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TRIBUNA | maría dolores rojo lópez

Algo nos falta


17/02/2009

 

HACE mucho tiempo ya que venimos padeciendo el síndrome del individuo aparcado dentro de sí mismo, cada vez más aislado entre la gente, con necesidades y urgencias que a nadie dice y que frecuentemente trata de ocultar ante tanta competencia de superhombres, megapolíticos o místicos de la religión que toque. Y es que estamos hoy más solos que nunca. La paradoja mortal de la soledad en compañía se hace patente no sólo en el trabajo, en las reuniones sociales o entre amigos, sino que también se manifiesta y lo hace de forma cualitativamente más dolorosa, en la propia casa, con la familia. Esta época que nos ha tocado vivir en la que precisamente la intimidad se saca al tendedero en cualquier medio de comunicación nos pone frente a una absoluta indefensión contra curiosos y cotillas de turno que se empeñan en gozar con las penas ajenas. Nunca ha sido objeto de interés tan vivo la vida privada como ahora. Tampoco nunca se había comercializado con el dolor como en estos momentos. Vendedores de penas, vengan estas de las veleidosas idas y venidas de los novios o maridos (y viceversa) o de desgracias monetarias e incluso de requiebros de salud, encuentran el mejor mercado entre una ávida maraña de voraces espectadores que olvidan las suyas propias al ver las ajenas. Por ello nos interesan tanto. No es más que un espectáculo cuya finalidad no sólo es entretener, sino hacer olvidar el drama de cada uno a la vez de proporcionar el regocijo de saber que otros sufren al menos tanto como nosotros.

Lo que antes suplía el confesionario, ahora lo acogen los psicólogos. Tenemos necesidad absoluta de hablar y ser escuchados. Quién podría pensar que en una sociedad tal como la nuestra en la que la palabra es una llave que abre o cierra libremente muchas puertas ejercitándose sin temores ni grilletes, es precisamente el objeto de culpa. El fallo no está en poder hablar, sino en saber escuchar o en ser escuchados. Todos hablamos tal vez en exceso pero son pocos los que escuchan, sin embargo. En ocasiones tejemos nuestras desgracias a base de encaramarnos a una percepción distorsionada de la realidad que vivimos por no poder contar lo que nos sucede y recibir una simple palmada en la espalda junto a una sonrisa que después de habernos escuchado nos aliente a seguir sin conceder la categoría de desgracia a lo que nos sucede. En el fondo todos necesitamos de ese afecto que se derrama a raudales cuando alguien te escucha y parece que te comprende. Nos sentimos protagonistas de nuestra historia cuando otros ojos la juzgan pero sobre todo, abandonamos el victimismo ante lo que nos acontece cuando unas manos ajenas apresan las nuestras después de oírnos. Se debe pues a esa absoluta necesidad de que lo nuestro importe y a la ausencia de respuesta por parte de los que conviven a nuestro lado en su indiferencia diaria, el malestar que vivimos como plato del día en nuestro aquí y en nuestro ahora. Por ello, la nueva espiritualidad que se viene desplegando con fuerza y que fundamenta su argumentación ideológica en el poder de uno mismo como base de la conquista de la felicidad, ha logrado despertar en un emergente número de individuos una pasión desmesurada ante lo que se propone como fácilmente asequible al depender únicamente de la voluntad propia en el despertar unívoco de cada cual. Por ello, la expasión y calado del mensaje de E. Tolle en el «Poder del ahora» y de ahí, la grata aprensión de muchos adeptos a su propuesta de trabajar nuestro interior para despojarnos de aquello que nos impide avanzar felices por nuestro mundo e instalarnos en la mayor garantía de éxito de todos los tiempos, la fuerza infinita que espera ser descubierta por nosotros y sólo reside en el interior. Efectivamente esta propuesta y otras que existen en este mismo sentido, supone inmensos beneficios para la persona ya que no precisa depender de los demás, en un mundo tan insolidario como el nuestro, ni tampoco invertir en aspectos materiales, en momentos aquejados de tanta crisis, ni siquiera precisa contar con espacios o tiempos especiales, escasos también en estos momentos. Basta con emerger desde dentro en la plena confianza en nosotros mismos, en ese poder que todos llevamos dentro y que unos usan más que otros, en el simple despertar a la grandeza de lo que somos y que en muchas ocasiones ignoramos o nos empeñamos en infravalorar; en definitiva, en actuar plenamente convencidos de que el universo del que formamos parte está a nuestro favor y no en nuestra contra. No podría ser de otra forma si pertenecemos a él como una parte más del todo. Y desde la convicción absoluta en esa participación simbiótica evitar las dudas, los temores, la adicción al miedo, las inseguridades y toda sarta de males mentales que contribuyen a acobardarnos y a invalidar la confianza en nosotros mismos. No hace falta nada más que coraje para creer en nosotros. Algo bien fácil ya que ni siquiera deben convencernos con dádivas celestiales de lo que sin ellas ya somos. Una vez más, la soledad ante nosotros mismos, bien manejada, nos lleva a la satisfacción de reconocer en lo que nos pertenece íntimamente, las más amplias y definitivas posibilidades para ser felices. Nadie puede resistirse a intentarlo al menos. Nunca se dio tanto por tan poco. Eso sí, sabemos por experiencia que nada de lo que se deja a nuestra voluntad fue nunca fácil. Que trabajarnos a nosotros mismos es mucho más duro y complejo que exigirlo a los demás y sobre todo que vernos obligados a enfrentarnos con nuestras debilidades aprendidas durante años en una sociedad que doblega y somete al individuo en favor de la masa, tampoco parece que va ser cuestión de corto tiempo. Pero ese factor, el tiempo, no representa un problema cuando se trata de dedicarnos a nuestro propio control puesto que contamos con todo lo que nos queda si comenzamos ahora mismo. Posiblemente pueda pensarse que nos faltan pautas. La primera será sin duda, comenzar a comprendernos para perdonarnos y en ese frenético deseo de ser y estar mejor, abandonar todas las ideas que nos lleven a ligarnos a un egoísmo mal entendido y siempre invalidante de lo inmensamente grandes que somos. No es cuestión, en último termino de cantidades, sino de cualidades pero al menos podemos quedarnos con la seguridad de que todos podemos intentar el cambio.

 

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