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TRIBUNA

De fósil sin prestigio a mirlo blanco

Enrique López GonzálezEnrique López González
09/03/2006

 
EL CARB ÓN se ha convertido en los últimos cinco años en el mirlo blanco que tiene que salvarnos para evitar que la economía mundial colapse. No sólo el gas y el petróleo son un bien escaso. El carbón también es un bien muy escaso y codiciado. Su precio en el mercado internacional a finales de 2006 se habrá multiplicado por tres respecto a los precios de 2000. El carbón internacional como recurso fósil energético se ha puesto a precios prohibitivos, siguiendo la estela del gas y del petróleo. ¿En este contexto qué papel juega el carbón nacional? La tonelada de carbón nacional ha mantenido un precio estable en todo este periodo. La termia de carbón nacional está a 0,5 céntimos, mientras el carbón importado está a 1,5 céntimos, la del gas a 3,5-4 céntimos y, para decirlo de forma coloquial, subiendo. De esto hablaremos, pero permítanme previamente que les haga el siguiente comentario sobre la crisis nuclear iraní. Viene a cuento. Ha costado pero estamos entrando, poco a poco, en el fondo de la cuestión. La tupida malla de intereses tejida por la economía de los hidrocarburos ha impedido a la opinión pública conocer la verdad. La planta iraní de Busher, construida por los rusos, es de 1.000 megawatios. Irán tiene en construcción otras dos plantas de otros 1.000 megawatios cada una. Son grandes plantas. Doy por cierto que el programa energético nuclear iraní oculta un programa militar nuclear pero no es el asunto que quiero abordar. Más inquietante que la propia amenaza nuclear, que lo es mucho, es la información que aflora por primera vez aunque se oculta a la opinión pública mundial y al propio pueblo iraní. Lean con atención: las reservas petroleras iraníes y del golfo pérsico en general son muy inferiores, bastante inferiores, a lo que se nos dice. Asunto que es de aplicación general a todos los yacimientos de gas y petróleo del mundo en plena fase de revisión de reservas a la baja, lo que se agrava cada día pues en los nuevos yacimientos, en mar abierto y a mayor profundidad, sólo se descubre un barril de petróleo por cada 5 que se consumen. Lo enchufamos todo, cada vez conectamos más cosas a la red eléctrica y, sin embargo, las alternativas posibles, la energía nuclear, que tiene externalidades negativas angustiosas, y las pilas de hidrógeno, la energía que viene, que necesitará su tiempo para su expansión y penetración en el tejido social y productivo, no constituyen alternativas de repuesto a corto y medio plazo. En este contexto internacional es donde el carbón, el carbón nacional, nuestro carbón, recobra su papel estratégico y llama a las puertas de los gestores de la política energética para rehacer las cuentas y reorganizar las prioridades. No sólo importamos gas, petróleo y carbón a precios imposibles de absorber, estamos importando inestabilidad económica, política y militar de inquietantes consecuencias. No basta con dejar que el mercado funcione y repercutir alegremente los costes sobres las tarifas eléctricas. La planta industrial y los consumidores no podemos absorber el diferencial de precios sin estrangulamiento y de ningún modo podemos absorber la inestabilidad asociada sin paralizar la economía y lesionar nuestras expectativas. El carbón nacional tenía tres enemigos, más interesados que reales, los altos costes de producción, su baja calidad y sus índices de contaminación. Los altos costes es un argumento que ha sido dinamitado por los costes energéticos, galácticos, de los combustibles fósiles importados. Como es sabido, ya en la franja de los 40$ barril de crudo, vuelve a ser rentable el carbón, incluso, la transformación del carbón en diésel, convirtiendo el carbón sólido en gas y transformando el gas en líquido para obtener un diésel sintético conocido como CTL (Coal To Liquid) que lo acerca de nuevo hasta el consumidor final a precios competitivos. Los otros dos enemigos, han sido pulverizados por la tecnología GICC (Gasificación Integrada en Ciclo Combinado). Y la mejor prueba de ello es la información revelada por el Financial Times, procedente de Alstom, Siemens