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Mateo y las vacas sagradas


23/08/2009

 

Tribuna | Enrique López González

Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la ULE

Gracias a los medios de comunicación se amerita que en esta piel de toro existen centenares, sino miles, de «universitarios de excelencia». Sin embargo, la aportación a la ciencia de la universidad española parece no terminar de cuajar: ¿por qué tanto talento no consigue que sus trabajos sean reconocidos a nivel internacional? Para poner «el cascabel al gato», quizá convendría empezar preguntándose qué tipo de cualidades debe atesorar un universitario de excelencia, si bien antes no estaría de más saber quién decide si un investigador o su casa de estudios son merecedores de tal epítome calificativo. Así, cabría definir, en principio, a los «universitarios de excelencia» como aquellos que las instituciones, los medios de comunicación social, algún premio internacional o sus colegas deciden que lo sean. A algún versado y conspicuo lector le asaltará la duda: ¿significa esto que sean excelentes universitarios? En mi opinión, la respuesta es que siendo una condición necesaria no parece suficiente. De hecho, si los currícula de muchos de los denominados «universitarios de excelencia» se analizasen a la luz tanto del numero de «ISI papers» como de su impacto estimado por el número de citaciones, se podría aclarar un poco la incógnita, pues, como en un gran número de ocasiones, la pretendida excelencia no siempre es avalada por los hechos.

Pueden darse numerosos caminos hasta que un investigador sea considerado por la prensa y/o las instituciones como un universitario de excelencia. Un ejemplo lo constituyen las distinciones o premios científicos que se les otorgan. En ciencia ocurre como en el cine o el fútbol, alguna academia decide cada año a quien otorga los «Premios Oscar, Goya o el Balón de Oro», cuyas deliberaciones y decisiones no están exentas de cierta laxitud o polémica, especialmente cuando aparecen las ínfulas o el cabildeo de ciertos «colegios invisibles». La diferencia estriba en que un buen número de ciudadanos podemos opinar de cine o fútbol, mientras que son escasos los que pueden hacerlo sobre la actividad científica. De ahí que, por lo inextricable y subrepticio, resulte más difícil que se descubra el bluf (un fraude ligth, pero un fraude al fin y a la postre). Por eso no extraña que, con cierta frecuencia, buena parte de los Premios Nacionales y no menos de los Autonómicos se otorgan a investigadores como agradecimiento a los trabajos realizados para la administración. Por favor, no se me mal interprete, la gestión científica es imprescindible para un buen funcionamiento del Sistema de I+D+i. Sin embargo, el genius loci , la creatividad científica o la simple libertad de pensamiento, son atributos muy distintos. Muchos gestores son malos o nulos investigadores, de hecho «abandonan» la ciencia para dedicarse a la gestión. Se puede ser un gestor excelente y un mal universitario y viceversa y a la vez.

Pero, entonces, la interrogante sigue viva: ¿cómo es posible detectar a los excelentes universitarios, con pedigrí o pata negra? En principio, tengo para mí que se huelen, se les ve venir, pero no necesariamente por su afán de buscar fama y gloria. Quia, suele ser común que aquellos que hacen avanzar la ciencia desafiando al conocimiento existente no busquen entronizarse fatuamente en los medios de comunicación y no quieran acaparar cargos de gestión o participación en comisiones de «expertos», por cuanto estas actividades requieren mucha dedicación que, necesariamente, debe secuestrarse de la verdadera investigación (por la que sienten prístina vocación). Al contrario, suelen refugiarse en el «anonimato» público, aunque, como es lógico, aprecian que sus colegas, nacionales e internacionales, prestigien su trabajo y mucho más aún, que se les reconozca por crear su propia concurrencia, su escuela.

