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PARA PERPETUAR LA MEMORIA

La increíble noche de Manolón


11/10/2009

 
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ÁNGEL DE PAZ FERNÁNDEZ

M anuel Álvarez, Manolón, que vivía al hondo de San Pedro, era todo un personaje en la Noceda de mi infancia. Yo lo recuerdo como un señor corpulento y de voz retumbante que me atemorizaba. Mi opinión infantil sobre él, cambió un día de jueves o viernes santo.

Bajaba para Vega en compañía de mi abuelo Vicente. Al llegar al hondo de San Pedro, nos vio Manolón :

-”¡Hola, Vicente, pasa que os invito!

A mi abuelo no hacía falta insistirle mucho para que aceptase una invitación; pero Manolón añadió algo que yo desconocía por completo:

-”Pasa, que he hecho limonada. A ver si os gusta.

Yo era un niño de unos seis años y me bebí un vasín que me supo a gloria. No sé qué tenía exactamente; no sabía a alcohol y tampoco tenía gas, que yo de niño aborrecía. Ellos dos se despacharon una jarra en amena conversación. Además del placer de la bebida, a partir de aquel día, vi de otra manera a aquel señor alto y de voz potente. Me di cuenta de que, pese a su corpulencia, era afable y cariñoso.

Su hijo Alejandro, con el que mantuve un trato casi familiar, hasta que los caminos de la vida nos separaron, siempre hablaba de su padre con una emoción especial. Me explicaba que, si sabía leer y rezar, era porque su padre se lo había enseñado sentándolo sobre sus poderosas rodillas. De Manolón , hermano del abad mitrado de Cardeña, Dom. Jesús Álvarez, se explicaban diversas anécdotas. A mi, me impresionó mucho la que le ocurrió un día de feria a comienzos de los años treinta del siglo pasado. El suceso es real y transcurrió durante una noche entre Bembibre y Noceda.

L a carretera no estaba terminada y el camino, en invierno, siempre fue un barrizal. De hecho también lo era la carretera hasta que, ya en los sesenta, se asfaltó. La gente de Noceda, en invierno, calzaba madreñas y, con ellas, bajaban y subían de Bembibre a Noceda (11 kms.) como lo hacían para ir de Río a Vega. En esa época era habitual llevar los pies enfundados en unos gruesos escarpines de lana que metían directamente en las madreñas.

Los días de feria en Bembibre, el camino y luego la carretera, era un rosario de gente y, sobre todo, de ganado. El ferial se llenaba a rebosar y los de Noceda tenían gran parte de culpa en ello. No siempre se compraba o vendía a la primera. Era muy normal llevar una vaca o una pareja de vacas o de bueyes varias veces hasta que se encontraba un comprador que pagase lo apetecido. En una feria de invierno, Manolón bajó con una pareja, no sé si de vacas o de bueyes.

Se pasó el día y no la vendió; así que, a la tarde, como era costumbre, sacó la pareja del ferial y la arreó en dirección a Noceda. El ganado sabía el camino y, como iban muchos, unos a otros se acompañaban. Manolón se entretuvo un poco tomando un vasín con un amigo y, enseguida, emprendió el camino tras la pareja. Llegó a Arlanza y no la había alcanzado.

-”¡Sí que han corrido! -”se iba diciendo-”. Antes de Noceda tengo que alcanzarla.

A pretó el paso y llegó a casa; pero no había ni rastro de los animales. Echó un trago, cogió un trozo de pan y volvió camino de Bembibre. No dio con ella en todo el camino; pero alguien le confirmó que su pareja había salido con dirección a Noceda. Quizás -”pensaba-” se había desviado por el camino de alguna viña y, por eso, no la alcanzó; pero seguro que, al ser de noche, los animales tirarían hacia casa. Con estas reflexiones emprendió otra vez el camino hacia Noceda. Llegó a casa y los animales no estaban. La cosa empezaba a ponerse fea; pero tenía que encontrarlos y donde los había dejado, era en Bembibre; por tanto, otra vez a Bembibre, en plena noche y arrastrando las galochas.

No encontró nada. Llamó, dio voces. Le volvieron a confirmar que habían visto la pareja camino de Noceda. Comenzaba a pensar mal y con desánimo ya casi amaneciendo, emprendió por tercera vez el camino de casa. En Arlanza alguien lo vio:

-”¡Menos mal que apareces! Anoche vimos tu pareja sola en el camino y creímos que se te había extraviado. La metimos en la cuadra y le echamos algo de comer.

Un amigo le había querido hacer un favor y le dio la noche: más de 55 kilómetros con el lastre de las galochas, mientras su pareja reposaba plácidamente en un corral de Arlanza.

 

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