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Un puente contra el caciquismo

La colonia madrileña de Murias de Paredes financió hace cien años el paso que dio salida al Valle Gordo.

 

El puente centenario de Aguasmestas, hoy casi en desuso. - marciano

Placa dedicada a Manuel Rodríguez en el puente. - Marciano.

Ana Gaitero | León
03/08/2014

Se cumplen cien años del puente que dio salida ‘al mundo’ al Valle Gordo de Omaña. Diez pueblos (nueve ahora) que tenían más fácil surcar monte arriba a tierras bercianas que llegar a la capital, o siquiera, a las ferias de ganado de El Castillo porque, invierno tras invierno, las pontonas de madera que construían los lugareños eran devorados por las riadas.

El viejo puente de Aguasmestas es un lugar emblemático. «Allí se funden los caminos del agua y de la gente», apunta José María Hidalgo, porque es donde se abrazan los ríos Valle Gordo y Omaña y el lugar donde todos los lunes de Pascua se reunía el Consejo General de los Concejos de Omaña: Lomba de Campestedo, Los Trasversales, Omaña y Villamor de Riello.

En sus piedras resuena la historia de gentes que salieron de su tierra casi con lo puesto. Algunos hicieron fortuna, como Manuel Rodríguez y Rodríguez, de San Miguel de Laciana, que llegó a Madrid en 1885 haciendo el viaje «en la recua de Provisor y a media burra, o sea, alquilando una caballería entre dos viajeros para que les resultase más económico». Empezó como mozo de sastre y acabó poniendo una tienda de sedas, primero, y el afamado almacén de curtidos Los Rodríguez de la calle Cedaceros de Madrid.

A su memoria está dedicado el puente de Aguasmestas. Es posible que fuera su dinero el que costeó directamente esta obra, aunque nada consta escrito más allá de la placa que lo fecha hace cien años: En memoria de D. Manuel Rodríguez y Rodríguez. 1914». Su hermano, Tomás Rodríguez, fue diputado en Cortes en 1918, cuatro años después de que se construera el puente de Aguasmestas, el mismo año que otro que también abrió el paso al pueblo babiano de La Vega de los Viejos.

El puente simboliza la rebelión de las gentes del país contra el caciquismo. Fue costeado, como muchas otras obras de Omaña y Laciana, por la Colonia de Murias de Paredes en Madrid que, harta de la falta de interés por la circunscripción del diputado Eduardo Dato, se constituyó en 1912 bajo el lema «nada para la política, todo para la patria chica».

Varios personajes influyentes, «que por suerte o por desgracia vivimos en Madrid», se reunieron en el café del Heraldo de la capital de España y redactaron el manifiesto: «Y puestos de acuerdo los del país con los que vivimos en Madrid, pedir y obligar a los poderes públicos den al distrito de Murias de Paredes las mejoras, beneficios y protección a que tiene derecho y es acreedor», comenta Segundo García en un librito que da cuenta de la historia de esta asociación en 1918.

Nacido en una familia humilde de Vegapujín, los Mairazos, salió del pueblo con 19 años para incorporarse a su quinta y llegó a ser coronel, luchó en Filipinas y se opuso más tarde a la dictadura de Primo de Rivera. Tras la reunión quedó como presidente Fabián Rubio y Evaristo Fernández y José González como vicepresidente y secretario, respectivamente.

Desde 1884 fue diputado por la zona, casi de forma ininterrumpida, Eduardo Dato gracias a su amistad con Pedro Álvarez Carballo en la última legislatura presidida por Alfonso XII. La fortuna y patrimonio del último de esta saga, Octavio, está ahora en manos de la fundación que lleva sus apellidos y que preside el Obispado de León.

Edificios como el Palacio del Conde Luna, la Casona de Murias de Paredes, la casa de Santibáñez del Porma... que ahora reciben usos culturales públicos y privados son de su propiedad, así como la residencia de las Hermanas de los Ancianitos Desamparados de León.

Pero a Eduardo Dato no se le veía por su distrito electoral de Murias nada más que en las campañas electorales y en la época estival. La gente estaba harta. Pero los caciques que le ayudaban en la zona fueron muy ‘eficaces’ durante los 28 años que representó a los omañeses en las Cortes. Uno de ellos era el veterinario de Riello.

