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la guerra civil en león

Los tres besos de Orestes antes de morir

Este domingo, con el Diario de León, última entrega de las investigaciones de Wenceslao Álvarez Oblanca y Víctor del Reguero que desvelan la realidad vivida en la provincia con toda su crudeza. 200 páginas con un precio de 12,95 euros.. ‘LA GUERRA CIVIL EN LEÓN’. José María Vara. Al hijo de Orestes Vara Lafuente no se le olvida la noche en la que acudieron a despedir a su padre en la cárcel del castillo. «Cada día recuerdo los terribles chillidos de mi madre».. María Martín. La nieta de David Martín Ticio posa junto a dos de los cuadros de su abuelo. María se siente muy agradecida a los investigadores porque le han revelado datos de su antepasado que desconocía. El Diario entrega este domingo el último de los libros sobre la historia . de los leoneses que protagonizaron la dictadura de Primo, la guerra civil y el franquismo y que se incluyen en la obra ‘La guerra civil en León’.

 

22/12/2017

cristina fanjul | león

«Nunca he logrado olvidar el grito desgarrador de mi madre. Eran las cinco de la mañana cuando alguien tocó la puerta para alertar de que esa noche mataban a mi padre». El día que asesinaron a Orestes Vara Lafuente hacía frío. Era el 20 de noviembre de 1936. Su suerte la compartieron otros catorce republicanos, entre ellos el alcalde de León, Miguel Castaño. José María Vara Calzado era el sexto de nueve hermanos cuando su madre se quedó viuda. Su vida es como una novela naturalista de Emile Zola. Como si la herencia, como si la biología y nuestra propia historia nos trillara el camino por el que hemos de transitar, así la de José María se tiñó de orfandad, la misma que marcó la vida de sus padres. «Mis padres se conocieron en el asilo», dice emocionado. Tenía siete años cuando fusilaron a su padre en Puente Castro. Su hermano más pequeño apenas tenía diez meses, por lo que no acudió a esa última cita en la cárcel. Ocho niños y una viuda en ciernes cerraron la puerta de su casa, en los Altos de Nava, y atravesaron los campos en medio de la oscuridad para dar el último beso a un hombre que había comenzado a morir el día del fusilamiento de Primo de Rivera. Les condenaron a muerte el 5 de noviembre en un juicio sumarísimo tras el que las quince viudas solicitan la conmutación de la pena al Gobierno Militar de Valladolid. «Parece que se había decidido de forma favorable, pero la muerte del jefe de Falange lo cambió todo», destaca. Nueve niños sortean el barro y la oscuridad y mientras lo hacen la muerte se va haciendo más presente. Orestes, Genaro, Elpidio, Ángel, Rodrigo, José María, Emilio y Ricardo. Los dos y cinco años que apenas cumplen los dos últimos no les permite atisbar la dimensión de lo que están a punto de vivir. Pero la angustia hace que el paso se acelere. Nadie dice nada. No hay ensayo general para la muerte. Al llegar a la prisión, al castillo en el que se hacinaban los presos republicanos, María sube las escaleras detrás de sus hijos y les introduce, junto al resto de familias de los moribundos, en un cuarto pequeño y oscuro. «Recuerdo que mi padre nos preguntó por Carlines —el bebé— y su tristeza cuando mi madre le dijo que le había dejado con la vecina», rememora Jose María Vara. «Tenías que habérmele traído», dijo. «Nos dio un beso a cada uno. Nos metían y sacaban de aquella estancia y nos introducían de nuevo. Así en tres ocasiones, hasta que en la última nos dijeron que nos fuéramos. En mi último beso, me dijo que no me riera tanto. Es curioso, porque en una de las cartas que desde San Marcos le había enviado a mi madre, le decía que aún en la cárcel era capaz de escuchar mi risa. Creo que le ayudó en el campo de concentración». Han pasado ochenta años, pero José María sigue caminando de vuelta a casa, con la piedra en el corazón y los llantos de su madre, con la certeza de que a su padre le están matando todavía y que ese rastro de tierra en Nava sería ya la frontera entre su infancia y el miedo que nunca le ha abandonado. La realidad fue mucho más dura de lo que un niño de siete años podría haber imaginado. A José María aún se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que lo recuerda. «Mi madre intentó quitarse la vida con un hacha cuando llegamos a casa», explica ahogado de dolor, y explica que el luto se impuso en su hogar para siempre. «Ya nunca más salió Se encerró. Nos quitaron el derecho a la pensión de orfandad», lamenta al tiempo que agradece la ayuda proporcionada por la casera y una estanquera gallega que les proporcionaba auxilio económico. «Pasamos mucho hambre y frío. Yo he comido más hierba que los caballos, las flores de las acacias. Incluso comía la monda de las naranjas que rescatábamos de la basura. Eso y el Auxilio Social...»

Asalto a La Virgen

David Martín Ticio es otro de los protagonistas de la guerra en León que, sin embargo, ha permanecido en la sombra incluso para su propia familia. Encabezó con Modesto Cadenas el intento de asalto al aeródromo de La Virgen durante los sucesos de octubre de 1934. Desapareció en la guerra, sin que la familia supiera nunca nada sobre qué le pasó.

Víctor del Reguero encontró a los suyos gracias a una esquela, una simple esquela con la que consiguió dos cosas: contar la historia de David Martín Ticio y alumbrar la oscuridad en la que su familia había vivido desde su desaparición. Su nieta María asegura que la llegada del historiador fue una «gran sorpresa». «Verá. Sobre la figura de mi abuelo se impuso un velo de silencio. No era tanto como decir que se le olvidó, porque nos sentíamos orgullosos, pero había miedo». María recuerda que ella y sus hermanas (Luisa y Mercedes) fantaseaban de niñas con la vida de su abuelo. «La desaparición resultó muy dura para mi padre, que se quedó huérfano siendo muy niño. Le recordaba con dolor, con dolor y con orgullo», cuenta. La nieta de David Martín Ticio descubrió gracias a la investigación de Álvarez Oblanca y Del Reguero la razón por la cual su abuelo llegó a León, por qué vivían en el palacio de Botines, la razón de tantos lienzos.... «En mi casa había un gran cuadro de un mendigo que siempre me infundió mucho temor. Me daba muchísimo miedo. Hoy he descubierto que era un pobre muy famoso. Se llamaba Tito Negro. Al parecer, mi abuelo le daba un bocadillo para que le hiciera de modelo», dice.

María destaca además que tras la información de Víctor del Reguero muchas de las piezas de su vida encajaron. «Yo soy muy amiga de Jorge Revenga —nieto de Modesto Cadenas— y cuando Víctor me contó que mi abuelo y Modesto eran amigos se encendió la luz. Ni siquiera sabía que se conocieran», relata para subrayar el agradecimiento que sienten hacia las personas que les han descubierto el legado de su antepasado. Además, destaca que un hijo de David Martín Ticio, Carlos, ha vivido con emoción estos hallazgos.

Sobre la Ley de Memoria Histórica, María destaca que si bien ella no es una persona especialmente religiosa, sí le gustaría saber dónde está para que sus restos estuvieran con los del resto de familiares. Víctor del Reguero cree que pudo haber muerto en algún lugar del frente asturiano, pero no existe de momento certeza alguna sobre su paradero...