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Otras vidas posibles

Familias neorrurales y ciudadanos alternativos resucitan los pueblos de Bonillos y Requejo, en la Maragatería más pobre.

marco romero | león
19/03/2012

 

El campo es tendencia. Las voces que presagiaban el fin de los pueblos más remotos y envejecidos puede que se hayan equivocado. Una corriente propulsada por los tiempos de crisis, no sólo económica y financiera, está sembrando en las remotas poblaciones leonesas de Bonillos y Requejo de Pradorrey un estilo de vida que había desaparecido hace decenios. Familias neorrurales y ciudadanos alternativos, sin otra conexión que el destino, han reedificado su vida en estos pueblos de la Maragatería más pobre. No son una comunidad, ni encajan en el perfil de ecoaldea. Realmente no hay calificativos para describir a este grupo humano heterogéneo compuesto por familias e individuos de aquí y de allá, en el que los niños hablan más idiomas que en cualquier colegio privado o donde se puede participar en las labores de una granja orgánica a cambio de manutención y alojamiento. Es la vuelta a lo primario, lo más parecido a la autosuficiencia.

Al empezar el día, las calles —más bien la calle— en Requejo de Pradorrey están totalmente vacías. Una imponente casa de finales del siglo XVIII aneja a la iglesia es el primer edificio que se ve en el penúltimo pueblo maragato que linda con la comarca de la Cepeda, un lugar guapo, de una agradable aridez. El edificio se conoce como la Casa del Arzipreste y su espíritu es Claudia. Claudia no es que sea un fantasma que ronde este señorial inmueble, sino el duende que lo habita y que se ha convertido en uno de los pilares del renacer de Requejo. Es una mujer de belleza germana y sonrisa libre. «A ti te he olido en mi casa». Efectivamente, una hora antes picábamos en su puerta sin tener respuesta. A esa hora y en este tiempo lo normal es que Claudia prepare la huerta para los meses venideros. Fue una de los primeros pobladores de tipis (viviendas de nómadas) que se establecieron en Matavenero y ahora, además de mantener en pie las casas y corrales donde vive, promueve una iniciativa única en León. La Casa del Arzipreste de Reguejo es el único espacio de la provincia integrado en el movimiento wwoof, una especie de red internacional de intercambio en materia de vida sostenible. Los miembros se desplazan a granjas orgánicas como la de Claudia y ofrecen soporte en trabajos que incluyen desde labores agrícolas hasta la reconstrucción de edificios. Ellos son voluntarios o wwoofers (del inglés willing worker on organic farms) y Claudia, anfitriona. Hay un amplio listado de granjas en todo el mundo, por lo que aquellos que pretenden pasar por esta experiencia se ponen en contacto con la elegida y acuerdan los términos de la estancia. Los huéspedes no tienen remuneración alguna, pero a cambio gozan de estancia en una residencia extraordinaria —duermen en las habitaciones del arzipreste—, tienen comida sana y se llevan conocimientos para una vida más sostenible. Entre otras exigencias que ambos deben firmar en una especie de contrato, es imprescindible tener un interés genuino por la alternativa ecológica. Por aquí han pasado una veintena de personas, principalmente de países europeos que inician una ruta por granjas de todo el continente. En la huerta de Claudia siempre hay guisantes, cebollas, lechugas, zanahorias... Y un gesto alegre y hospitalario.

