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hablan las joyas

Las señoras del tesoro leonés

Las investigadoras que descifran los secretos del tesoro de San Isidoro desvelan el papel crucial de cuatro generaciones de mujeres de . la familia real leonesa en el mecenazgo.


19/03/2017

 

ana gaitero | león

La historia apenas las nombra, pero los objetos que han dejado son la prueba de que las mujeres, reinas, hermanas, hijas o esposas de reyes, fueron las hacedoras del tesoro leonés. Sancha y Leonor, Urraca y Elvira y la reina Urraca forman parte de una estirpe de cuatro generaciones de mujeres que «ejercieron el poder a través del mecenazgo artístico-arquitectónico en los siglos centrales de la Edad Media».

Así lo afirma Therese Martin, la directora de la investigación que desentraña los enigmas del tesoro de San Isidoro. Martin entró por primera vez en San Isidoro en 1994. De la mano de John Williams, experto profesor estadounidense en manuscritos medievales, iba a hacer su tesis sobre la Biblia de 1162. Acabó doctorándose con una investigación sobre el conjunto monumental de San Isidoro.

Ya entonces atisbó el importante papel que las mujeres tuvieron como mecenas tanto en el monumento como en las joyas que guarda. Ahora trabaja en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Su anterior trabajo, la «Reevaluación de los roles de las mujeres como ‘artífices’ de arte medieval y arquitectura», financiado por el Consejo de Investigación de Europa con 1,2 millones de euros, fue una «respuesta al silencio y la ausencia» de las mujeres en la historia. «Es un privilegio poder trabajar en San Isidoro, así como en la Catedral, por lo que estamos muy agradecidas», comenta Martin.

La Society for Medieval Feminist Scholarship acaba de premiar la publicación de Therese Martin por tan singular aportación después de cinco años de investigación. «Don Antonio Viñayo ya había estudiado las infantas, pero se daba por hecho que su labor estaba por debajo de sus hermanos, padres o esposos, pero durante mi tesis doctoral empecé a ver su protagonismo y creé una base de datos con sus nombres y los edificios de los que eran mecenas», explica.





Moneda de Urraca en la que aparece la imagen de la reina con una diadema similar a la joya que la reina Sancha pudo donar a San Isidro en 1063. DL

El infantazgo fue una «fórmula local» para hacer algo que fue común a otras estirpes de mujeres relacionadas con la realeza europea y también entre las musulmanas. Las han bautizado como makers, hacedoras, de los objetos que promovieron con su mecenazgo, con independencia de las manos que las realizaran.

«Tenemos que ver las obras con sus ojos y creer lo que pone en las inscripciones», recalca Martin. Lejos de la división tradicional entre mecenas y artistas, el nuevo enfoque no distingue entre quienes «hacer con las manos, pagar el objeto o pensarlo», explica Martin.

En el caso de León, hay cuatro generaciones de mujeres que destacan como hacedoras de objetos suntuarios y monumentos. El infantazgo fue la institución que canalizó el poder de las damas leonesas y fueron parte tanto casadas como solteras, pese a que tradicionalmente se difundió la idea de que sólo las solteras y vírgenes tuvieron esta potestad.

Desde la reina Sancha, esposa de Fernando I, hasta sus hijas Urraca y Elvira, la reina Urraca, sobrina de éstas, y su hija la infanta Sancha son los nombres más notables que abarcan «un siglo de mujeres creativas y muy interesantes, dos casadas y tres solteras», explica.

«En la Edad Media, la actividad de mecenazgo es tan importante en las mujeres como en los hombres», agrega. Tanto la reina Sancha de León como su nieta, la reina Urraca, disponían de herencia a pesar de estar casadas y en el caso de ésta «casada, separada y emparejada de nuevo».

El caso de la reina Sancha, domina del infantazgo de León hasta su muerte en 1067, es emblemático. El documento que recoge la gran donación que esta reina y su esposo Fernando I hicieron a San Isidoro con motivo del traslado de las reliquias del santo desde Sevilla. Como subraya la profesora Martin, «aunque el documento comience con el nombre de los dos monarcas, cada uno tiene además su parte individual de la ofrenda. La de la reina, mucho más extensa que la del rey, subraya que ella tiene precedencia en este donativo».

La inscripción fundacional de San Isidoro dice que «después de la muerte del rey, la reina Sancha, dedicada a Dios, acabó la construcción» del templo. De esta manera, objetos que se han atribuido a Fernando podrían pertenecer en realidad a Sancha. Es el caso de una supuesta corona del rey que en realidad podría ser de una diadema de la reina. «En una moneda de la reina Urraca se retrata con una diadema del tipo de la que podría haberse donado a San Isidoro», apunta la investigación.

Del catálogo de la donación, la única pieza identificada con cierto grado de confianza es el crucifijo de marfil que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional.

Llama la atención que no se incluyeran libros en la donación, sobre todo porque hay constancia de que Sancha poseyó al menos cuatro códices, sola o junto a su marido o su hijo. «El factor común es Sancha y eso es fantástico porque indica que probablemente podía leer. Una persona que solo quiere ostentar puede tener un libro pero no cuatro», sostiene Martin.

La gran donación de 1063 siempre se atribuye a Fernando I, pero rey y reina «actúan en conjunto» y «gran parte de la donación procede de las tierras y de los antepasados de Sancha», precisa. Como desveló Encarnación Martín, el documento de la donación no es coetáneo al acontecimiento, sino del siglo XII. De manera que la pregunta es: «¿Quién tenía interés en atribuir la donación a Fernando y Sancha?».

