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| Reportaje | Monjas lejos de casa |

«Somos de Guadalajara, en México»

Ocho capuchinas misioneras mexicanas regentan la residencia de ancianos de Fontanil de los Oteros, desde donde había emigrado antes el fundador de la orden

 

A. Núñez - león
A. Núñez 19/12/2003

Cinco monjas mexicanas, una palentina, otra de Santander y una tercera de Ciudad Real, todas de la orden Capuchinas Misioneras del Trabajo conforman en el pequeño pueblo leonés de Fontanil de los Oteros la comunidad religiosa más jóven de las instaladas en la provincia. Regentan una residencia de ancianos sin ningún tipo de ayuda oficial y para construírla tuvieron que firmar una costosa hipoteca con los bancos dando como entrada el producto de la venta de una huerta en Cantabria. Se han instalado en Fontanil porque de allí era también el padre capuchino fundador de la orden, Emilio Lozano Mateos. La superiora de la residencia, María del Carmen Arteaga Gómez, mexicana de Guadalajara (Jalisco), es a sus 59 años una de las más veteranas de la comunidad: salto las tres españolas, la media de edad del resto apenas alcanza los cuarenta años y agunas ni siquiera la treintena, aunque años atrás era aún más baja. «Teníamos a algunas de menos de 18 años y la gente de aquí decía extrañada que eran demasiado jóvenes para ser monjas». La llegada de las capuchinas a León tiene un largo recorrido, que se inició cuando en 1956 se fundó la orden en Santander sin demasiado éxito de vocaciones, tras lo cual el fundador viajó a México en 1978 buscando un voluntariado para cuidar a desasistidos que no encontraba en España. Finalmente en 1990 aterriraron en Fontanil trece monjas para atender a 75 ancianos, un número que ahora ha quedado reducido a 40 internos y ocho religiosas, a medida que la propia población jubilada de la comarca envejecía y fallecía sin remedio. Añoranza Hoy media comunidad ha retornado a México «para formarse», mientras que la otra mitad permanece en Fontanil, aunque sin proyectos para expandirse fuera del pueblo por falta de oportunidades y también por lo duro de aclimatarse a las tierras leonesas. Por una parte la comunidad religiosa no cuenta para sus centros con más ingresos que la que ella misma se procura a través de las pensiones de los ancianos que acoge, cada vez menos porque no puede competir con las residencias «concertadas» o que cuentan con subvenciones oficiales, y, por otra, muchas de las religiosas prefieren retornar por añoranza a su tierra mejicana de origen. «¿Qué echamos de menos? En primer lugar el calor, porque aquí hace mucho frío y luego las tortillas y el chile picante», dice la superiora mientras reclama por un micrófono a otras monjas para hacerse la foto con el ruego, nada usual en la gramática leonesa, de «hagan el favor de reportarse en la entrada», lo que denota el habla mejicana nunca perdida. La residencia de la tercera edad regentada por las capuchinas se mantiene exclusivamente con aportaciones de los residentes, que, asu vez, consisten basicamente en una pensión mínima y cantidades complementarias por cuenta de familiares. En un elevado porcentaje precisan cuidados y atenciones personales, propias de la edad en que ya no pueden valerse por sí mismos, aunque no siempre es así: la anciana más veteranadel centro, de nombre Pilar Mazariegos, tiene la nada despreciable edad de 105 años, le encantan el vino y el café y sólo padece una ligera sordera que no le impedirá el día 20 presidir en la residencia el concierto navideño de la Coral Isidoriana.