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la utopía de la repoblación

El pueblo cambió sus vidas

Un chef internacional, una guía de viajes, una música, un matrimonio de artesanos y la pareja que hace cosméticos en Luna llegaron desde otras provincias y otros países para asentarse en pueblos leoneses .


09/07/2017

 

ana gaitero | león

Viajaron desde lejos para vivir en un pueblo de León. Cambiaron la ciudad por el campo. Y el rumbo de su destino. Con su oficio antiguo o reciclados para vivir como quieren. No son los veraneantes que se mudan al pueblo por dos meses. Después de medio siglo de despoblación continua no van a dar la vuelta a las proyecciones demográficas que vaticinan que en 2031 la provincia tendrá 417.802 habitantes, 58.000 menos que a día de hoy.

Esmeraldo y Laura, Jesús y Olga, Ainhoa y Javier, Maru y Carmen han dado un vuelco a su vida y han llevado nueva savia a sitios olvidados e incluso arrumbados. No se conocen entre sí pero tienen en común muchas cosas. La primera que han elegido algún pueblo para cumplir sus sueños. Maru Casquet, madrileña, ha dado la vuelta al mundo varias veces y nunca había vivido en un pueblo. Ahora es una de las pocas habitantes censadas en Pozos. En este pequeño enclave gestiona su empresa de viajes on line ‘El baúl inquieto’. Desde que su padre tuvo que renunciar a quedarse, por tan solo una peseta, con la casa de troncos de madera que restauró para la mítica película Doctor Zivago, Maru siempre quiso tener una casa en un lugar frío. Ahora la nieve se hace de rogar en invierno, pero el paisaje que contempla desde la ventana del antiguo corredor y el calor de la chimenea son una fuente de inspiración para preparar los viajes por el mundo en invierno.

Sus vecinos, Esmeraldo Oteruelo y Laura Leffingwell, se mudaron hace un año desde Canadá a este pueblo de La Cabrera Alta del que el hombre emigró con apenas 13 años con la idea de hacerse carnicero en Madrid. A Esme pronto se le quedó pequeña la capital de España, se marchó a Suiza, hizo sus pinitos en la hostelería y ha sido jefe de cocina ejecutivo del American Club, el Tanglin Club y el Royal Plaza de Singapur, dirigió la cocina del Gran Plaza de Yakarta y abrió el primer restaurante español de Asia en Indonesia, el Plaza de España. En fin, antes de retornar a su Cabrera natal, pasó también por Filipinas, Taiwan y Hong Kong.

El matrimonio tuvo un restaurante Red Deer en Calgary (Canadá) y ahora abre el Lodge en Pozos para ofrecer cursos de cocina internacional en un entorno rural y pletórico de naturaleza. Su clientela es tan internacional como la pareja y la empresa Esme Tours está en fase de sortear la larga carrera de obstáculos a la que se somete en España, y también en León, cualquier proyecto empresarial.

En el otro extremo de la provincia, a orillas del Esla, en Fresno de la Vega, Jesús González Gigosos y Olga Moledo, han construido una nueva familia y han levantado una pequeña empresa de artesanía y caligrafía. Llegaron desde Cambre, ciudad dormitorio de La Coruña, el 5 de enero de 2009. El cambio fue su regalo de Reyes. A los pocos meses viajaban a Etiopía a buscar a sus dos hijos, Abraham e Yisak. Llegaron a casa el 11 de julio, que desde entonces es día de fiesta familiar. Fueron tiempos difíciles, pero al cabo de siete años son la envidia de muchas personas que se echaban las manos a la cabeza cuando decidieron dejar su antigua vida.

«De qué vais a vivir? ¿Qué vais a hacer?», les preguntaban las amistades. Ahora empiezan a ver el final del túnel. A pesar de que la artesanía no está valorada lo suficiente y la economía de los pueblos se escapa, como la gente, hacia los grandes núcleos.

Jesús es veterinario y trabajaba en Santiago de Compostela con el caballo de Pura Raza Gallega (PRG). «Estaba descontento, se había muerto mi madre y solicité la baja», explica. Su sueño para la jubilación se convirtió en su medio de vida: la caligrafía, una pasión que descubrió con nueve años se une a las artesanías textiles, esmaltes y repujados que realiza Olga. Nacida en Tarragona, donde sólo viviría seis meses, nunca había residido en un pueblo después de 30 años en Asturias y su periplo en Galicia. Su hija de 20 años, ahora con 28 acaba de casarse, optó por permanecer en Galicia.

Mientras mucha gente joven de Fresno prefiere residir en un piso en Valencia de Don Juan, el matrimonio dio vida a la casa materna del pueblo y al recoleto edificio que antaño albergó las letrinas y la lampistería de la estación del tren Burra. En el pequeño espacio cedido por el Ayuntamiento desarrollan su nueva etapa laboral. Es su punto de venta principal. Y el boca a boca la mejor publicidad.

