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carbón en femenino. memoria de mujeres de la mina

Mineras

Más de 200 leonesas cobran pensión como jubiladas de la mina, testimonio de las miles de trabajadoras que palearon y escogieron carbón y tiraron de vagonetas .

ana gaitero | torre - fabero
14/10/2013

 

«Papá quiero ir a la mina», dijo Aurora con catorce años en su casa de Santa Marina de Torre. Corría el año 1952. «Mira a ver si ves que puedes», le contestó. La mina era la única manera de ganar un jornal. Detrás de ella fueron al carbón otras tres hermanas y un hermano.

«La mina era un trabajo verdaderamente duro, pero íbamos contentas y cantando las canciones que escuchábamos en la radio». Aurora, Rosa y Josefa son hermanas y eran unas niñas cuando empezaron a trabajar en el escogido del carbón. En aquellos tiempos y todos en el pueblo, chicas y chicos, iban a buscar trabajo en el carbón.

El carbón bajaba por la tolva, lo echaban en las cribas y se iba escogiendo de mayor a menor para clasificarlo: galleta, granza, grancilla y menudo o polvillo. Con el tiempo estas labores se mecanizaron y sólo hacían falta dos e incluso una sola mujer para separar la pizarra del carbón en la cinta.

La Plata, El Pinto, Los Panaderos, Virgilio Riesco, el pozo Cascarilla, Nos Veremos, la mina de la Curva de la Muerte... apuntan las mujeres mirando al monte. Sus índices van dibujando casi una circunferencia: «Por aquí abajo estamos como en Madrid con el metro», comentan. En el pueblo florecían las bocaminas en los montes y la gente, que llegaba desde todas partes, Galicia, Andalucía, Extremadura, Portugal, se alojaba «hasta en bodegas y burhardillas».

«Ya todo se acabó», dicen las hermanas. Para ellas la mina termino cuando se casaron. Como mandaban los cánones. De esta manera las obreras siempre eran jóvenes y fuertes y se evitaban los ‘problemas’ de la maternidad. «Pide a Dios que no tengas que volver», le dijo el vigilante a Delfina Alegre, de Lumeras, cuando le dieron la cuenta para casarse con un minero de su pueblo. «Era un trabajo muy duro ya para los hombres, cuenta para las mujeres», afirma una mujer sonriente y activa de 76 años.

Cargaban el carbón en los camiones a paladas desde el suelo y aprendieron a escoger el carbón de la pizarra por pura experiencia: «El carbón pesa menos», cuentan las mujeres. Mucho ruido, mucho polvo y jornadas maratonianas. «Trabajábamos como burras, pero el vigilante sólo nos apuntaba la jornada. Si le caías bien, a final de mes te ponía 20 duros de más», cuenta Delfina, una de las cientos de mineras que tuvo Combustibles de Fabero.

«Trabajábamos igual que los hombres y nos pagaban menos», precisa Araceli, de Guímara. «Nos pagaban menos porque no nos subían de categoría», contaba quien fue su compañera Gumersinda Cadenas. A Aurora, en cambio, le pagaban los puntos de su padre que estaba retirado. «El primer jornal que cobré, el 14 de marzo de 1955, fueron 527 pesetas por medio mes. Se trabajaban los sábados. Luego me pagaban los puntos y ya eran 1.200 o 1.300 pesetas», explica.

«La mina me lo dio todo»

A otras, como Anuncia, ni las pagaron y cuando fue a reclamar perdió el juicio porque dio el nombre popular de la empresa, Nos Veremos, que era como conocían a la mina en el pueblo. «Era muy duro, hacíamos muchas horas y nos hacían mucha burla. Por cualquier cosa nos castigaban», se queja Delfina.

Fueron muchas las mujeres que bajaron a escoger carbón en las minas leonesas. Al contrario que la mayoría, Araceli buscó trabajo en la mina después de casada. Separada y con un hijo pequeño se acercó varias veces a la empresa en busca de empleo: «Había muchas mujeres que iban a pedir trabajo, pero ya casi no daban a los hombres cuanto menos a nosotras», comenta.

Al final, por medio de una recomendación, consiguió un puesto en el hospitalillo de Antracitas de Fabero. «Enseguida vino otra ‘mejor’ y me echaron al escogido», dice todavía dolida. Mucho ruido, mucho polvo, trabajo a reventar y miedo para llegar al pozo en las oscuras mañanas del invierno berciano.

«Lo peor era el relevo de la noche», recuerda. El esfuerzo no fue en balde: «La mina me lo dio todo. Yo llegué a la jubilación. Mi hijo... ya se verá. Es muy triste lo que está pasando», lamenta Araceli mientras mira a Ángel.

