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De la amistad a través de la historia

 

14/04/2010

Tribuna | Óscar m. prieto

escritor

Epicuro de Samos elige como recuerdo feliz de su vida la mañana en la que su amigo Idomeneo llegó con la noticia de «la cesión del huertecillo ateniense a nosotros, los escurridizos filósofos de la controvertida ética atómica». Era una mañana del 305 aC. y Poliorcetes recuperaba el poder en Atenas. Lucio Anneo Séneca ofrece su inmensa fortuna al emperador a cambio de que se le conceda el retiro y pueda abandonar las obligaciones de gobierno y consejo y vivir alejado del ruido y de los puñales, en su villa, en el campo. Era el año 59 de nuestra Era y Nerón se intitulaba Augusto. (La gracia del retiro le sería concedida y los puñales le alcanzarían seis años más tarde).

Separados por siglos, y por todas las vicisitudes y cambios que contienen varios siglos, Epicuro y Séneca, no obstante, vienen a coincidir, a parar con sus vidas, en dos momentos históricos que revisten ciertas similitudes, sin necesidad de forzar en exceso la imaginación para dar con ellas. Una de éstas, la que nos interesa ahora, es el resquebrajamiento del edificio político y social que hasta entonces había dado cobijo a griegos y romanos respectivamente. Alejandro Magno, su ambición o su sino, ha tirado abajo los estrechos tabiques de la polis -fuera de la polis pueden vivir los dioses y los animales, pero no los hombres, Aristóteles más o menos dixit- concibiendo y conquistando un monstruoso imperio. Julio César mantiene la apariencia republicana -”ha rechazado por tres veces la corona que le han ofrecido en el circo-” pero la vacía de contenido y de virtudes. A partir de él, ya no será más que un ídolo, un fantasma.

Ambas concepciones políticas garantizaban a los hombres no solamente la defensa frente al enemigo exterior -”pues no siempre fue así-” sino y sobre todo, les proporcionaban la sensación psicológica y emocional de seguridad: se sentían seguros dentro de la polis y de la República, es fácil sentirse seguro allí donde todo tiene un sentido, un orden, donde los comportamientos están pautados, normalizados y todo el mundo sabe lo que se espera de él, del ciudadano.

Traspasados los límites de la polis y de la república, el mundo -”como dijo Demócrito-” es alteración y la vida sospecha. Epicúreos y estoicos, tan alejados en sus elucubraciones físicas: razón o azar. Un universo infinito fruto de azarosas combinaciones, de choques, de accidentes atómicos sin ninguna finalidad transcendente; o, incluso ese mismo tumulto cósmico, pero regido, guiado por la Razón Universal, por la Providencia. Estoicos y epicúreos, antípodas en sus preceptos sobre la cosa pública: para los primeros, el deber de participar en los asuntos públicos, de intervenir; para los segundos, asuntos se deben evitar a toda costa si uno desea ser feliz. Y sin embargo, pese a estas diferencias, ambas escuelas -”epicúreos y estoicos-” los dos hombres (Séneca y Epicuro) coinciden al situar en el centro de sus filosofías -”cosmovisiones-” la amistad, en valorar la amistad como uno de esos bienes imperecederos, cuya posesión asemeja los hombres a los dioses. Otros filósofos apreciaron el sabor de la amistad, aunque pocos la convirtieron en piedra angular del edificio emocional del individuo. ¿Tiene algo que ver en ello las circunstancias históricas antes descritas? Desde mi punto de vista: incuestionablemente. Cuanto nada hay seguro, el amigo es el único asidero al que agarrarse, donde todo es mentira, el amigo es la única verdad, entre tanta desgracia sólo el amigo es consuelo. «El sabio nunca abandonará a ningún amigo», dice Epicuro. «Sin compañía no es grata la posesión de bien alguno», advierte Séneca a su amigo Lucilio.

Es cierto que entre ambos hay diferencia, matices, como por ejemplo el que se refiere al interés, pero no tenemos aquí espacio para ello. También es cierto que las circunstancias históricas actuales comparten ciertas semejanzas con las aquí expuestas.

Todo el mundo tiene una razón para haber evitado el arduo estudio de Aristóteles. Mi motivo, tan espurio como los demás y por tanto igual de válido, no es otro que la actitud que toma al inicio de su Ética y muestra los mimbres de su alma con una sola frase: Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad. Si en lugar de esto hubiera dicho: amigo de la verdad, pero más amigo de Pla tón, yo hubiera amado a Aristóteles.