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Abrir el capó

La marabunta subprime, el apodo de una crisis de mayor calado, coloca a las cajas ante la necesidad angustiosa de captar liquidez, y una de las fórmulas que se barruntan, es emitir cuotas por parte del valor en libros de los montes de la piedad

ENRIQUE LÓPEZ GONZÁLEZENRIQUE LÓPEZ GONZÁLEZ
30/12/2007

 
Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de León Mucho ha cambiado León desde la mañana del 14 de mayo de 1834 cuando don Gabriel Torreyro presento el primer intento serio de creación de una caja de ahorros en la sede local de la Sociedad Económica de Amigos del País como entidad independiente fundada con recursos privados, aunque promovida por la autoridad pública, con objeto de fomentar el ahorro en las clases industriosas y evitar la exclusión social y la usura. Hoy en día, las Cajas de Ahorros, son entidades, desde el punto de vista jurídico, muy singulares. Su propiedad, los recursos propios, no incluyen capital social y, por ende, no tienen accionistas. La estructura de sus fondos propios las hace poco dependientes de la valoración de los mercados de capitales. En su auxilio, sin capital social de referencia como cualquier sociedad anónima, pueden acudir las entidades fundadoras, y tirando del hilo, un hilo muy escurridizo, las instituciones que las tutelan, en el caso que nos ocupa, la Junta de Castilla y León. El Fondo de Garantía de Depósitos puede estirarse, pero lo justo y además no es un eximente. La característica matricial de las entidades fundadoras, léase Ayuntamientos y Diputaciones, son sus fuertes endeudamientos. Endeudamiento generalizado y con las cajas de ahorro en particular. ¿Es eso posible?, ¿es razonable que los mayores deudores de las Cajas de Ahorro además sean sus administradores? Y tanto que es posible. Repasen los Consejos de Administración y emolumentos y asómbrense. ¿Y las normas de Buen Gobierno Corporativo?. Si a los impositores dichas normas no le importan, por qué habría de preocuparle a los que las gobiernan. Si el 30%, es un decir, de los beneficios de dichas entidades se destina a obra social, ¿cómo es que se soslaya una mínima rendición de cuentas o evaluación de desempeño que responda de la actuación de dicha obra social y en qué medida está alineada o ligada a su territorio?. ¿Tiene sentido la mencionada actividad desde el punto de vista de su desempeño y sostenibilidad?. ¿Qué pasa con el resto de beneficios?, ¿acaso se reparten entre los impositores? ¿Se comunica a los impositores, quizá, el caudal que les corresponde pero que tratándose de su caja, se destinará al desarrollo productivo, así, así y asá, del territorio o a reinversión en el propio negocio?. Nada de eso. La divisa no escrita es la opacidad. ¿Cuánto vale un monte de piedad, una caja de ahorros?, ¿lo que pone en libros?, ¿valen, de verdad, lo que ponen los estados contables a 31 de diciembre? Piensen. De lo que no cabe duda alguna es que la marabunta subprime, el apodo que ha tomado una crisis de mayor calado, coloca a las cajas de ahorro ante la necesidad angustiosa de captar pasivo, liquidez, y una de las fórmulas que todos barruntan, es la de acudir a la emisión de cuotas participativas, en crudo, por un porcentaje del valor en libros de los montes de la piedad. Las cuotas participativas es un título financiero insólito, capado, pagas por papeles en el que se desposee a sus tenedores de sus derechos políticos y civiles. Los partícipes no pueden opinar y decidir sobre la marcha de la entidad emisora y no está nada claro la eficacia de su título en tanto que propiedad. En la práctica financiera, las cuotas participativas, no alcanzan siquiera para ser consideradas bonos basura. Las cuotas participativas son, en realidad, desparticipativas y tienen como objetivo visible, prorrogar el gobierno de las cajas por parte de unos gestores que, en no pocas ocasiones, se llaman a andanas y nada dispuestos a asumir responsabilidades. ¿Cuánto