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Entrevista | cristina peñalosa | escritora

«Los libros insufribles deberían poder devolverse»

Es una escritora «sin prisas ni alharacas», como ella misma se define. La leonesa Cristina Peñalosa está a punto de terminar un nuevo libro, aunque acaba de publicar -La conquista del olvido-, que le v

verónica viñas | leónverónica viñas | león
30/05/2011

 

-Por fin llega a las librerías su novela -La conquista del olvido-, ¿por qué es tan importante no olvidar?

-Lo fundamental es que seamos capaces de asimilar lo vivido, que el pasado no se convierta en un lastre que nos complique el presente sin que ni siquiera sepamos qué es lo que nos ocurre.

-Tiene una larga trayectoria de premios. ¿Los premios son una manera de publicar?

-He sido una escritora sin prisas ni alharacas, porque siempre he sabido que mi momento llegaría y que debía procurar estar preparada y publicar de la mejor forma posible. Ahora lo hago con el aval de un premio prestigioso y con una editorial que ha cuidado muchísimo mi libro.

-En la novela hay muchas -vidas cruzadas-. ¿Retratan a gente que conoce?

-Todos los personajes son ficticios. Sin embargo, es posible que, en algunos de ellos, haya rasgos de carácter de personas que conozco. Chiara Mantovani, por ejemplo, decora prendas de ropa con pinturas porque, en el fondo, es una artista exactamente igual que mi hermana Marisa.

-¿Ha abandonado el relato breve?

-Nunca lo dejaré. Me gusta tanto que, a veces, me proponen comentar una foto del Filandón, el suplemento cultural de Diario, y casi siempre envío un pequeño cuento. Próximamente aparecerá uno de esos cuentos-pie de foto.

-¿Cree como su amigo José María Merino que el relato breve es más difícil que la novela?

-Sí, comparto esa opinión. En la novela, «te casas» con la misma historia durante algún tiempo. Eso es más cómodo que pensar cada día en un tema diferente. Por lo demás, tanto en el cuento como en la novela es preciso enganchar al lector desde la primera línea y economizar en el texto.

-¿Cuando empieza una novela tiene -todos los cabos atados- desde el principio?

-Los principales, sí. Sé lo que quiero contar, cómo hacerlo y de que manera va a terminar. Me gusta que la estructura sea firme, que no queden cabos sueltos, que todo lo que suceda responda a un motivo y que no sobre ni una palabra. Lo cual no quiere decir que me cierre a nuevas ideas que se me ocurran mientras estoy escribiendo.

-¿Cuál es su método de trabajo?

-Suelo dejar que venga la historia a buscarme. La escribo mentalmente por la calle. A veces me paro en cualquier sitio para tomar notas. Pienso en la estructura y en las voces narrativas. Para la redacción necesito soledad y silencio. Tener ese tiempo que siempre me falta. Imaginar una trama es lo más parecido a los juegos infantiles. Lo he pasado muy bien escribiendo La conquista del olvido y eso se nota al leerla.

-La novela aborda temas sempiternos como el olvido, la memoria y la identidad. ¿Cuál es su aportación?

-Nada que sea humano es nuevo y menos en Literatura. Yo he intentado tratar estos asuntos tan serios con amenidad y con un lenguaje diáfano y preciso. He querido que se lea con facilidad, que intrigue, que enganche... El gran pecado de un escritor es aburrir.

-A algunos escritores les preocupa al iniciar un nuevo libro el -punto de vista- (primera, segunda o tercera persona). ¿Es su caso?

-Mi empeño es contar lo que se me ha ocurrido con efectividad y todo lo demás está al servicio del lector. Yo, como lectora, no termino ningún libro que me resulte pesado. Bastante hice con comprarlo. La obligación del autor es cumplir las expectativas que ha abierto y si no lo hace es que es un estafador. Los libros insufribles deberían poder devolverse. A lo mejor eso limpiaba nuestras librerías y obligaba a los editores a plantearse qué están haciendo. Si todo es marketing también podrían ganar dinero con buena literatura.

-¿Qué está escribiendo ahora?

-La primera parte de otra novela está prácticamente acabada; sólo me falta tiempo. Yo no tengo mecenas ni tampoco un cónyuge que se ocupe de todas esas tareas pesadas que van desde la organización del hogar a la declaración de la renta. Casi ninguna mujer lo tiene. El único sufrimiento como escritora es tener que dejarlo para ir a trabajar, pero eso es lo que me ha permitido sacar mi familia adelante sin ayuda.

-¿La literatura es para usted un refugio?

-Más bien es un placer y un regreso a la infancia perdida ya para siempre. Recuerdo la nieve cayendo tras los cristales del cuarto de estar y a mi madre y a mí sentadas junto al radiador mientras su voz dibujaba los personajes de Elena Fortún en mi imaginación. Ella, que leía muy bien y escribía mejor, me regaló la literatura cuando las letras sólo eran dibujos incomprensibles para mí.

-¿Cuál es su versión para explicar que en León haya tantos y tan buenos escritores?

-Eso es un hecho cierto y demostrado, pero no tengo ni idea de por qué es así. Quizá la buena Literatura de unos es inspiración para los que van detrás.

-En los agradecimientos de la novela no se olvida de Merino. ¿Es su maestro?

-José María Merino es uno de los grandes escritores contemporáneos y todos somos deudores de nuestras lecturas. Es un maestro al que encontré en el -reino secreto- de sus cuentos y con el que siempre he podido contar en el territorio de la realidad. Nunca le ha faltado tiempo para mí.

-La Sábana Santa es un filón inagotable, usted también lo -explota-...

-Es un tema que toco tangencialmente en mi novela; ya ve que ni siquiera figura en la sinopsis. Una mañana de hace años, mientras tomaba un café precisamente con Merino, le conté algo que se me había ocurrido sobre la Síndone. Él dijo: «Ahí tienes un cuento». Luego aparecieron tantas novelas sobre ese asunto que yo desistí.

-¿La novela es una búsqueda personal?

-No me busco porque, de momento, no me he perdido. Espero que no me pase lo que a Chiara Mantovani, uno de los personajes de La conquista del olvido.

-¿Es cierto que se le ocurren muchas ideas en los seminarios sobre psicoanálisis a los que asiste?

-Pues sí y las apunto deprisa y corriendo, como una niña que hace una trastada, sin que Luis Salvador López Herrero, mi maestro de Psicoanálisis, se dé cuenta de que consciente e inconsciente se me han ido para otro lado.

 

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