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TRIBUNA

Es la Universidad, ¡estúpido!

ENRIQUE LÓPEZ GONZÁLEZENRIQUE LÓPEZ GONZÁLEZ
16/10/2008

 
EN LA CAMPAÑA que condujo a Clinton a la presidencia de Estados Unidos en 1992, su asesor James Carville formulo la frase 'Es la economía estúpido' para dar a entender que el progreso económico constituye una clave electoral genuina. Aquí y ahora, en la sociedad del saber que nos toca vivir, no está demás recuperar el mensaje intrínseco de dicho consejo para evitar el abanto y la procrastinación de nuestros próceres. La Universidad es una empresa de conocimiento extraordinariamente compleja. A la Universidad no le basta con enseñar, con estructurarse para transmitir lo más eficazmente posible el conocimiento. La Universidad no se comprende sin su misión investigadora fundacional. Como universitarios, desde nuestras respectivas responsabilidades, estamos obligados a hacer posible y visible la tarea de producir saber y buscar la excelencia. La Universidad está obligada a absorber y metabolizar el conocimiento que se produce, no importa el lugar, a un ritmo tan trepidante que no pocas veces produce vértigo. No es fácil para los campus universitarios interpretar con eficacia las nuevas reglas, los cambios de patrón, los nuevos paradigmas y la forma en que intervienen y afectan a nuestro trabajo diario como docentes, como fortalecedores de vocaciones o inspiradores de las mismas. La historia de la Universidad de León es un buen ejemplo de otra de las misiones históricas de la Universidad, generar liderazgo empresarial o si se prefiere devolver en forma de riqueza el compromiso de la sociedad con su universidad. Me estoy refiriendo al importantísimo tejido biosanitario y farmacéutico que la Facultad de Veterinaria contribuyó a crear en la ciudad de León a principios del siglo pasado. ¿Por qué desde entonces nada similar se ha producido?. ¿Hemos abdicado de dicha misión?. Es obvio que sí, no es un tema menor y pareciera que no hemos sabido obtener enseñanza alguna. Pero aún hay más, sobre las universidades recae la misión de impulsar iniciativas para mejorar su autofinanciación. La aceleración y sofisticación de la ciencia y la tecnología, en todos los ámbitos del saber, está poniendo a prueba tanto las estructuras al uso de transmisión de conocimiento como la capacidad financiera de todas las universidades de occidente y particularmente las españolas. Los poderes públicos, desde hace años, vienen trasladando la presión financiera a los campus universitarios y sus órganos de gobierno. Es algo así como un desistimiento de sus responsabilidades, haciendo una demostración de desconfianza de gran significación. La capacidad transformadora de nuestro sistema de innovación, de nuestros conocimientos y habilidades, la carga de la prueba, ha sido trasladada sin misericordia alguna, con desfachatez, a los campus universitarios. Se nos pide, -y quiero advertir que utilizo el argumento verdadero, el que flota en el aire y que nadie nombra-, se nos pide, repito, que transformemos la realidad, que transformemos el PIB y se nos recuerda un día sí y otro también que a la Universidad Española le falta vida testimonial, los casos de éxito y de éxito verdadero. Nos faltan los grandes premios que acrediten nuestro éxito investigador, los reconocimientos internacionales, y los ejemplos prácticos de nuestras habilidades transformadoras (empresas, iniciativas...). Encabezando una lastimosa posición relativa, la Universidad leonesa, como evidencian y mortifican los últimos datos elaborados por la Conferencia de Rectores (CRUE) sobre la Financiación de nuestras universidades públicas, padece históricamente del mismo mal: la desconfianza de los poderes públicos sobre su importante misión, siempre regateada, que se transforma en una financiación mortecina que nos lleva impidiendo mejorar nuestras estructuras de transmisión, de captación y metabolización, de creación de saber y de creación de liderazgo. Estructuras que dejamos oxidar y que nos impiden servir a nuestros alumnos, la razón primera y última de nuestra existencia, servir a la sociedad, buscar la excelencia, identificar el talento y promover el talento. La Universidad ha hecho a lo largo de décadas un esfuerzo titánico para cumplir su misión en condiciones casi imposibles, empalada entre la masificación y unos presupuestos paupérrimos. Un trabajo muy mal valorado socialmente y poco retribuido desde el punto de vista de las oportunidades que la