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50 años del incendio

El hombre que salvó la Catedral

El cantero Andrés Seoane ordenó retirar a los bomberos y mantuvo el fuego «como un brasero» para evitar que la piedra toba de la cubierta reventara por el peso del agua en la extinción del incendio de 1966 .


01/05/2016

 

ana gaitero | león

¡La Catedral se quema! ¡La Catedral se quema! El grito corría por las calles de León y la gente se arremolinaba en las inmediaciones del templo. Las llamas se alzaban varios metros sobre la cubierta de la joya con la soberbia del fuego. La madera de ‘pinotea’ de la cubierta, en perfecto estado, alimentaba su furor.

«Se oían ruidos muy fuertes por los golpes de la madera sobre la bóveda de piedra y la gente se creía que la Catedral iba a derrumbarse», recuerda Santiago Seoane. Tenía 24 años y ya hacía siete que trabajaba con su padre, el cantero Andrés Seoane, en los talleres de restauración de la Catedral y San Isidoro.

Aquel domingo, 29 de mayo de 1966, la Cultural había jugado con el Cartagena y ganó. Hacía un calor sofocante pero antes acabar el partido estalló la tormenta. Un rayo cayó sobre el templo y fue recogido por el pararrayos de la torre de San Miguel. Pero al llegar al pozo de la carretera de los Cubos, habilitado para la toma de tierra, su intensidad o las deficitarias condiciones de conservación lanzaron la descarga eléctrica en retroceso.

La potencia fue tan grande que las pletinas de hierro alcanzaron el rojo vivo y prendieron la mecha sobre la techumbre de la Catedral. En las crónicas de la época se dice que el incendio se produjo inmediatamente después, pero los hermanos Seoane creen que las llamas tardaron casi dos horas en hacerse visibles.

A las ocho de la tarde se celebraba la misa vespertina en la Catedral. Cuando se dio el primer aviso del humo no se pensó que el fuego alcanzaría las dimensiones apoteósicas que los leoneses contemplaron con dolor, unos llorando y otros rezando.

Santiago Seoane regresaba de casa de su suegro, en el barrio de San Mamés, cuando vio las llamas sobre la Catedral. Enseguida se puso en camino con su padre, Andrés Seoane. «No nos dejaban pasar, hasta que el gobernador civil, Luis Ameijide, intervino y le dijo a mi padre: ‘Andrés, hazte cargo de esto que es un caos’».

Andrés Seoane era el cantero mayor y restaurador de la Catedral, San Isidoro y cuantas obras se acometían en la zona monumental del norte de España. Conocía «palmo a palmo la Catedral y la fortaleza de sus bóvedas de piedra», como indica el obispo Luis Almarcha en la carta que escribió días después del pavoroso incendio al director general de Bellas para pedir un reconocimiento por su labor en la extinción del incendio. Sus hijos guardan copia para que quede constancia de que «mi padre salvó la Catedral».

«Fue el dirigente que concentró los medios de extinción sobre lugares estratégicos, consiguiendo que las pocas horas de aparecer las llamas, a las once precisamente, comenzaran éstas a ser dominadas», informa el prelado al alto cargo del Ministerio de Educación en la carta fechada el 13 de junio de 1966.

Para más detalles, añade que «desde los primeros momentos (Seoane) subió con los bomberos a la techumbre y dirigió la acción de estos sobre los puntos de mayor peligro, evitando que las llamas se extendieran sobre los tejados laterales y que las maderas encendidas cayesen sobre los mismos».

Cuentan los hijos que en cuanto lo consideró conveniente «pidió que se reteriran los bomberos» para evitar males mayores. Los 3.500 metros cuadrados de la cubierta de madera ya estaban convertidos en cenizas y el agua que se vertía sobre la bóveda era el mayor peligro.

La explicación se encuentra en que «la bóveda de la Catedral está hecha con piedra toba de Renedo de Valderaduey. Se usó mucho en obras monumentales para las techumbres porque debido a sus características volcánicas es una piedra aligerada» y tiene menos peso que calizas y granitos», apuntan los hermanos Seoane. La piedra toba «admite el calor, pero tiene el inconveniente de que absorbe el agua y al coger sobrecarga puede romperse», añade Santiago.

Es lo que quería evitar su padre. Si la bóveda se resquebrajaba, la catástrofe hubiera sido de dimensiones descomunales. «Mi padre salvó la Catedral», reiteran sus hijos Andrés y Santiago mientras muestran la carta que el obispo dirigió al Director General de Bellas Artes reclamando una distinción honorífica para el «delegado de patrimonio» de León, aunque en realidad no ostentaba tal cargo, por su actuación en el incendio y sus méritos en la restauración de la Catedral.