En todo caso, lo peor que les puede ocurrir a los supuestos universitarios de excelencia, por desgracia, es que terminen por sucumbir al endiosamiento pagano, al vicio de la soberbia, y hagan la vida imposible a los excelentes universitarios, convirtiéndose en un cáncer para la ciencia o los saberes que dicen defender. Los primeros, dada su implícita mediocridad, pero sin atisbo de abanto, no suelen querer a su lado a nadie que les haga sombra, al contrario que los universitarios decentes y honestos que brillan tanto más con el resplandor de los logros de sus discípulos o colegas. Tampoco resulta difícil que los primeros usen su influencia, incluso agrupándose, retorciendo torticeramente la democracia, para campar sobre los segundos, que suelen ser menos y más dispersos o despreocupados con tanta miserabilidad. Así comienza una selección contra los verdaderos universitarios vocacionales que, a fin de cuentas, son los que marcan la proa de la evolución de la ciencia, vindicando con su quehacer la extensión del acervo de la republica de las ideas y generando valor con la transferencia del conocimiento creado.

La medición del quehacer docente y científico, basado en la calidad de los productos o en su repercusión, debiera ser práctica cotidiana para valorar y evaluar el desempeño de la actividad científica de individuos, grupos y universidades y centros de investigación, lo cual demanda una mayor transparencia informativa que sin duda, y a su vez, redundará en un mayor reconocimiento social de lo excelente que son nuestros universitarios.

Finalmente, para abundar con una mayor consistencia y reconocida solera en la explicación plausible de la paradoja suscitada, cabe mencionar a Robert K. Merton, uno de los padres de la moderna sociología de la ciencia, quien bautizó con el nombre de «efecto Mateo» el hecho de que los investigadores científicos eminentes cosechan aplausos mucho más nutridos que otros investigadores, menos conocidos, por contribuciones equivalentes. El versículo 13 del capítulo 19 del Evangelio atribuido a San Mateo reza así: «porque a cualquiera que tiene, le será dado, y tendrá más; pero al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado». Un proverbio que exhibe a las claras la iniquidad del mundo de su tiempo, pero con total vigencia en nuestros días, especialmente en entornos calificados de excelencia como el universitario, donde las distancias pueden parecer incluso obscenas.

Por si fuera poco escarnio y lejanía institucional, en los últimos tiempos, al pasar de la escasez de conocimientos a una inimaginable abundancia, con la consiguiente pérdida del monopolio del conocimiento, las universidades que acumulan mayor prestigio a escala planetaria están evolucionando hacia universidades que ponen el acento en la complejidad, mutando hacia instituciones/aplicación o instituciones/laboratorio (global know-how hubs), en oposición a simples instituciones/transmisoras. A nivel doméstico, para alcanzar una mínima paridad, convendría en primer lugar superar la desconfianza de los poderes públicos sobre su importante triple misión (docencia, investigación e innovación), como deja bien a las claras la exigua financiación mortecina que nos lleva impidiendo mejorar nuestras estructuras de transmisión, de captación y metabolización, de creación, de saber y de liderazgo. Estructuras que se dejan oxidar y que nos impiden servir a nuestros alumnos, la razón primera y última de nuestra existencia, servir a la sociedad, buscar la excelencia, identificar el talento y promover el talento y devolver ampliado, en forma de riqueza, el compromiso de la sociedad con su alma mater .

Todavía hay quién olvida que la Universidad es nuestra principal fuente de prosperidad. Una inversión, no un mero gasto, además de un excelente atractor estratégico. No puede seguir siendo la institución perdedora de todas las infraestructuras, al contrario, se trata de un auténtico «asunto de estado», equidistante a cualquier bandería política. Lo reitero, ha llegado el momento de un auténtico cambio de mentalidad, otra cultura, de sentar las bases para mejorar la financiación, para acercarnos a cotas de modernidad y responsabilidad social atinentes a los tiempos que vivimos, la sociedad del conocimiento. La Universidad necesita compromiso, un sólido compromiso vinculado a contratos programa, con los consiguientes objetivos, medibles, a corto, medio y largo plazo, pues, sin rendición de cuentas difícilmente se podrá mejorar. Disculpen mi escepticismo, pero ya me lo decía mi tío Álvaro Candelas cuando era árbitro de fútbol: «si quieres cambiar un cementerio, no esperes gran ayuda de los que están dentro».

 

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