogh, Pippi Langstrump o Nicole Kidman. Se unieron en una concentración que, como las del orgullo gay, reivindican de Madrid a Melbourne el derecho a ser diferentes. Algo de lo que se ufana Pascal Sacleux, uno de los organizadores de Red Love, el evento que congregó a la marea rojiza en la ciudad francesa de Châteaugiron, la primera edición de un festival destinado a «mostrar el orgullo» de poseer esa pigmentación bermeja.

«Nací pelirrojo, seguiré siéndolo y sintiéndome bello como todos quienes están aquí», declaró a AFP un orgulloso Simon, un agricultor galo de 32 años llegado a Châteaugiron para compartir anhelos, penas, alegrías, recuerdos y reivindicaciones con sus «hermanos», que han vivido situaciones parecidas debido a su tono capilar. «De niño se burlaron de mi; me llamaban pelo de zanahoria», lamentó Simon, destacando como los pelirrojos «han sufrido y sufren el mismo acoso que los obesos en la escuela».

«Hasta los quince años el acoso fue terrible», dice Liam Fife, que, como muchos de los asistentes, participó antes en el ‘Roodharigendag’, la macromanifestación mundial de pelirrojos que cada año reúne en Holanda a miles de ellos. «Apestas, eres feo; un maldito pelopaja», escuchó de niño Liam, que luce hoy una tupida barba cobriza.

La edad le ha otorgado autoconfianza y liberado de cualquier complejo y está orgullo de su condición capilar, que luce de festival en festival. «Cuando veo a un niño pelirrojo trato de de darle fuerza, ánimo y autoconfianza para que no viva el aislamiento que sufrimos nosotros», explicaba rodeado de crestas, melenas, bigotes y barbas, cortes a cepillo, moños y coletas rojas. Partícipes todos en una jornada festiva en la que no faltaron una veintena de novias pelirrojas ataviadas con sus vestidos nupciales.

Con su cabello anaranjado, pecas y piel clara, reivindican la variación genética que les hace únicos. Parecen superados los prejuicios religiosos que relacionaban el «cabello de fuego» con el diablo y el pecado. Y es que desde el año 2000 sabemos que su ‘síndrome’ se debe a la mutación del gen receptor de melanocortina 1 (MC1R). Que algunas variantes de este gen impiden producir la eumelanina —la forma más común de la melanina que da el color marrón al pelo— en favor de la producción de feomelanina, que aporta el tono rojo. Los pelirrojos, que proliferan en Irlanda, Reino Unido, Holanda, Alemania, Noruega e Islandia, sintetizan mejor la vitamina D, lo que disminuye el riego de padecer osteoporosis, raquitismo, depresión y algunas afecciones cardíacas.

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