CANTO RODADO

Tejedoras de la nueva era

Cuando desde las ciudades y los informes se grita que los pueblos mueren, olvidamos a sus supervivientes, a la gente que resiste con dignidad

ANA GAITERO

Mi madre siempre decía que el mejor invento de la humanidad era la lavadora. Mucho le tocó lavar en el río, con el agua fría o helada, que el Esla nunca calienta. Muchos paseos dio con el carretillo, la pozaleta colmada de prendas y sábanas y una recua de criaturas pegadas a sus faldas. Aunque a mí me resulten bucólicos aquellos recuerdos de taja y jabón, de ropa enjabonada y tendida en la pradera, de juegos con el agua... reconozco que era un trabajo muy duro y penoso, especialmente en invierno.

Hace unos días me sorprendió una artista leonesa afincada en Londres desde los años 70, la ceramista Loli Cardeñoso, al oírle decir que el gran invento de la humanidad, más que la rueda, era la vasija. Cuando el ser humano modeló el barro y fabricó recipientes consiguió almacenar alimentos, transportarlos y después venderlos.

Vivimos en un mundo regido por cifras macroeconómicas y la capacidad de destrucción de las potencias. Trump y Kim Jong-un compiten en el peligroso juego del botón nuclear. Sabemos quiénes son los más ricos del planeta, nos cautivan con banderas... Mientras ignoramos cómo funciona el mundo de verdad. Quién nos da alimento, nos viste, cuida a las personas mayores e incluso quién nos atiende al otro lado de una caja registradora, que está delante de nuestras narices.

Unas mujeres de Villoria de Órbigo vienen a enseñarnos la esencia de nuestra cultura ancestral y de la supervivencia de la humanidad. La cooperación y la acción. Cuando desde la ciudad y desde los informes se grita que los pueblos mueren irremediablemente olvidamos a sus supervivientes, a la gente que resiste con dignidad y de vez en cuando emite señales de que otro mundo es posible.

Las mujeres de la asociación Villa Áurea han puesto al pueblo en el mapa, aunque su fama como productor de ajos y huerta de buenas cosechas sea larga y merecida. El árbol de Navidad hecho a ganchillo, pieza a pieza, con todo lujo de detalles, incluido el emblemático león de León, es el paño del nuevo tiempo que cabalga con los estertores del viejo. Emblema de la nueva era son también las Ganaderas en Red que, usando como agujas las nuevas tecnologias, tejen una malla de complicidades y apoyos que les da visibilidad y fuerza para no diluirse en el sumidero de la globalización. Las pequeñas revoluciones de la gente pequeña en lugares pequeños, muchas de ellas protagonizadas por mujeres, son la única esperanza que se atisba.

Es cierto, la revolución será feminista o no será. Pero no por imponerse la mujer al hombre, que no es eso, entérense señores y señoras, sino de que la sociedad asuma como universales unos valores, unos oficios, unas tareas que por los siglos de los siglos han caído sobre las espaldas de las mujeres sin reconocimiento ni remuneración. Y encima, asesinadas.

León como modelo

León ocupa un lugar privilegiado en la historia y en la Tierra para convertirse en un paño de nuevas experiencias revitalizadoras, para evitar que la provincia acabe cubierta por telas de araña por falta de gente y de uso o en manos de los codiciosos, como bocado turístico o parque temático.

Ahora que la casa del Peregrino, un bien público, se convierte en la sede del único restaurante estrella Michelín de León, Cocinandos, conviene recordar, para no caer en la misma piedra, aquella jugosa inversión de fondos europeos en el Palacio de Jabalquinto para revitalizar al sector artesanal que acabó como restaurante de un concejal y ahora está cerrado. Un lustro sin pagar alquiler y 12.000 euros al año hasta el décimo es una buena oferta para que León le saque provecho. Seguro que sí. Empieza el año con superluna. Y lo mejor está por llegar. Feliz 2018.

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