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MIGUEL ÁNGEL ESCOTET. Profesor emérito universidad de texas Presidente afundación y director general abanca

«América me dio dos cosas muy importantes: trabajo y educación»

Es un leonés universal. Tan enamorado del cosmopolitismo de París como de Correcillas, donde pasaba los veranos de su infancia, este profesor emérito y ex decano de la Facultad de Educación de Texas es un emigrante que se pagó el doctorado trabajando en una gasolinera de Nebraska a 40 grados bajo cero.


20/11/2016

 

ANA GAITERO | TEXTO
FERNANDO OTERO PERANDONES | FOTOS

Miguel Ángel Escotet pertenece a una estirpe de emigrantes y emprendores. El primer Escotet que llegó a León, su abuelo, era un maestro armero del ejército que abrió una armería en la calle La Rúa e importó las máquinas Underwood, pero «como no tenían las tildes, fabricó la máquina Escotet».

El actual director general de Responsabilidad Social y Comunicación de Abanca y presidente de Afundación Galicia Obra Social vivió la emigración de su padre y sus tíos y la suya propia. Es primo de Juan Carlos Escotet, el vicepresidente de Abanca.

Nació en el León de posguerra entre la estación de ferrocarril y el río Bernesga, en la conocida como casa de don Valentín. Fue un niño adelantado que aprendió a leer y a escribir antes de ir a la escuela por el empeño de su madre y de una tía con vocación de maestra. Su fortuna de indiano no se mide en euros, ni dólares.

Su capital son los 53 libros que ha publicado y una trayectoria que le avala como uno de los mayores expertos mundiales en universidades, profesor emérito en la Universidad de Texas y en la Unesco. Fue viceministro en Venezuela en los años 70 y en España, en la Transición, impulsó y fue el primer secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos.

—¿Cómo encontró la ciudad cuando regresó después de tanto tiempo?

—La primera vez fue un cambio enorme. Cambió la ciudad y las perspectivas de la infancia: Ordoño II que me parecía la calle más larga del mundo cuando me fui, entonces me pareció muy pequeña. Los que emigran cambian una nostalgia por otra. Fue como el regreso a Ítaca: la imagen utópica del niño y joven. También fue doloroso encontrar cosas que habían desaparecido. Eso es duro. León, en un afán de modernismo, destruyó parte de un casco antiguo extraordinario. Es una ciudad muy bien estructurada, organizada como París y Barcelona, con plazas radiales. Su Ensanche es una tacita de oro. Los amigos estaban, pero distantes. Hoy día es más fácil, viví un tiempo en Madrid y ya lo tengo integrado.

—¿Su etapa en Madrid?

—Muy ilusionante. Hice muchos amigos. Me junté con el grupo de la calle del Pez: Juan Pedro Aparicio, con quien me une una gran amistad, Merino, Luis Mateo Díez, Llamazares. Siempre pensábamos en darle a León la legitimidad que tenía en la historia y la que le corresponde en su futuro.

—Y después de este tiempo, ¿León ha encontrado su encaje en el Estado y en Castilla y León?

—León merece más protagonismo. He sido leonesista y asturianista de siempre, pero León no ha estado en la ruta de transformación, cambio y desarrollo.

—También auspició la OEI y luego se fue a la Unesco. ¿Por qué?

—Estuvo bien, pero llegó un momento en que ya no me motivaba la OEI. Somos un país muy individualista. Me fui con Federico Mayor Zaragoza, a quien por cierto se le eligió sin el apoyo de España.

—Usted confiaba en la universidad como motor de cambio de León, ¿lo ha conseguido?

—Ha evolucionado pero no al nivel de las demás universidades del Estado. Yo veía que León tenía el tamaño, el urbanismo y era el lugar ideal para una ciudad universitaria perfecta, al estilo de Cambridge u Oxford, cuya existencia gira alrededor del conocimiento, incluso el comercio. Una universidad cosmopolita.

—¿Se ha perdido ese tren?

—Nunca se pierde el tren. Esa es una disculpa para no hacer nada. León tiene la oportunidad, si quiere, de que su universidad sea locomotora de tren y no vagón de cola.

—¿Qué le parece vender iconos turísticos: cáliz de Doña Urraca-santo grial?

—No creo en fragmentar las cosas. Creo más en la totalidad. En la línea de lo que dice la teoría Gestalt, el todo es más que la suma de las partes. Podemos atraer estudiantes, pero todo tiene que estar dentro de un plan organizado.

—¿Qué papel juega la banca en esta sociedad en cambio y que no acaba de salir de una fuerte crisis?

—Nunca he visto crisis fuertes, toda la vida he vivido en crisis fuertes, desde la posguerra. La vida es incertidumbre; como dijo Piaget: La inteligencia: es la capacidad para resolver nuevos problemas. Cada época es distinta, ni mejor ni peor. En cuanto al papel de la banca, todo sistema de generación de servicios tiene que modificarse, se lo exige la época. Cuando los cambios son geométricos no se pueden dar cambios aritméticos. Es algo que no hemos sabido resolver todavía.