puede durar el enjuague de las cuotas participativas? Lean en mis labios: dos telediarios. No es la solución. La solución reside en llamar a cada cosa por su nombre y examinar dichas instituciones, como lo que son: entidades financieras más morondas que orondas, entidades financieras puras y duras, necesitadas de una estructura de capital clara y sólida y con una estructura jurídica robusta y consistente. La gestión de las cajas de ahorro se acota bien, ya los hemos dicho en la entrega dos, bajo la frase «living la vida loca». Las culpas están muy repartidas, pero están. La distribución de la culpa no exime de responsabilidad a nadie. Y la salida que está sobre la mesa, ya se la anuncio, es hacer con la culpa lo que se hace con la deuda, estructurarla y ahuecar. Es una estrategia, sin embargo, que hubiera funcionado hace un par de años. Ahora no es posible. Toca abrir las ventanas y airear la casa. Los ciudadanos empezamos a estar muy incómodos con la baja calidad del monótono mensaje de las instituciones financieras y autoridades: «todo guay». Todos sabemos (efecto mariposa) que una pequeña o regular crisis de liquidez para los bancos y cajas implica mayores crisis de liquidez incluso angustiosa para la actividad empresarial. Hace años el problema para las autoridades monetarias se resolvía regulando las tasas de interés. La expansión monetaria y la expansión de las nuevas tecnologías, al alimón, ha hecho posible la emergencia de numerosas «herramientas de liquidez» para las cuales las autoridades monetarias están poco o nada entrenadas. Las nuevas «herramientas de liquidez» han ensanchado la distancia entre la regulación y los mercados financieros. Hace años, Alan Greenspan comparaba sus problemas de gestión monetaria con la conducción de un auto nuevo: se detuvo, abrió el capó y no entendía nada de lo que veía. Los cambios en las finanzas han sido intensos y acaso bruscos. Ahora hay que abrir los discos duros y de nada sirve destripar las nuevas herramientas que propagan la liquidez en tiempo real. Estamos ante nuevos paradigmas con nuevos actores y muy importantes e intensos, los fondos de inversión, los fondos privados y los particulares, actuando todos, de manera «soberana», en los mercados financieros. ¿Es eso malo? NO, de ningún modo. La importancia de la democratización financiera es una gigantesca conquista social. Las autoridades monetarias y los reguladores se enfrentan a un doble problema, los nuevos actores y la expansión de una nueva tecnología que, conjugados, no se dejan manipular. Las autoridades políticas soltaron el tiranosaurio de la expansión monetaria para atender a sus proyectos de ingeniería social, en la esperanza de que el manejo de las tasas de interés era instrumento suficiente para cabalgar a semejante morlaco. Craso error. Las cajas de ahorro, se enfrentan a un problema no previsto y que afecta a la encarnadura de su negocio y viabilidad, la desestructuración de la intermediación financiera. Un problema que avanza a galope y que ha cambiado la faz del sistema financiero y la esencia de su negocio, cabe decir que otoñal. La intermediación financiera del pasivo y del activo, de la mano de las nuevas tecnologías, en la era del conocimiento, avanza por otros derroteros. No basta con abrir el capó, estamos en la economía de la atención y no se conocen ventajas, ahora mismo, de las instituciones financieras al uso, que no estén al alcance de cualquier mortal. Situación novedosa que debiera hacer reflexionar sobre el futuro de la intermediación financiera del activo y del pasivo tal como hoy la conocemos. Ha dejado de ser una competencia nativa para las cajas de ahorro su mejor cualificación para gestionar el ahorro de los particulares y aún menos de los pobres. No estamos en los tiempos de Alan Greenspan. Ya no basta con abrir el capó. Si me preguntan por la fusión de las cajas de ahorro de la región, solo puedo decirles una cosa: si o sí.

 

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