«No son, don Eduardo, elementos políticos de García Prieto ni de Merino (cuya compañía nos honraría mucho) los que le combaten en Murias, es el país, son los electores los que protestan de su actuación política porque en los 28 que los ha representado no hizo usted políticamente nada por ellos», señala el manifiesto de la Colonia.

El «esfuerzo particular»

Su espíritu miraba a Laciana, donde los efectos de la fundación Sierra Pambley ya se dejaban notar. «Sí, queridos paisanos, el valle de Laciana tiene mejoras, tiene instrucción, tiene algún comercio, pequeña industria, bastantes vías de comunicación, pero nada de lo señalado se debe al favor oficial, como consecuencia de gestiones hechas por vuestro representante y los caciques que padecéis», prosigue el manifesto.

«Este progreso inicial, del que podéis estar orgullosos, se debe a vuestro esfuerzo particular y a la ayuda que os prestan los hombres generosos, filántropos, amantes del distrito y pueblos que los vio nacer que viendo la indiferencia y el abandono en que un extraño os tienen, se imponen, por el inmenso cariño que os profesan, esta pesada carga».

«Ahora tenemos dos puentes», comenta Ubaldo Mallo, de Barrio. A sus 88 años recuerda perfectamente el día en que todos los pueblos del valle bajaron a Aguasmestas a recibir el féretro de Segundo García, «el que movió la cosa para hacer el puente». «Venía en una carroza con flores. Lo envenenaron en un café y lo trajeron a enterrar a Vegapujín, su pueblo», recuerda.

Nunca se supo a ciencia cierta la causa de la muerte, pero en la memoria popular de Omaña pervive la versión del supuesto envenenamiento de Segundo García. Murió la víspera de las elecciones a Cortes Constituyentes celebradas el 28 de junio de 1931. Era candidato a diputado. El caciquismo no se acabó con la derrota de Dato, ni mucho menos.

«En Murias también hubo una lucha formidable hasta el extremo de que, según me dicen, pagaron los votos a 50 duros y el que menos a 20 duros», cuenta Segundo García en una carta que escribe a su pariente Joaquín Álvarez, de Canales, en 1922, según reseña Marta Prieto Sarro en una semblanza sobre el omañés de Vegapujín (El Filandón. Diario de León. 7 de mayo de 2006).

De la efémeride del puente de Agusmestas se acordó una vecina que quiso hacer un homenaje a sus promotores, la Colonia de Murias de Paredes en Madrid, pero se topó con la apatía de las autoridades municipales de Riello.

Ernesto Escapa lo recordó en la Feria de Murias de Paredes. La importancia del puente es recordada por Ubaldo Mallo: «Antes del puente, tenían que pasar los carros y el ganado por pasaderas y en invierno no se podía pasar». Todavía después de levantarse el puente el lugar era punto de contacto de las gentes del Valle Gordo con el resto del mundo porque la carretera no llegaría hasta décadas después.

«Antes de hacer la carretera bajaban a Aguasmestas a vender las patatas de siembra, que se cultivaban de Barrio para arriba. Todo el valle iba a caer a la venta», explica. La venta también era propiedad del Álvarez Carballo y la tenían alquilada. Ahora es una explanada en la sólo queda el recuerdo de una piedra.

José María Hidalgo recoge la historia de este peculiar establecimiento en su libro Villamor de Riello. Un antiguo concejo. «A finales del siglo XIX, Aguasmestas tenía una venta notable, espaciosa, con grandes establos, corral, albergue y mesón para atender a la legión de arrieros y emigrantes que discurría por estos derroteros», explica.

Quedaba en el camino, más transitado de lo que parece, entre Cangas de Tineo y Madrid. La gente pasaba andando y con la carga al hombro, en carros chillones, diligencias y, ya con el siglo XX, camionetas y ómnibus de línea regular.

Con el tiempo, el puente se quedó pequeño para los modernos medios de transporte. «Hicieron el puente nuevo porque no entraban los camiones y autocares», comenta el señor Ubaldo. El puente centenario apenas se surca.

Enfrente está la casa de José Luis y Tere, dos omañeses que han vivido 25 y 36 años en Suiza y que, retornados a León, veranean en Aguasmestas. A su nieta de tres años le entusiasma arrojar piedras desde el pretil a las aguas del río transparente.

   
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