Universidad merecía. En el curso de los últimos años, la sociedad española y su economía han evolucionado sin hacerlo nuestra estructura de financiación. Para la Universidad es una circunstancia muy tensa. Ha llegado el momento de tomarse la Universidad en serio, en especial cuando es requerida, a mayores, para convertir el saber en resultados concretos, esto es, en dinero. La Universidad necesita compromiso, un sólido compromiso vinculado a contratos programa con los consiguientes objetivos, medibles, a corto, medio y largo plazo. La Universidad es una empresa de conocimiento que come libertad a raudales. Debe preservarse a toda costa. Y tal empeño no debe estar enfrentado al rigor y a la adecuada correspondencia entre esfuerzo público y resultados. La sociedad nos exige rendir cuentas. Bien. Pero no se nos puede exigir los resultados de las Universidad de Alemania o el Reino Unido, por poner un ejemplo, con presupuestos como los de la ULE o de cualquier otra universidad española. Ha llegado la hora de ser adultos. La Universidad conoce bien sus lacras, sus vulnerabilidades (como la vergonzosa tasa de abandono, que en el caso de León exhibe una trilera opacidad), también sus oportunidades y aciertos. Es justa la rendición de cuentas y la auditoría externa en condiciones de reciprocidad; es muy injusto, por el contrario y bastante hiriente, tratar de imponer resultados con puntos de partida tan frágiles. La Universidad necesita, en este lado de la trinchera, gestores cualificados. Necesita por ende, en el otro lado, interlocutores cualificados que comprendan los atributos de una empresa de conocimiento con tan larga tradición como lo es la Universidad y los compromisos que la sociedad del conocimiento contrae con el saber. Se habla tanto y más de nuestra autonomía en la misma medida que se la mutila y cercena con normativas restrictivas y onerosas. Se habla tanto y más del gasto universitario en la misma medida que nos alejamos más y más de los niveles de financiación que se corresponden con indicadores de calidad a los que aspiramos y que en buena parte nuestro PIB permite, pero que, a tenor de las cifras del Informe bianual de la CRUE, no facultan al Gobierno de la Junta de Castilla y León a presentarse como ejemplo a seguir. La historia de la ceguera fue el título escogido en esta misma Tribuna de Opinión el 22/11/2006 para versar sobre el mismo tema del Informe precedente. Los datos ahora aportados nos relatan la historia de una abdicación, de una puesta en solfa de la importante misión de la Universidad, de su valor estratégico, de su condición de primera infraestructura. La Universidad es una inversión y además un excelente atractor estratégico y no puede seguir siendo la institución perdedora de todas las infraestructuras. Nuestra sociedad se merece otra Universidad y necesita otra Universidad. Quizá ha llegado el momento de plantearse reorganizar nuestras prioridades como sociedad, pues, si los cambios debidos a la tecnología y el conocimiento se están acelerando en lugar de ralentizarse, o mejoramos nuestra financiación, mejoramos el compromiso del Gobierno de la Junta de Castilla y León con la ULE, reparamos la deuda histórica acumulada, mejoramos la financiación adecuándola a nuestra renta per-cápita y mejoramos la autonomía universitaria, un rubro imprescindible en la sociedad del conocimiento, o entramos en decadencia. Hablamos de futuro con mayúsculas. Ha llegado el momento de un auténtico cambio de mentalidad, otra cultura, de sentar las bases para mejorar la financiación, para acercarnos a cotas de modernidad y responsabilidad social atinentes a los tiempos que vivimos. Los presupuestos hablan mucho y con precisión del tipo de sociedad que unos y otros promueven. Vivimos en la sociedad del conocimiento y a la economía del conocimiento le corresponde una determinada estructura económica, deudora en todas sus facetas del compromiso con el saber. Lo que aquí se debate no son los presupuestos de la ULE y su aguda crisis financiera, con una carencia de aportación financiera o deuda histórica correspondiente a la última década cercana a los 200 millones de euros, que también, lo que aquí se debate, lo que está sobre la mesa es el futuro de nuestras sociedades, lo que queremos ser mañana, el lugar que queremos ocupar y el futuro que queremos para nuestros hijos y para las futuras generaciones. El tic-tac del futuro no espera a nadie. Es un tiempo verbal implacable.

 

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