Carmen Brañanova es asturiana de nacimiento y música de profesión. Urbanita total. Nació en Luarca, estudió en Oviedo y residió en Gijón gran parte de sus años hasta que hace diez años, también en pleno invierno, se enamoró de una casa en Pedregal y trasladó su vida a León, a medio camino entre Gijón y El Bierzo donde residen sus dos hijos.

El clima, la diferencia del paisaje que marca las estaciones y los «amplios y maravillosos cielos de León» son parte del encanto que ha encontrado en la nueva etapa, aunque para desarrollarse como música mantiene los vínculos con su grupo de Gijón. En su casa recibe a muchas amistades, todos los martes sale a la montaña con un grupo de gente dedicada a la hostelería y la restauración, pero le resulta difícil abrirse un hueco en el campo musical: «Encuentro que León es una ciudad cerrada», afirma.

Ainhoa Mendizábal Marculeta y Javier Sánchez Rabanal, con su hija Leyre, de 12 años, resisten a la despoblación galopante del valle de Luna. Hace casi dos décadas que recalaron en Caldas de Luna, a la orilla del balneario, en busca de naturaleza y aventura.

Navarra, ella, y leonés, él, dejaron atrás las tierras catalanas y sus antiguos oficios, la publicidad y la gemología, para montar una empresa de turismo de aventura que durante casi 15 años funcionó viento en popa. Hasta que la crisis hizo mella en la afluencia de visitantes y decidieron reciclarse.

Esencias de Luna, su nueva empresa de cosmética bio y con agua termal, la primera con estas características en España, se abre camino el mercado europeo y ya cuenta con más de cien puntos de venta. «Estudiamos Cosmetología y pedimos un crédito», señala Ainhoa. Volvieron a empezar.

Otra cosa que tienen en común es que valoran la tranquilidad y la calidad de vida rural, lo que sumado a las ventanas que Internet abre al mundo y a la facilidad de las comunicaciones alejan su experiencia de una «visión pesimista de la vida en los pueblos que no es real», apostilla.

«Yo vivía en Madrid, ahora salgo y veo paseando ciervos y lobos muy cerca», comenta Maru Casquet. Acostumbrada a moverse por países lejanos, a la periodista, autora de guías de viaje sobre Vietnam y Perú y numerosos artículos en revistas especializadas, Madrid ya no le parece tan lejos de Pozos, ni siquiera a su familia y amigos que al principio se echaban las manos a la cabeza.

«Laura es más de Pozos que yo», apostilla Esmeraldo sobre el apego al pueblo de su esposa, canadiense. «Después de 27 años viniendo todos los veranos ya era como nuestra casa», comenta la mujer. Han regresado al pueblo con un sueño bajo el brazo: un centro de turismo basado en la experiencia de la cocina en un pueblo auténtico.

El sueño empieza a hacerse realidad. El paisaje que se contempla desde el mirador que corona la casa es su mejor aliado. Este fin de semana tienen a una pareja de Hawai. «Son personas que vienen a Pozos como destino. Tuvimos una pareja en viaje de luna de miel que pasaron un día y medio en Lisboa, otro día y medio en Madrid y cinco días en La Cabrera», apuntan.

Tienen que usar el coche para casi todo. Podría ser un inconveniente. Pero valoran la ventaja de contar con vías de comunicación que les conectan con las cabeceras de comarca y las ciudades en poco tiempo. «Estamos a 7 minutos de Valencia de Don Juan en coche y a 20 en bici y desde casa al Lidl de Mercaleón tardamos 22 minutos sin infringir ninguna norma de tráfico», explica el matrimonio de artesanos de Fresno de la Vega.

Camen Brañanova tiene su nueva casa, que en gran parte ha restaurado con sus propias manos, a media hora de León y a hora y media de Gijón. Ainhoa y Javier valoran la equidistancia con tres ciudades importantes: León, Oviedo y Gijón. «Vivir en un pueblo y hacer lo que te gusta es un privilegio», concluyen Olga y Jesús.

Ainhora valora servicios como el transporte escolar para su hija, que estudia en el instituto de La Robla: «La recoge un taxi en el pueblo y la lleva hasta La Magdalena, donde conecta con el autobús», comenta. «Es casi una hora de viaje, por la carretera del pantano, pero en una gran ciudad los trayectos pueden ser mucho más largos y la vida familiar es más complicada», añade. Tras la experiencia de su hija en el colegio de Huergas de Babia, primero, y en La Magdalena después, alaba el modelo flexible de la escuela rural.

La gente de La Cabrera va a hacer la compra a La Bañeza, a unos 40 minutos, y para ciertas cosas tienen Castrocontrigo, que queda a mitad de camino. Al pueblo sólo llega el panadero y algún vendedor ambulante.

«No hay nada perfecto: todo tiene sus ventajas e inconvenientes», señalan los artesanos. «Vivir en una casa no es lo mismo que en un piso, donde compartes gastos, pero tienes el campo en casa y hablas más con la gente», apostillan. Maru lo corrobora. La relación con el vecindario es excepcional: «Me han ayudado todos, con la casa y para lo que haga falta», agrega.

