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TRIBUNA

¿Quién cuida a los que cuidan?

M.ª DOLORES ROJO LÓPEZM.ª DOLORES ROJO LÓPEZ
03/05/2008

 
ES UN orgullo, un honor y una grandeza poder cuidar de los que amas, y aún mayor mérito tiene hacerlo con los que no te unen lazos de afecto. A nadie se le oculta la dificultad de estar al lado del dolor. Acompañar a otros en su camino, al final de la vida, equivale en muchas ocasiones a estar dispuesto a la renuncia incondicional y a la entrega apasionada para salvar lo mejor de uno mismo en este durísimo proceso. Sin embargo, la recompensa está asegurada en los ojos de quien nos miran postrados desde una cama o en la mirada perdida en el olvido de aquellos otros que ni siquiera saben que aún están. No se diferencian los días y las noches para un enfermo y si alguna distinción hay está ligada a la oscuridad que imponen las sombras en estas últimas, para sentirse aún peor. Al sufrimiento del que sufre se une la desesperación y la impotencia para el que cuida. Estamos atentos a sus demandas. Cualquier gesto, una mueca de más o un susurro con mensajes inconclusos dejan abiertas las puertas de nuestras inquietudes, en todo momento. Y es que lo conocemos todo de ellos. Por eso nada se nos escapa, nada es trivial en este duelo por la vida que queda en el que somos sus mejores testigos. Compatibilizar los cuidados con el trabajo, poner buena cara cuando la tristeza nos invade y la preocupación consume el tiempo más lentamente de lo que debería, volver a su lado con el temor de encontrar un acelerado y definitivo final, entre otras cosas, nos hace sentir culpables por no poder entregar aún más de lo que damos. Sin embargo, todo este cúmulo de sentimientos, emociones, frustraciones y estremecimientos no son comprendidos por los que tenemos alrededor. Nadie puede entenderlo salvo los que están implicados en esta tarea fundidos con sus dependientes. Es fácil diluirnos en ese rol de cuidador en el cual los padecimientos llegan a ser tan propios que nos trasforman por completo. Comenzamos a ser otros. Poco a poco, lentamente iniciamos un camino sin retorno en el que parecemos titanes sin tiempo cargados con la responsabilidad tremenda de tomar decisiones, a veces imposibles, y estar operativos en todo momento sin tener en cuenta cómo en nuestro interior, por debajo de la fortaleza, nuestra esperanza se desmorona. Verlo desde fuera sólo permite apreciar los aspectos materiales negativos ligados a la ausencia de tiempo propio, a la resignación ante las salidas y diversiones o al cansancio físico inevitable ante estos largos procesos de los que a pesar de todo, no querríamos salir. El vínculo que se crea con el enfermo nos introduce en otras dimensiones vitales. Comenzamos a aprender aceleradamente lo que significan las cosas sencillas y el valor de lo cotidiano cuando todo ello comienza a ser un lujo. Y entendemos que hay pocas cosas que realmente importan en la vida a parte de la dignidad, la coherencia con nosotros mismos y los afectos de los que amamos. Porque presenciar el final tiene un valor muy diferente a inaugurar un principio. Cuando un niño nace la vida es un regalo que se manifiesta exultante, ávida de sensaciones y predispuesta a descubrimientos siempre nuevos para los que la acompañan. Su final supone un tránsito en soledad en el que decir adiós siempre es doloroso al imponerse una separación sin remedio. La vejez es una realidad a la que acceden muchas personas hoy en día. Hemos prolongado la edad del fallecimiento. Vivimos mejor y más tiempo pero con muchas desigualdades en el proceso vital que tiene sus mayores lagunas cuando más lo necesitamos. La medicina, la cirugía, la investigación farmacológica y un cúmulo de avances importantes permiten que nuestro calendario particular se prolongue, sin embargo y en contra de lo que se cuida la vida se descuida la muerte. Hay muy pocas residencias en relación a las necesidades, tampoco la Ley de Dependencia atiende a la gran población que lo precisaría, los centros de día ayudan, aunque no resuelven los problemas derivados de la senectud que se prolongan más allá de unas simples horas. Cada uno se arregla como puede para atender a sus mayores y en no pocas ocasiones, cuenta solamente con sus recursos personales para afrontar situaciones extremas en las que a base de no poder más, todo sigue adelante. Y ante esta realidad que afronta siempre algún miembro de la familia, hay otra más delicada y demoledora que le afecta cuando todo parece haber pasado. Y es la tranquilidad de los demás descansando en el pensamiento de la descarga que ha supuesto para el cuidador la pérdida de su cuidado. Pero todo el mundo se equivoca porque la fortaleza que se siente mientras se precisa continuar se desvanece cuando ya no hace falta. Dejamos de ser el centro del mundo para alguien que nos amaba, abandonamos el privilegio de ser sus sentidos y su consciencia, incluso de estar requeridos por la queja y el reclamo continuado sin descanso y nos sentimos vacíos, desprotegidos y olvidados por los que siguen instalados en su vida sin alterarla, ni antes ni después de la ausencia. Alguien debería cuidar a los que cuidan. Alguien debería entender que su tiempo es otro, muy angosto mientras se encargan de los que sufren, pero muy vacío y anhelante cuando han terminado su misión. Nunca volverán a ser los mismos, como nunca tampoco volverán a sentirse tan plenos como cuando alguien los necesitaba de tal forma. Y es que ante la ausencia de manos que estrechen las nuestras cuando estamos solos, queda el abrazo infinito del agradecimiento sin palabras que nos han dado los que se fueron. Con el tiempo, la serenidad de la distancia nos hace recobrar un estado de armonía que aunque no pueda evitar la tristeza siempre nos regala una sonrisa para susurrarnos al oído que todo lo hicimos bien. Sin embargo, sería de gran ayuda saber que los que cuidan cuentan con el apoyo de equipos institucionales capaces de paliar sus inseguridades, temores y dudas sobre los conocimientos específicos que muchas veces han de ser aplicados por ellos o simplemente para atender su agotamiento a lo largo del proceso. Contar con unidades de refuerzo para el cuidador sería, cuando menos, una obligación social a la que atender prioritariamente desde la política sanitaria ordinaria puesto que en el fondo sustituyen y evitan la atención directa que debería asumir el sistema de aquellos miembros que irremediablemente precisan cuidados clínicos más allá de la buena voluntad de los suyos.

 

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