y General Electric, los tres gigantes del sector. El 40% de su cartera general de turbinas de electricidad son para plantas que utilizarán carbón como energía primaria. Las que utilizan gas como energía primaria han caído a un 20%. Nos enfrentamos a un cambio radical de tendencia. Dentro de la industria limpia del carbón, la tecnología GICC supone gasificar el carbón de forma que las altas temperaturas de los gases de escape (de la turbina de gas) se aprovechan asimismo para generar el vapor de agua (de la turbina de vapor), elevando el rendimiento energético hasta el 60%, cuando el rendimiento de las plantas convencionales de agua/vapor es del 35%. Pero no solo eso, la tecnología GICC reduce los costes de inversión a la mitad, reduce a la mitad el coste de construcción, reduce a la mitad los requerimientos de espacio, reduce a la mitad el consumo de agua, confinan el CO2, solidifican el azufre, convirtiéndole en un subproducto mineral, que posee su propia cuenta de negocio, los minerales pesados se elimina a través de la cenizas, un sólido inerte vitrificado no lixiviable, para su uso comercial, es capaz de reducir drásticamente el mercurio mediante absorción en un lecho de carbono activo. Pero hay más, las tecnologías GICC pueden obtener gas de síntesis de muchos productos residuales de eliminación costosa o con externalidades medioambientales muy peligrosas, como residuos de refinería, coque de petróleo, residuos sólidos urbanos, neumáticos, plásticos, fangos de depuradora o harinas de animales. La tecnología GICC optimiza la combustión de biomasas, purines, paja de cebada y similares. El carbón es el combustible fósil más abundante y de reparto más equitativo a escala mundial. La economía del carbón genera muchos puestos de trabajo en zonas geográficas donde no abundan y son dos aspectos que no son de menor cuantía. El Libro Verde de la Unión Europea sobre seguridad de abastecimiento energético advierte de la abultada dependencia energética de la Unión Europea. Al carbón le ha llegado su segunda juventud y los planes liquidacionistas de la economía del carbón nacional no tienen ningún sentido. La economía del carbón ha tenido que convivir en sus años gloriosos de explotación masiva, con las partículas de sílice SiO2, el cuarzo cristalizado, protagonista principal de la silicosis, el azote de la salud de los mineros y el venenoso gas grisú. Y como el tiempo no pasa en vano, también en este punto se han producido grandes avances. Las minas de cielo abierto están sustituyendo a las explotaciones subterráneas. Explotaciones que requieren una gestión de impacto medioambiental, la asignatura pendiente, la gran asignatura, que entre todos tendremos que superar para hacer posible la segunda juventud del carbón. Extraer carbón con una estrategia extractiva aniquilacionista -destroyer command- de los activos naturales a cambio de empleo pelao es una estrategia muy escasa, intolerable, y un contradiós fuera de contexto. Estamos en España y en el siglo XXI. La segunda juventud del carbón es un elixir que todos necesitamos y sobre lo que poco cabe discutir. Los precios del carbón hacen muy rentables la explotación del carbón a cielo abierto, pero ya lo he dicho, incluyendo una gestión medioambiental rigurosa y las contraprestaciones correspondientes para los municipios mineros. Todo lo que no vaya en dicha dirección contribuirá a confrontar poblaciones y energía, lo que en términos políticos sería, amén de una pésima gestión, un desastre económico. Por eso, iniciativas regionales como intentar buscar atajos legales, a través de la futura Ley de Montes de la Junta de Castilla y León, para sacar de la mesa a los municipios mineros, equivaldría a politizar y enturbiar la producción de energía. Nada lo justifica. Si el propio sector, el extractor y el energético, no reaccionan, los municipios mineros, las provincias mineras, tendrán que considerar, y muy seriamente, la posibilidad de replantear su protagonismo en el nuevo ecosistema energético. La propuesta de enterramiento de la economía del carbón ha entrado en una vía muerta y el entorno productivo energético ha cambiado espectacularmente.

 

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