En verano marcha a hacer las rutas contratadas durante el invierno y las pocas plantas que tiene se las cuidan los amigos. En una de las vegas más fértiles de León a Jesús y a Olga no cultivan huerta propia. No tienen tiempo, pero han puesto unas gallinas en el corral para tener huevos para el gasto. En cambio, Carmen Brañanova ha diseñado un jardín a su gusto en el extenso patio sobre el que se organiza su casa en Pedregal. «También tengo huerto ecológico y unas gallinas», añade. Algo impensable en la casa de Somio donde vivía antes.

Como es inimaginable que los niños estén corriendo por la calle hasta las doce de la noche en una ciudad aunque sea en verano. «En verano el pueblo es ideal, en invierno es más duro aunque los niños tienen tantas actividades que no hay mucho tiempo para otras cosas», señala Jesús. Abraham practica percusión y está en la Banda Municipal.

Son excepciones. Vidas que rompen la regla de la huida constante del campo a la ciudad que ha marcado el último medio siglo la evolución demográfica de León. Hace veinte años el 42% de la población leonesa residía en municipios de menos de 5.000 habitantes, actualmente apenas uno de cada tres leoneses habita en estos pequeños ayuntamientos, el 36% de la población.

La atracción por lo urbano y el mundo del siglo XXI ha transformado una provincia de raíz rural. Ha crecido el cinturón de León, con San Andrés, Villaquilambre, Valverde de la Virgen y Sariegos a la cabeza mientras la capital ha perdido 20.000 habitantes en las dos últimas décadas, desde los 145.242 residentes de 1996 a los 126.192 del último padrón. Ha crecido también Ponferrada —cinco mil habitantes más en veinte años— a pesar del golpe de la crisis minera y del sector industrial en el Bierzo.

En el extremo contrario, los pueblos de menos de 101 habitantes son los que arrojan una edad media más alta de la población: 60,1 años en la provincia de León cuyo panorama no es nada optimista. Los habitantes de los pueblos de 501 a 1.000 residentes tienen una media de 55,2 años. Dicen que el Fuero de León se hizo para repoblar un reino en crisis. Mil años después León atraviesa una fuerte crisis demográfica, entre otras. Y la repoblación es una utopía.

«Tuvimos que venir que nosotros a repoblar», dice en tono de humor Ainhoa Mendizábal. En Caldas de Luna su hija de 12 años no tiene compañía. La otra niña cuenta apenas dos años y la mayor diez más que su hija. «Cuando vinimos nosotros todavía había alguna posibilidad de que el declive demográfico se remontara, pero nadie se ocupó y ahora ya no tiene remedio», lamenta.

Como prueba de la falta de apoyo al medio rural apunta hacia la carretera del pantano. «Tuvimos que manifestarnos para que la arreglaran. Podían haber aprovechado para poner vallas de madera y algún mirador o anuncios para hacer recorridos turísticos», señala.

Compensan otras cosas. «Es un privilegio dedicarte a lo que te gusta», asegura Jesús González Gigosos. Fue su esposa, Olga Moledo, quien le dio el empujón para no aplazar hasta la jubilación el sueño de dedicarse a la caligrafía artística y regresar al pueblo donde nació y nunca vivió, salvo aquellos maravillos veranos de la infancia. Piensa que sus hijos también se acordarán de las largas noches del estío en la plaza ahora que, ya adolescentes, empiezan a mirar hacia la ciudad.

Los pueblos, y en León hay muchos, casi 1.300, han pasado de ser lugares asociados con la pobreza a destinos preciados. «Autenticidad» es lo que buscan los viajeros que vienen a hacer cursos de cocina a La Cabrera con Esmeraldo y Laura. Otra Laura, de apellido Fernández, se suma a la cuadrilla del Lodge cuando hay curso. Nació en Valladolid y es hija de emigrante cabreirés.

El Lodge no es sólo un negocio para extranjeros. Quieren compartir la experiencia de cocina con la gente de La Cabrera y ya han organizado talleres a través del Ayuntamiento de Truchas. La idea de compartir es común. Carmen Brañanova quiere que su música también enriquezca al pueblo y por eso organiza el concierto abierto de verano, lo mismo que Jesús y Olga ofrecen talleres de caligrafía y otras técnicas tanto en Fresno como en otros lugares.

Una de las pruebas más difíciles de superar, las elecciones locales, también la han pasado. «A mi casa han venido de todos los partidos para pedirme que me presente», asegura Carmen. Maru ha vivido la misma experiencia. Ambas prefieren mantenerse distantes.

Han pasado de ser electoras anónimas a tomar consciencia de que en los pueblos «un voto es decisivo» y saben que El disputado voto del señor Cayo que narró Delibes en su novela es más realidad que ficción. ¡Quién sabe si algún día serán alcaldesas de estos pequeños pueblos que ‘resurgen’ de la ruina!

De momento, el pueblo cambió sus vidas.

 



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