Madrid, de lejos. Como el que recibe en casa de María Cornejo, en Bonillos. Es momento de nuevos éxodos, con extranjeros que llegan y se van, jóvenes preparados que se van y no vuelven... Pero también son tiempos para disfrutar de una vida saludable prácticamente en medio de la nada y a 45 minutos en coche de la capital. Después de vivir en Madrid y considerar ese tiempo como algo normal en sus traslados cotidianos, María y su pareja, Alberto, se han establecido en Bonillos con sus dos hijos, Beltrán y Darío. Él trabaja en León a turnos y hace el trayecto casi todos los días. Pero al llegar a casa no le espera una cárcel de pladur. Más bien todo lo contrario. María, arquitecta, ha rehabilitado un conjunto de viviendas de arriero y las ha reconvertido en un hogar cálido, extraordinariamente acogedor. Tanto que una parte del complejo es una casa rural (también denominada La Casa del Arzipreste) en la que todos pueden participar en todo. «Aquí se almuerza a las doce», advierte María mientras enseña los detalles de pajares y cuadras que ha reformado al detalle, una lección de estilo para cualquier revista de arquitectura o decoración. «Es una manera de reivindicar los pueblos. Lo de la ecología constructiva es una chorrada; eso no es otra cosa que hacer lo de toda la vida», resuelve durante una larga conversación en torno a la bioconstrucción. El almuerzo se compone de una sabrosa tabla de quesos naturales y vino de las bodegas familiares. «Podéis estar orgullosos de haber acabado con la cosecha de Picarana 2010», bromea con los periodistas. Estos momentos son los que María entiende como «el ahora, que es en lo que hay que centrarse». Sus dos hijos estudian en Astorga y asegura que «son felices». Desde luego, lo parecen. Cuando llegan del colegio, a eso de las cuatro, es momento de juego en familia. Una cama elástica es una de las diversiones, pero no se paga con dinero que los chavales correteen en calcetines y en slip por los alrededores de la casa, sin las amenazas del asfalto. «A mí me dan un piso en Ordoño II, y lo alquilo», espeta Alberto.

Otra de las vidas que ha girado es la de Gabriel, hermano de María. También es arquitecto. Y, como ella, también conoce el éxito de la gran capital. Tenía un buen empleo —como su hermana, sigue trabajando, aunque ahora por Internet—, pero lo dejó todo y se instaló en Bonillos. «¡Me siento tan vivo! Aquí voy un día a ver las encinas y soy feliz. Te sientes ancho, como quieres; no sabes lo que se disfrutan las cosas, el aplomo que te da. La gente va por Madrid encogida, con la mochila cargada... Pero vamos, que para que te guste esto tampoco hay que ser un asceta y vivir en una cueva». Como sus sobrinos, tiene claro que no quiere más ciudad. Esta familia ha ido recuperando gran parte del pueblo de Bonillos, donde apenas viven otros dos vecinos más durante el invierno. Aunque también hay que contar a Noemi, otra de las esencias de este enclave. Brasileña de Portoalegre y con residencia en La Bañeza ayuda a María a mantener cuidado el laberíntico complejo. Y a cocinar comida macrobiótica o hacer preparados naturales que ensombrecerían cualquier producto gourmet.

Buena conexión. Esta familia ha establecido, además, una conexión muy fluida con los residentes del pueblo vecino de Requejo de Pradorrey, donde todos los primeros domingos de cada mes se desarrolla un colorista mercadillo que en verano llena el pueblo de curiosos.

Uno de sus vecinos es Hobo, de 53 años y padre de siete hijos. Una de ellos, Lali, acaba de llegar de Alemania con su pareja para visitarle. El taller de carpintería de Hobo es como un pequeño museo, donde cada rincón tiene sentido propio. «La vida en Alemania era densa». Por eso vino a España hace 23 años. Pasa los inviernos organizando los veranos, época de ferias y muchos viajes. Buscaba la autosuficiencia. Vivió en Matavenero. Tras su experiencia vital, ¿la ha encontrado? ¿Es posible ser autosuficiente? Su respuesta es sincera: «Es posible, pero yo no lo vivo así; compro en el supermercado... Ser autosuficiente es más difícil. Eso no es lo que quería ver de la sociedad, quería una vida alternativa, pero no lo he logrado». Dicho por Hobo no suena a frustración, sino a franca realidad.

Tras sus diez años en Matavenero buscó un lugar más cálido. Y aquí se ha establecido junto a su gran familia. O lo que queda de ella. Porque los chavales se van yendo. Eldar tiene 21 años y acaba de terminar la maleta para viajar a Alemania una semana. Después se trasladará junto a un amigo y una amiga al sur de España e intentará fundar una comunidad en un lugar mágico que buscó por la península durante un año y medio. «El mundo está muy mal y, si estás aislado, estás más seguro. Lo que tampoco voy a pensar es que esto va a ser un oasis». Intentará llevar lo mejor que aprendió de la comunidad de Matavenero, pero evolucionará el concepto de grupo y promoverá el trueque de productos entre ecoaldeas. Y, con el tiempo, criará hijos. «Les enseñaré que ensuciarse es bueno».

 



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