Es una de las 217 leonesas que cobra una pensión como minera. Fueron miles las que trabajaron en las minas, pero la mayoría no llegaron a cotizar el tiempo suficiente para tener derecho a una pensión. Muchas son viudas de mineros. En León hay 4.749 pensiones de viudedad a favor de mujeres en el régimen especial de la Minería, según datos del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) de León.

«Entrar, entrar... no entrábamos a la mina», aclaran las hermanas Viloria. Las mujeres tenían prohibido trabajar en el interior de los pozos, aunque se cuenta que alguna lo hizo disfrazada de hombre en la cuenca de Gordón. A las mujeres, fueron miles las obreras en las minas leonesas, les daban trabajos de paleadoras, en el escogido del carbón y en la línea de baldes.

«Queríamos entrar a verla, no a trabajar. Una vez entramos con el vigilante y me daba mucho miedo. Otra vez, ya de casada, mi marido tenía que ir a achicar el agua y fui con él. Unas ganas de salir…», cuenta una de las hermanas. Aurora recuerda que «en La Plata nos metieron un día a sacar raíles que había para chatarra».

«Yo entré en la mina y les vi picando carbón a 50 metros de la calle: estaba uno estirado en el suelo. Dije: No, no. Yo no voy más adentro», cuenta otra. En 1985 las mujeres consiguieron por ley el derecho a trabajar en el interior de la mina.

«En Asturias entran adentro, pero aquí no», apuntan las mujeres de Santa Marina de Torre. Las pocas que hay actualmente en Hunosa lograron el puesto por tener algún familiar fallecido en la mina o por enfermedad profesional. En León hay dos en activo, en cielos abiertos y sin cotizar en el régimen especial minero. Hay una ley no escrita que no ha permitido a las leonesas del siglo XXI entrar en la mina. A algunas no les hubiera importado. Al contrario.

Las mujeres fueron las primeras reconvertidas de la mina. Cuando su mano de obra hizo falta, como ocurrió entre los años 20 y los 60, se tiró de su brío juvenil y de la necesidad que obligaba. Hacían múltiples tareas.

«Cuando paraban en el lavadero nos mandaban a la escombrera a coger carbón», recordaba Antonia Martínez, de Fontoria, una mujer hoy nonagenaria que trabajó en la mina antes de la Guerra Civil y después. Cobra una pequeña pensión que le reconocieron en los años 80.

Bascular vagones

La línea de baldes y el escogido para derivar el carbón a los lavaderos fue la tarea más frecuente. «Se escogía de mayor a menor: había galleta, granza, grancilla y menudo o polvillo», explican. Sólo una mujer, cuentan que disfrazaba de hombre, llegó a trabajar en un pozo de carbón en León.

«Nos mandaban bascular vagones de carbón y nunca nos dieron unos guantes ni unos pantalones. Botas las que tuvieras, porque la mina gastaba mucho», cuenta Delfina. Por la tarde, en casa, lavaban su ropa de trabajo para por la mañana tenerla limpia.

En la època de Araceli ya les daban fundas, pero se tenían que duchar en casa. No había duchas para las mujeres. Menos aún en los años 50. «Llegábamos a casa y nos bañábamos en un balde», recuerdan las hermanas Viloria.

La mayoría de los días llegaban de la mina y se tenían que poner a otras faenas. «Aquí la mujer hacía todo: iba a las tierras, íbamos a lavar al arroyo, a buscar agua a la fuente porque no la teníamos en casa. Cuando íbamos a la mina de que veníamos había que hacer otras cosas: íbamos a segar el pan, a cavar las viñas. Salíamos a las 5 y media e íbamos a lo que hiciera falta porque mi padre se murió con 49 años», añaden.

«Me pagaban los puntos de mi padre que estaba retirado. El primer jornal que cobré, el 14 de marzo de 1955, fue 527 pesetas por medio mes. Se trabajaban los sábados. Luego me pagaban los puntos y ya eran 1.200 o 1.300 pesetas», explica Aurora.

A su hermana Rosa le negaron el empleo en Los Panaderos porque la vieron demasiado «enclenque». Pero a los tres meses ya estaba trabajando en La Plata: «Y mira si valía, hasta que me casé con 18 años estuve trabajando».

La mina las hizo fuertes. Josefa recuerda que se fue a vivir a Astorga con su marido. «Estaba haciendo mi casa. Iban los hombres a mirar cómo tiraba de pala. Decían que nunca habían visto a una mujer tirar de pala así», comenta con orgullo. Buena experiencia tenían. De palear carbón y de picar caminos para poder subir a la mina cuando nevaba en invierno. Llevaban el caldo «en una potina» y lo calentaban en el brasero «del chambombo» que preparaban para tener algo de calor cerca. Tiempos idos que no volverán.

 

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