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Diario de León | Viernes, 31 de octubre de 2014

Agustín Delgado | poeta

«Escribir poesía hoy es, para muchos, calibrar estrategias y obtener réditos»

Es el 'entrañable lobo estepario', en definición de José Miguel Ullán. Alejado de cenáculos y escuelas, disidente de fronteras y reducciones, radicalmente libre, Agustín Delgado (Rioseco de Tapia, 1941), uno de los funda

emilio gancedo | león emilio gancedo | león 08/12/2010

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«Viéntreme, madre,/ Lechéceme./ Óvalo, óbolo,/ Aválame». Se títula Onphalos , y es un brevísimo ejemplo de la tensión extrema a la que Agustín Delgado somete a algunos de sus versos haciendo decir lo máximo con lo mínimo. El cofundador de aquella Claraboya -ventana abierta a todos los vientos del verso europeo- junto a Luis Mateo Díez, Ángel Fierro y José Antonio Llamas, acaba de ver publicada toda su poesía.

-¿Qué supone para usted la publicación de estas -˜obras completas-™ y por qué aparecen en este momento?

-Estoy muy contento con la aparición de esta poesía reunida, en primer lugar al contemplar la elegancia que emana de su factura artegráfica. El que una editorial de recursos modestos como es Trama haya apostado por materia tan poco demandada como es la poesía (y ya no digamos esos sansirolés fruto de mis zigzagueantes internamientos o huidas por veredas verbales) es muy de agradecer. Han aparecido ahora porque es ahora cuando se los he ofrecido a la editorial, dado que yo venía teniendo la sensación de que el desperdigamiento de mis textos, escritos a lo largo de cuatro décadas, no es que hacía que estuvieran olvidados (de hecho la Biblioteca Leonesa de Escritores que entregó el Diario acogió una antología de ellos), sino que era bueno que se encontraran y, por así decir, dialogaran unos con otros y se sometieran a la prueba de la coherencia poética.

-¿Qué siente a la hora de leer estos versos, algunos compuestos hace tanto tiempo? ¿Qué pasa por su mente al leer los primeros de ellos?

-El primer libro, El silencio (1965), fue fruto de una especie de juego de laboratorio: redactar convulsamente en tres días y con máxima velocidad memorizadora determinadas experiencias de mi estancia como estudiante-obrero en Frankfurt en el verano de 1965. Ese ejercicio de espontánea condensación poetizadora lo recuerdo con una especial emoción, con la emoción de quien cree que ha conseguido un descubrimiento formal muy personal. El libro siguiente, Nueve rayas de tiza ( 1966-68) lo veo incurso ya en la corriente generacional del 68 español. Libro existencialista, nutrido del cine del momento, y también de resonancias brechtianas y de las inquietudes de la juventud universitaria con el tardofranquismo aún en todo su esplendor. Cuando leo ahora esos textos, siento que lo que todavía me vincula a ellos es el recuerdo de la obsesión que los hizo posibles; la obsesión de descubrir con la palabra un sentimiento nuevo de la realidad, crear nuevas zonas expresivas.

-¿Cómo recuerda el fenómeno -˜Claraboya-™? ¿Se ha mitificado con el paso del tiempo, o al revés, no es valorado?

1397058884 Claraboya fue sitio de teorización sesentayochista, ventana de la poesía extranjera del momento, escuela de aprendizaje, plataforma poética juvenil en la que tuvieron cabida las voces más representativas de la nueva poesía que comenzaba: Ullán, José Elías, Diego Jesús Jiménez, Vázquez Montalbán, Gimferrer, etc. Sucesivamente silenciada, y hace una década también mitificada, creo que ahora ocupa el lugar que le corresponde en el sucederse histórico de las generaciones poéticas. Antes era inencontrable, pero ahora ha sido reeditada en facsímil y quien quiera puede comprobar y leer lo que allí se dijo y se publicó.

-Un lugar común de su trayectoria es quizá ese alejamiento de cenáculos y escuelas. ¿Por qué razón no frecuentó usted los ambientes sociales literarios?

-Mi itinerario profesional, catedrático de Literatura en distintas ciudades y después Inspector de Educación y Consejero en las embajadas de París y Bruselas me condicionó a una errancia, eso sí, siempre elegida por mí, que no era propicia a fecuentar los cenáculos madrileños. Pero es verdad que tampoco era yo, por temperamento, muy dado a frecuentar los ambientes sociales de la literatura, siempre algo cerrados o sectarios. Tampoco quiere decir que los rechazara de plano: de hecho siempre he tenido amigos poetas muy bien informados, por ejemplo José Miguel Ullán.

-¿Qué diferencia cree que existe entre hacer poesía en los años sesenta y setenta y hacerlo ahora?

-Grandes diferencias. En los años sesenta o setenta escribir poesía era tanto como arriesgarse hasta el fondo desde una opción, estética o moral, del todo ajena a cualquier perspectiva de provecho o medro socio-profesional, para ya no decir mediático. Hoy, para muchos, escribir poesía es tanto como calibrar estrategias, tácticas, tendencias, siempre en perspectiva de obtener réditos mediáticos, y rentabilizarlos en cualquier otro orden de la industria cultural o de la deriva profesional. Dicho esto, hoy se tiene un cúmulo de información sobre poesía hispanoamericana, poesía de otras culturas en el mundo, artes, impensable en los años sesenta o setenta. Se puede escribir tambien sin estar oprimido por corsés de tradición mal conocida, mal asimilada.

-Somete al lenguaje a tensiones, vueltas de tuerca y jibarizaciones rara vez vistas en la poesía en lengua española... ¿a qué se debe ese afán?

-Es verdad que desde el Discanto (1975-80) y sobre todo en y a partir del Ciclo de los Sansirolés (1981-96) he ido quizá más lejos que ningún otro colega español retorciendo los moldes de la tradición poética, formales, lingüísticos, temáticos, expresivos... Y ahí están, fruto de esa refriega y experimentación, los sansirolés , instancias al límite en que el ejercicio de trovar se practica a partir de un momento cero, ubicado en noche oscura. Es como una indagación de vetas de lo real cada vez más huidizas. Ahí la significación se diluye, se destartala, queda prendida de hilos fonéticos... Pero todo ello es también una forma de resistencia, primordialmente resistencia a los códigos que el poder y otras inercias han establecido. Sigo a Edoardo Sanguinetti en su visión de la literatura como una forma de práctica social en la que el trabajo de renovación y experimentación lingüística está indisolublemente ligado al ejercicio constante de eversión social.

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