—Pero es evidente que falta empleo, hay personas que pierden su vivienda...

—Una de las razones es que hemos construido un país de funcionarios, no de emprendedores y los que han emprendido se han ido. No hay mayor emprendedor que el emigrante. Hemos creado un sistema para el trabajo seguro, no para el que cultive la capacidad de autorrealizarse.

—También hay quien dice que en esta crisis se ha salvado a la banca y no a los ciudadanos.

—Hemos salvado a los ciudadanos porque se salvó a los ahorros. Ese discurso es demagógico.

—¿Cómo ha vivido su rol de emigrante?

—Es duro. Uno tiene familia y le falta ese lugar donde morir. Mi madre, con 94 años, murió este año usando el iPad. Cuando empezó Internet tenía hijos en Venezuela, en Estados Unidos, en todas partes. Le enseñamos con el ordenador a usar el correo antiguo y recuperó el diálogo con todos sus hijos a través de la tecnología.

—¿Sintió necesidad de volver y hacer algo por su tierra?

—Cuando emigras te das cuenta de que el mundo no es la pequeña tierra, pero uno quiere devolver lo que uno puede al lugar que por identidad y por deseo pertenece y recibir a cambio esa alegría de poder recuperar uno su infancia.

—¿Por qué fue toda la familia a Venezuela?

—Mi padre era cajero en el Banco Herrero de León, luego le nombraron director en Nava y más tarde en Gijón. Fue una emigración menos dura. Puso sus negocios y viajó a Venezuela para colaborar en la implantación de la Banca di Lavoro, el Banco del Laboro. Fueron también sus hermanos César (padre de mi primo Juan Carlos) y Emilio. En León quedaron otros tres, Pepe Luis y dos hermanos por parte de mi madre, de los cuales uno fue concejal en San Andrés del Rabanedo.

—¿Y usted?

—Terminé en bachillerato muy pronto porque iba adelantado. Aprendí a leer y a escribir sin ir a la escuela con mi madre, que sabía francés y trabajaba en una oficina del lúpulo. Como era el primero se volcó mucho en mí. Mi tía, que era compañera de Martín Villa en el ferrocarril (mi familia materna es de ascendencia asturiana y ferroviaria) y tenía como una obsesión por ser maestra y entre las dos me enseñaban. Después de hacer una ingeniería de Minas en la Politécnica de Madrid me fui a Venezuela, y me licencié en Psicología Clínica en Colombia. Me he desarrollado en Estados Unidos.

—¿La fundación que preside se va a centrar sobre todo en el mundo del arte?

—Vamos a ir más allá. El arte es una parte. Afundación Galicia Obra Social tiene tres ejes: envejecimiento activo, cultura y educación superior. Entre Abanca y Afundación se ha puesto en marcha el Instituto de Educación Superior Intercontinental de la Empresa, no con sentido de competir sino de sumar y ya tenemos cosas con las universidades de Vigo y de Santiago. En León estoy pendiente de hablar con el nuevo rector. Ya habíamos hablado algo con el anterior.

—¿Se van a intentar vincular con la Universidad de León?

—Nuestra escuela de negocios estuvo en los 10 primeros puestos en España, se han formado más de 50.000 personas. Tenemos el ADE, el MBA oficial y títulos bilingües con Irlanda. Creo que tenemos un peso importante en el área de finanzas y la intención es hacer cosas juntos, en León y en Ponferrada, no solamente en la capital.

—¿Y el área de envejecimiento activo?

—Queremos hacer en León, con emigrantes leoneses, un proyecto que ya se está haciendo en Galicia. Que emigrantes de éxito cuenten sus experiencias a los niños en las escuelas: Antonio Fernández murió hace poco, pero tenemos otros muy interesantes. Ladislao Prieto, por ejemplo, terminó la carrera de ingeniero técnico, emigró e hizo mucho dinero en el mercado de los metales y luego en la educación: tiene varias universidades. Quiso comprar San Marcos para convertirlo en universidad, cuando todavía no era parador. Y llegó a Venezuela con lo que llevaba puesto.

—En León la emigración de jóvenes ahonda más el problema de la despoblación. ¿Diría que se vive muy dramáticamente este problema?

—Al campo no se le pueden poner puertas. Parece que lo mejor es tener en León a toda la juventud, pero yo no soy muy partidario. Es mucho más interesante que unos se queden, otros se vayan y otros regresen porque es la vida misma y le da una riqueza enorme a cualquier ciudad o país. Es duro, pero la vida es así, cuando no es excesiva, la emigración es buena. Los ciudadanos tienen la capacidad de conocer el mundo no como turistas, sino como personas que se van a experimentar en el mundo real y van a traer de vuelta una experiencia. Soy liberal y abierto en eso.

