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TRIBUNA

Diferencias en verano

MARÍA DOLORES ROJO LÓPEZ. ESCRITORAMARÍA DOLORES ROJO LÓPEZ. ESCRITORA
02/08/2011

 

La vida diferente que el verano marca en nuestras rutinas pone de manifiesto, con demasiada frecuencia, las diferencias que hombres y mujeres tenemos. La posibilidad de estar más tiempo juntos, de encontrarnos algo más que en las entradas y salidas del hogar y sobre todo, de aumentar las situaciones donde debemos decidir en común, pone en peligro la aparente calma que durante el invierno se instala en la vida de cada uno. No hemos aprendido aún a entendernos.

La absurda idea, mal planteada, que generalizó la petición de igualdad entre hombres y mujeres en base a su identidad, solamente produjo malestar y malos entendidos entre quienes defendían esta equivalencia. Cuando suponemos algo igual a nosotros hay una predisposición a pensar que esa persona debe actuar, pensar y sentir de la misma forma. Y cuando pretendemos que eso sea así, se producen todas las incomprensiones que conocemos y experimentamos a diario, pues en realidad nadie actúa igual que otro y menos una persona de sexo diferente. Somos absolutamente distintos. Aunque debemos aclarar que igualdad no es lo mismo que equidad. Tenemos derechos que nos igualan y, por lo mismo, debiéramos acceder a las mismas oportunidades.

El interesante estudio de la psicóloga chilena Pilar Sordo, sobre las diferencias que nos complementan, hace un recorrido de profundo calado en los patrones de comportamiento de ambos sexos. Posiblemente, la cronología de las parejas también cuenta. No es lo mismo el planteamiento que el hombre y la mujer tienen en la actualidad para llevar la casa y los hijos adelante, que el que se estipulaba y aceptaba como normal en las parejas de los años 60. Sin embargo, y a pesar de los cambios notorios que comparativamente existen entre los tipos de convivencia y el reparto de responsabilidades en ella, en ambas épocas, hay una serie de pautas conductuales que ambos sexos mantenemos por estar incluso imbricadas en la genética de cada cual.

La primera diferencia significativa es que las mujeres cuando hablamos de nosotras siempre lo hacemos centrando la conversación en otras personas clave en nuestra felicidad o infelicidad. Estos nos lleva a quejarnos más que los hombres o al menos, a poner un pero a las vivencias que manifieste que no fueron todo lo ideales que hubiésemos querido. Nos empeñamos en hacer la mayoría de las cosas en base a la idea de que nadie lo hará mejor y sin embargo, transmitimos la idea a nuestros hijos e hijas de que ser mujer conlleva mucho trabajo y pocas satisfacciones.

La segunda, se centra en la distinta capacidad que la mujer y el hombre tienen con respecto a lo que retienen o lo que ceden y sueltan. Mientras la mujer tiende a retenerlo todo, guardamos alimentos para mañana, papeles, ropas, tiquets, entradas, flores disecadas e incluso retenemos líquidos y acusamos estreñimiento; el hombre es capaz de soltar, de resolver conflictos y olvidarlos, de no incorporar a su repertorio conductual angustias enquistadas a base de perpetuarlas en el recuerdo. De ahí que nosotras no olvidemos nunca y ellos parezca que no recuerdan jamás. Centrados en los objetivos y no tanto en los procesos, solucionar problemas, para ellos, es el equivalente a desprenderse de ansiedades y desasosiegos demoledores para una sana y equilibrada sensación de bienestar. Son capaces de pasar de un objetivo a otro con mucha rapidez y avanzar en el camino. Tal vez por ello, sean más rápidos en iniciar otras relaciones afectivas cerrando página.

En tercer lugar, lo femenino estaría determinado porque en la base de sus acciones predomina sentirse necesitado. De esta forma, la identidad y la autoestima están más determinadas por lo que hacemos que por lo que somos y, sobre todo, por la respuesta que obtengamos ante ello. Si hacemos todo lo que creemos que nos corresponde en esa hiperactividad de roles que desempeñamos como hijas, madres, esposas o profesionales esperamos una compensación afectiva similar a nuestro esfuerzo. Es una necesidad real la de sentirnos -˜necesitadas-™ para concebirnos merecedoras del cariño que recibimos. Todo en nosotras gira sobre la vida afectiva y nuestra función principal consiste en tratar de mantener las relaciones de los nuestros en buen estado. En cambio, lo masculino estaría gobernado, mayoritariamente, por la necesidad de admiración. Para ello, los hombres cambian continuamente de objetivos, se empeñan en llegar a las metas y avanzan hacia otras nuevas una vez alcanzadas. De este modo, las mujeres valoramos más los procesos, mientras que los hombres lo hacen con los fines. No es extraño que en el supermercado, nosotras hagamos paradas en cada pasillo para observar, comparar o conocer productos que no llevamos en la lista, en tanto que ellos de tener la lista en una mano y el carro en la otra, buscarán, casi con exclusividad lo que llevan anotado. Idéntico proceso sucede en los viajes o los paseos. Mientras nosotras disfrutamos con el paisaje, con cada parada, cada escaparate o cada vitrina, ellos se encaminan decididamente al lugar del final del trayecto sin entender el motivo reiterado de los parones intermitentes a los que les sometemos.

Un cuarto aspecto lo constituye la importante diferencia entre la capacidad de separar de los hombres y la de reunir de las mujeres. Basta revisar nuestro bolso para encontrar desde un medicamento hasta un útil escolar de nuestros hijos. Los compartimentos que utilizan los hombres les ayudan a ordenar sus pertenencias. Un bolsillo para el móvil, otro para el billetero, otro para las llaves. Ellos funcionan mejor separando en cajones mentales las distintas áreas emocionales, lo que se refleja muy bien en el área comunicacional en la pareja. Un hombre puede hacer una crítica a su mujer como madre y con ella está dirigiéndose a la madre, no a su esposa. Por ello, minutos más tarde le sería posible mantener relaciones sexuales con ella. Eso que las mujeres entendemos tan mal después de una discusión, en la que seguramente nosotras terminamos en tristeza lo que ellos concluyen como rabia. La situación daría, sin duda, para un análisis más detenido. En cualquier caso, nuestras diferencias nos complementan por lo que en ambos debe estar el objetivo de reforzar lo que el otro aporta y a nosotros nos falta. Habremos iniciado, de esta forma, un excelente camino para llegar a entendernos .

 

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