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Crónica | Miriam López Santos

La novela gótica en España (1788-1833)

Este estudio ha pretendido dejar constancia de que existió una novela gótica unida a una conciencia de género en nuestro país, en las últimas décadas del Antiguo Régimen; importada pero asumida como propia


29/01/2010

 

La novela gótica surgió a la sombra de la Inglaterra del Siglo de las Luces, de su neoclasicismo ilustrado, de su desproporcionado culto a la razón, cuando el rechazo a lo sobrenatural, en la vida cotidiana, llevó aparejado, en su propio nacimiento, una férrea condena de su uso literario y estético. Como movimiento transgresor que fue, la novela gótica, que transitaba por los laberintos más inhóspitos e insospechados de la conciencia humana, había conocido en ese país un período realmente dorado. Venerada, en principio, por un público que devoraba sus producciones, acusó desde muy temprano, sin embargo, el desprestigio de la crítica, que cuestionaba su valor literario y que reprochaba sus carencias, así como su excesiva dependencia de la fórmula. Nació en Inglaterra y en Inglaterra habría de encontrar el fin de su reinado varias décadas después, porque la novela gótica ha de concebirse, indiscutiblemente, como una creación nacional inglesa que trae consigo el sello originario y solo puede entenderse, por lo mismo, en el seno de este marco espacio-temporal, dado que fuera de dichas coordenadas pierde la gran mayoría de sus significaciones primeras y definitorias.

Como género de masas que fue y avalado por el enorme éxito, sin embargo, se diseminó, tal y como era esperable, en otras latitudes y fue adquiriendo características propias, alejadas de los preceptos básicos de la fórmula, dado que según nos enseñaran los formalistas rusos los géneros pueden actualizar su vigencia asumiendo otras formas y funciones, con lo cual se revitalizan y cambian. Eso fue lo que sucedió en realidad. La novela gótica, en su proceso de transferencia genérica a otras literaturas, hubo de acoplarse a las mismas sacrificando determinadas propiedades definitorias en función de la distancia cultural y social que la separaba del país receptor. De esta manera, la literatura española que acusaba de una férrea censura así como de unos principios moralistas y educativos que la limitaban tanto en el plano ideológico como en el semántico, presentó mayores dificultades que sus compañeras europeas en la adaptación de un género tan transgresor como era el gótico.

Estas dificultades provocaron que durante bastante tiempo la historiografía de la literatura española cubriera impunemente nuestro período de entresiglos con el velo del desinterés. El resultado había sido una literatura silenciada por sus contemporáneos y por la historia. La tesis titulada Teoría de la novela gótica. La novela gótica en España (1788-1833) , realizada por la autora de este artículo bajo la dirección del catedrático del Universidad de León José Enrique Martínez, rastrea este período de la historia desde dos perspectivas: una teórica, en la que se justifica, desde el punto de vista de la teoría literaria, los contactos de este subgénero con otros cercanos a los que se ha vinculado, como la literatura fantástica, y ofrece, al mismo tiempo, un estudio de los componentes de la fórmula que lo identifican y lo caracterizan como subgénero autónomo: al miedo como elemento definitorio e imprescindible, en sus dos variantes, miedo a la muerte y miedo al dolor, se suman, en dependencia directa, el narrador omnisciente, la lógica narrativa del suspense, los personajes tipos, así como el tiempo y el espacio.

La realidad española. Junto a este apartado eminentemente teórico y que justifica el siguiente, la segunda parte de la tesis ahonda en la realidad española; primero desde una revisión de las circunstancias históricas, políticas, sociales y literarias que rodearon esta realidad de la España del período de entresiglos. Estas especiales circunstancias son las que permiten establecer un corpus de novelas, pues condicionaron de manera decisiva la adaptación de la ficción gótica en nuestro país, pero no en el sentido que se juzga, negándola toda capacidad de subsistencia, sino más bien en la asimilación de su fórmula básica y en la inclusión de nuevos elementos que le son propios, lo que permite hablar de la particularidad hispánica, frente a la forma original, sin arriesgar el juicio de que tanto España como Europa constituyen dos entidades homogéneas y enfrentadas. La lección edificante, el peso de la moral, la exaltación de la religión, pero también la búsqueda incesante de la verosimilitud literaria y del realismo más palmario, así como la presencia constante del elemento macabro se habrían de configurar como nuevas características o elementos estructurales exigidos por la renovada fórmula de la novela gótica.

El resultado sería una nueva catalogación de obras. Dicho catálogo se encuentra conformado por una serie de novelas que se suceden a lo largo de tres momentos o etapas y que tienen que ver con los diferentes pasos hacia su configuración genérica y de acuerdo con el proceso de trasferencia que sufre la novela gótica en España; una línea continua y en evolución que abarca desde los primeros ecos, en las dos últimas décadas del siglo XVIII, hasta su desarrollo pleno en los años finales del régimen absolutista de Fernando VII, pasando por el asentamiento del género a través de los textos importados. Tres formas de adaptación del género gótico en las que el miedo, como elemento constitutivo del engranaje narrativo, sigue siendo la pauta que rige estas novelas y en las que encontramos además los dos impulsos que escindieron el género en dos vertientes opuestas pero complementarias en su origen: la racional terrorífica que buscar el miedo, escondido tras los pliegues de la veracidad histórica, y la irracionalista que abandona el componente sobrenatural, que se recrea en el placer del horror, que da rienda suelta a la monstruosidad y que juega con la angustia y el sufrimiento a través de una lección moral bastante debilitada.

La aportación de la ficción gótica a la historia de nuestras letras no se reduce únicamente a los escenarios o al carácter de algunos personajes en unas cuantas traducciones menores que pasaron de puntillas por el mercado editorial, que apenas alcanzaron a ser leídas por unos cuantos atrevidos y que tan solo influyeron tímidamente en la novela romántica po sterior. Su trascendencia fue mayor y sus repercusiones también.

 

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