—¿Cómo ve el problema de los refugiados que esperan a las puertas de Europa?

—Es muy complejo. Hay emigrantes y hay exiliados. Y nosotros somos parte del problema y de la solución. Tenemos parte de la culpa. La emigración de países pobres se debe a que no tenemos una economía lo suficientemente fuerte. La mejor forma de evitar la invasión masiva y desordenada es desarrollar las economía de esos países.

—Pero la guerra, las sucesivas guerras, han desarmado esas economías, ¿no cree?

—Las guerras son parte de la culpa. No podemos abandonar el sentido de humanidad. Hay que buscar una solución a medio y largo plazo, no sólo la de hoy.

—¿Pasándoselo a Turquía como ha hecho Europa?

—Es un problema de egoísmo, A mí América me dio una cosa muy importante. Trabajo y educación. Fui a Estados Unidos a sacar mi doctorado con la ayuda de un país que no era España. La guerra no está solo aquí, en Europa o Asia, está también en Venezuela. El problema actual es lo que siempre ha habido: crisis éticas. Y hay otra crisis que no apreciamos y está basada en el sistema educativo.La estética, que es la capacidad de resolver los problemas de forma amable, sin hacer daño y lo que se llaman daños colaterales. Una decisión ética no acompañada de una decisión estética, no funciona. La pintura, la música, la escultura. Tenemos que enseñar al ser humano esa dimensión emocional.

—Materias defenestradas en educación en España.

—Es terrible. Muy poco hemos aprendido en el sector empresarial, educativo, en la sociedad en general... Las decisiones hay que tomarlas con estética para no hacer daño, incluso para decirle a alguien que se le despide porque no rinde. Que hoy haya niños o jóvenes y adultos que destrozan hasta el portal de su propia casa es producto de una gran crisis estética.

—¿Es partidario de los créditos para financiar los estudios?

—La teoría de la igualdad está basada en tratamientos desiguales: Quien tiene mucho debe pagar por lo que tiene y quien no lo tiene debe recibir el apoyo. El ciudadano está obligado a aprender y hay que facilitárselo. Yo estudié en la Universidad de Nebraska y en Texas. Todos los años doy dinero para que otros sigan estudiando. De muchos libros no cobro royalties, los dono. Y no soy rico, pero aquí no tenemos cultura de mecenazgo. El Estado no puede pagarlo todo y los ciudadanos tenemos que ser solidarios. Hice mi doctorado trabajando en parte en una gasolinera de Nebraska y había días con 40 grados bajo cero. Mi mujer también trabajaba. Yo no digo que lo gratis es más fácil, pero la sociedad tiene que ser solidaria y se puede hacer de múltiples formas: becas, créditos...El crédito educativo es una forma legítima y necesaria. Pero no se puede dejar a nadie sin educación por razones de género, economía, creencias, de nada.. Todo lo que discrimina es terrible.

—A propósito del género, ¿las mujeres tiene más éxito educativo debido a que están más motivadas ante oportunidades que antes no tenían?

—Puede ser una parte. No me atrevería a dar un diagnóstico. No debería existir una diferencia en el aprendizaje, sí hay una diferencia todavia en las oportunidades. He visto un gran avance. Cuando estudié ingeniería de minas no había mujeres, hoy día hay muchas... Pero es cierto que hay países, como Estados Unidos, que tienen mal resuelto el problema: Mucha mujer maestra y pocos hombres.

—Aquí también.

—Eso es grave. No hay profesiones de hombres y profesiones de mujeres. Pero el profesor o maestro de escuela tiene unos salarios muy bajos y muchas veces se mantiene la discriminación haciendo que la mujer vaya a ese trabajo. Primero: Tendrían que pagarse salarios decentes y los doctorados y los sueldos de esos doctores tendrían que estar en la escuela infantil. Ahí deben estar los mejores y los mejor pagados. Tan bien pagados, o mejor, que un profesor universitario porque dan más trabajo las etapas inferiores y son más determinantes y la retribución no se basa en el trabajo y el esfuerzo. Pero lo que no tiene nombre, y lo vengo diciendo desde 1983, es que no haya un pacto de Estado en educación por encima de los intereses de los partidos y de acuerdo a las necesidades de la sociedad. Los ministros de Educación no deben ser nombrados por el Gobierno, sino por las Cortes. En Brasil, la política exterior es profesional porque es un pacto de Estado. En España, son esenciales los pactos de Estado en Educación y en Política Exterior.

—¿Qué opina de las reválidas?

—No soy amigo de los tests y estoy a favor de la evaluación acumulativa y preventiva y no punitiva. Lleva más trabajo, pero tiene una implicación muy importante: si alguien no va por el camino adecuado tengo que darle la mano. La reválida demuestra el fracaso del sistema escolar.

 

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