Seoane, que había llegado de Galicia tras pasar por Asturias en las obras del santuario de Covadonga, dirigía una de las secciones de la Escuela Diocesana de Arte Sacro de San Isidoro, en la zona donde actualmente está la hospedería de la Colegiata.

Las crónicas de la época apenas deslizaron el nombre de Andrés Seoane en el reportaje escrito por M. M. Aláiz en Diario de León, con las espléndidas fotos de César. Pero en el mes de octubre de 1966, el subdirector general de Educación y Ciencia, Lora Tamayo, firmaba en el Boletín Oficial del Estado su ingreso en la Real Orden de Alfonso X El Sabio con la categoría de Encomienda. La mano poderosa del obispo Almarcha, que era procurador en las Cortes franquistas, consiguió su propósito.

En el Archivo Municipal de León, el único rastro del incendio de la Catedral del 29 de mayo de 1966 se encuentra en dos hojas de la Comisión Municipal Permanente celebrada el 2 de junio de 1966. Son mociones de urgencia con el «profundo sentimiento de la Corporación municipal» por el siniestro y los agradecimientos a los «ayuntamientos de Oviedo, Santander, Avilés, Zamora, Palencia y Valladolid por haber acudido inmediatamente con los medios de que disponían para colaborar en la extinción del siniestro».

No se precisó la intervención de todos los que llegaron. Los de Oviedo tuvieron dificultades para llegar por un desprendimiento ocurrido en Pajares. Las bases de aviación de La Virgen del Camino, Villanubla y Burgos e incluso la «hispanoamericana» de Torrejón de Ardoz fueron movilizadas pues se planteó echar agua sobre la Catedral desde un helicóptero.

También se contó con el refuerzo del regimiento de Almansa, al CIR número 12, a la policía Armada y la Guardia Civil. La lista de arquitectos que intervinieron en las labores de extinción es larguísima. Entre ellos destaca el nombre de Prudencio Barrenechea Sánchez, arquitecto jefe municipal a quien la Comisión Permanente Municipal otorga un «voto de gracias» por «su activa e inteligente actuación» en el incendio.

Fue muy alabada la labor de los seminaristas que trasladaron el archivo y el museo de la Catedral al Obispado, así como las las reliquias de San Froilán para preservarlas de posibles daños mientras rezaban y pedían a Dios ayuda para frenar la catástrofe.

Todas las miradas estaban puestas en el tejado de la Catedral, pero el corazón de León entero temblaba por las valiosas vidrieras que se habían salvado de las hordas napoleónicas a principios del siglo XIX. Tal suerte fue gracias a que los valiosos vitrales se habían desmontado para las obras de restauración de la Pulchra tras los daños sufridos por el terremoto de Lisboa en 1755.

Santiago Seoane recuerda que el día del incendio su padre le mandó «echar a mucha gente» de la que estaba cerca del tejado porque corrían peligro. También le encargó llamar a Luis Menéndez Pidal, el arquitecto conservador de Monumentos de la Primera Zona. «Fui al bar Mansilla (hoy confitería Albany, en la esquina de La Paloma con la calle Ancha) para llamar por teléfono y le puse al corriente del incendio y de las medidas adoptadas», explica.

Una vez que el incendio quedó controlado se tomó la decisión de no echar más agua encima de la bóveda y se mantuvo «como un brasero que duró tres o cuatro días. Cuando se consumió empezamos a limpiar», detalla. Aquella noche permanecieron en la Catedral hasta pasadas las dos de la madrugada y por la mañana empezaron la jornada casi de amanecida. La policía y varios retenes de los muchos que habían acudido a auxiliar a los leoneses vigilaron toda la madrugada.

Pese a lo arriesgado de la intervención para extinguir el fuego sólo hubo un bombero herido. Manuel R. Valencia, de 52 años, fue atendido en la Casa de Socorro por lesiones leves. También se registró la asistencia al joven soldado del Regimiento de Almansa José A. Álvarez, que fue agredido por un vecino al que impidió acceder a la plaza de Regla.

Después del susto y de las emociones, León pudo dormir con cierta tranquilidad. Al día siguiente se pudieron ver las piedras chamuscadas y algunos pináculos reventados . El pavoroso incendio quedó impreso en la memoria de la ciudad como un recuerdo inolvidable. León salvó ese día su Catedral.

 

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