Sus hijas, las infantas Urraca y Elvira no se casaron, pero tampoco hicieron votos de monjas. «Eran las grandes dueñas del infantazgo», apunta. Se conserva el testamento de Elvira y de Urraca numerosas referencias en crónicas, en las que aparece a veces como consejera de su hermano.

El infantazgo permitió a las mujeres de la familia real ser dueñas de sus tierras y no tener la obligación de casarse para mantener alianzas. «El infantazgo era un fin en sí mismo y ellas eran como grandes señoras que podían decidir si se casaban o no», añade Martin.



Los fragmentos de este tejido del Museo de San Isidoro desvelan la composición de su decorado y una leyenda aún por descifrar por la investigación. DL

Therese Martin ha estado esta semana en León con parte del equipo investigador para estudiar las piezas del tesoro isidoriano. Hay objetos que no pertenecen a la gran donación de 1063. Es el caso de los tres botes sicilianos que se encuentran en el Museo de San Isidoro. «Forman parte de un conjunto que está muy bien documentado en Italia y en Sicilia en el primer cuarto del siglo XII, por tanto no puede ser de la donación de Fernando y Sancha», afirma.

El cáliz de doña Urraca es una de las piezas más valiosas del tesoro real. Más allá de la polémica sobre si es o no el grial, en la que nunca ha querido entrar, la investigadora del área de Historia del CSIC hace hincapié en la inscripción que lleva: «Urraca de Fernando».

Aparte de querer resaltar el linaje de la donante, Urraca consigue con esta pieza colocarse en el altar, justamente en el lugar donde, por ser mujer, no podía estar: «Cuando el sacerdote lo levanta para la consagración, lo que ve el cura o las personas que asistenten a la misa, es el nombre de Urraca», comenta.

La reina Urraca es el personaje favorito de esta investigadora. Sospecha que tuvo que «hacer cosas fuera de lo común para poder reinar», como terminar la iglesia de San Isidoro sobre «un modelo más moderno y atrevido» del que se estaba haciendo.

Una opinión que siempre contrapuso al del abad Viñayo, convencido de que Urraca, maltratada por su marido, Alfonso el Batallador, no tuvo gran influencia en el devenir de San Isidoro. Urraca, agrega Martin, reinó en un momento «muy interesante» pues coincidió con Matilda de Inglaterra y Melisenda de Jerusalén. «No actuó como consorte, era muy consciente de su papel como muestra el hecho de que acuñó una moneda que ponía rey y reina en cada cara», defiende.

Los objetos como desveladores de los misterios de la historia se realzan en esta investigación que estudiará cerca de 40 piezas entre joyas, textiles y muebles. Los análisis químicos de los textiles, que serán sometidos por primera vez a pruebas de carbono 14, marcan un hito en el conocimiento del tesoro de San Isidoro.

La investigación sobre las telas que están en el museo ha dado la primera sorpresa: se ha reconstruido la decoración y se ha visto que hay una inscripción en árabe que pone: Bendición de Dios.

A falta de más estudios que lo corroboren, tanto el estilo decorativo como la inscripción acercan estas piezas al arte textil del Mediterráneo oriental, apunta Ana Cabrera, especialista del Museo de Artes Decorativas que participa en el proyecto y que actualmente trabaja en el Museo Victoria and Albert de Londres con una beca Marie Curie.

La normalización del intercambio de piezas valiosas de otras culturas también es una nota singular. «Buscan lo mejor, no se trata sólo de un afán de acumulación», precisa la directora de la investigación.

La holandesa Jitske Jasperse trabaja con las estolas y el manípulo que probablemente pertenecieron a la reina Leonor de Castilla y a la infanta Sancha. En el tejido aparece una inscripción —Leonor, hija de Enrique II— que enfatiza su linaje, lo mismo que hacía su hermana Matilda en Alemania. «Para mí significa que las hijas de Enrique enfatizan su conexión con el padre, al igual que Urraca con su padre Fernando en el cáliz», explican Martin y Jasperse. Las mujeres utilizan objetos preciosos para realzar sus lazos familiares y al mismo tiempo prestigiar a sus maridos por su origen.

De esta manera, a través de los objetos la Edad Media se perfila como una época en la que las mujeres tienen unas facultades que sobresalen por encima de la posición de las mujeres en el Renacimiento.

Amanda Dotseth, del Meadows Museum de Dallas, aborda la parte del coleccionismo y corrobora esta impresión: «Es llamativo que en la Edad Media aparecen muchas mujeres y en la Edad Moderna, cuando se forman los museos, apenas se las ve».

El mecenazgo contribuyó a la autoridad de las élites femeninas en la Edad Media y no sólo en los reinos cristianos, sostiene Martin. También las mujeres de la élite musulmana fueron ‘hacedoras’ de patrimonio, bien por el mecenazgo o como artistas o artesanas.

Es el caso de I’timad, consorte de Al’Mutamid de Sevilla, que figura en la inscripción fundacional de una mezquita en una estela de mármol blanco. Seguía las pautas de las consortes de los califas cordobeses, de cuyo prestigio no deja lugar a dudas el cronista Ibn Hayyan (1075): «Las construcciones de estas mujeres trajeron gloria a la dinastía», escribió.

 

2 Comentarios
02

Por angelesfern 13:13 - 24.03.2017

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Desde mi punto de vista, es un artículo muy bueno. Una investigación exhaustiva que nos da información de que también en la Edad Media, había mujeres inteligentes e independientes y que aunque fuesen cortesanas, no estaban sujetas o supeditadas a los hombres; padre o marido.

01

Por kostaskalamitis55 11:38 - 21.03.2017

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Artículo interesante pero muy mal redactado. Hay párrafos farragosos e incomprensibles.

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