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TRIBUNA

¿Qué hacemos con los mayores?

María Dolores Rojo López. EscritoraMaría Dolores Rojo López. Escritora
12/07/2011

 

La llegada del verano cambia los ritmos de vida. Aún estando trabajando, todo es distinto. Las salidas a la piscina, las meriendas frecuentes lejos del calor agobiante de las casas, los paseos tardíos sin prisa o ese refresco con amigos, al que no encontramos hueco en el invierno, nos acercan a un modo de vida más placentero. Plantear las vacaciones fuera de casa no siempre se convierte en una tarea fácil, sobre todo si están a tu cargo personas mayores. ¿Qué hacer con ellas?, ¿cómo compaginar el deseo de huir de la ciudad a toda prisa, sin perder ni un solo día del período vacacional, y la culpabilidad que supone el acoplarles en otros lugares y con otras gentes? Renunciar a la merecida semanita por seguir en la brecha con ellos puede suponer un sinfín de malestares propios, discusiones con la pareja o sentimientos de tristeza por quienes se quedan animándonos a irnos pero solitarios de nuestra presencia. La situación se vuelve mucho más delicada cuando no nos planteamos qué hacer, solamente, en un breve periodo de tiempo, sino a lo largo de la vida que les quede. Qué duda cabe que estamos en una sociedad donde la vejez prefiere ignorarse. Nos hemos vuelto ajenos al paso del tiempo.

El avance en la edad siempre parece de otros pero nosotros, dentro de nuestra mente siempre dispuesta al autoengaño, seguimos percibiéndonos como eternos jóvenes a los que nunca va a llegar la decadencia. Apartamos de nuestra vida la ancianidad y no queremos saber nada de todo lo que conlleva. La dejamos aparcada en algún rincón oscuro de nuestra conciencia al abrigo de cualquier luz que la ponga de manifiesto. Tapamos arrugas, nos sometemos a sesiones de ejercicio físico inaguantables, limitamos la comida y hasta las emociones las preferimos light por miedo a que su intensidad consuma parte de nuestras energías y asomen, de pronto, canas en el entusiasmo.

El mundo que hemos creado los adultos oscila entre las tarjetas de crédito y la prisa. No hay tiempo para los ancianos. Ni ganas. Sus inagotables conocimientos de vida nos aburren. Pensamos que no comprenden el mundo que nos toca vivir a nosotros, que están desfasados y que al no entender no aciertan con sus consejos. No nos damos cuenta que su experiencia es la mejor enciclopedia y que al igual que nosotros recomendamos a nuestros hijos, convencidos de la eficacia de lo que decimos, ellos la tienen consigo. Una cadena demasiado sólida para romperla por el eslabón que nos precede.

En nuestro mundo hay de todo, menos lugar para la vejez. Siempre falta tiempo, el espacio nunca es suficiente y la compañía que les ofrecemos siempre se acorta. Nos equivocamos cuando consideramos a nuestros ancianos como una carga. Las limitaciones que impone el deterioro físico, a veces, son ampliamente compensadas con el bagaje de afecto y colaboración desinteresada que aporta su presencia. Hoy en día, su estancia no supone un gravamen añadido, en la mayoría de los casos, porque todo el mundo cuenta con una pensión que permite contribuir a los posibles gastos que generen. Los problemas económicos se derivan, muchas veces, de las carísimas residencias donde los acoplamos para evitar malestares. Y sobre todo, de la falta de unanimidad entre los hijos para encontrar una solución a lo que se tilda de problema. No debería ser así. Contar con una persona mayor en la casa es una riqueza en todos los órdenes. La biografía de una persona de edad no es la historia de una vida solitaria, sino que es el resultado de un intenso flujo de relaciones vividas y situaciones compartidas. Influencias mutuas, choques, encuentros y desencuentros que han provocado, a lo largo de los años, la magnificencia de la tolerancia, del buen hacer y, sobre todo, de la conquista del carácter compasivo que reviste a los mayores. Cualidades que escasean en nuestro mundo de jóvenes adultos y de las cuales deberíamos aprender para ponerlas en práctica sin esperar a llegar a esas edades que tanto rechazamos. Hay que proteger a los viejos, como ellos, en su momento nos protegieron a nosotros. Nos podemos olvidar que esas manos, que se apoyan ahora en nuestro brazo para caminar, apuntalaron nuestra infancia con absoluta entrega. Proteger a los mayores es cuidar los cimientos de la sociedad sobre los que crecen nuestros hijos.

Nadie nace por generación espontánea. Hay un pasado que debe conocerse, para ensalzarlo o para no repetirlo, pero de cualquier forma para aprender de él. Nosotros mismos nos vamos dando cuenta de que vivir supone un aprendizaje permanente a partir de los errores y que este ejercicio, doloroso y regenerador, imprime un cierto curtido a la piel del alma que debería servir para mejorarnos continuamente. Ellos han vivido, han sufrido, han aprendido y ahora están a nuestra disposición para volcar nuevamente su sabiduría y su afecto en la familia. Hay tiempo para la soledad. Habrá tiempo para echarles de menos; para desear tenerles cerca y sentir que no podremos contar con su prudencia nunca más. Gozar de ellos es un privilegio nunca una obligación porque este término tiraniza el sentimiento de afecto y lo prostituye. Ellos pueden enseñarnos mucho aún, si queremos aprender todavía. En la actualidad se alude a la resilencia como la capacidad para soportar los embates de la fortuna y recuperarse de los traumas. Incluso la educación aspira a lograr este objetivo como propuesta futurista entre los educandos. Pues bien, ellos lo ejercen desde hace mucho y podemos estar seguros de que no conocían este término pero sí su antiguo sinónimo, del que han hecho la bandera de su vida: la paciencia. Demos valor a quien lo tiene y estimemos esta cualidad suprema a la que Tomás de Aquino ensalzaba diciendo que «por la paciencia se mantenía el hombre en posesión de su alma»; ni más ni menos que un elogio al equilibrio que hoy tanto buscamos para seguir con la vida de forma digna.

No podemos perder el sentimiento de cuidado para con lo nuestro. No es el dinero lo que resuelve el problema de nuestros mayores, sino el afecto directo y cercano del día a día, la complicidad de saber que están cerca y la seguridad que instalamos en sus vidas de que somos, sin duda, lo mejor que hicieron.

 

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