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EN MEMORIA

Don Celso en el recuerdo

 

Jesús Quijano / Exsecretario PSOE-CYL
10/03/2018

Recibo con hondo pesar la noticia del fallecimiento de D. Celso López Gavela, alcalde que fue de Ponferrada, y no quiero dejar pasar la ocasión sin hacer expreso un sincero reconocimiento a su persona y a su trayectoria, tan ejemplar, tan intachable.

Si la memoria me es fiel, creo que le conocí con ocasión de la puesta en marcha de las primeras Cortes de Castilla y León tras las elecciones regionales de 1983. Repaso la foto de aquel acto constitutivo en Tordesillas y, en efecto, ahí está, sentado entre Demetrio Madrid y yo mismo; con el porte noble que le daba su cabello prematuramente encanecido; con la mirada atenta y la presencia siempre discreta que siempre le acompañó. Es probable que por aquellos días yo mismo, como tantos otros, le habría requerido alguna explicación sobre lo que acababa de suceder en las elecciones municipales en Ponferrada, celebradas a la vez que las regionales aquel mes de mayo; bien sencillo: era alcalde de la legislatura anterior (1979-1983), se había vuelto a presentar, y la lista que él encabezaba había obtenido 18 concejales de 21 (perdón si me falla alguna cifra, pero creo que fue así). No percibí que le diera demasiada importancia, ni que personalizara tamaña exageración electoral. Así era D. Celso, como siempre oí llamarle, en expresión indudable de respeto elegante, de cercanía y de reconocimiento.

?Desde entonces hemos mantenido una entrañable relación de amistad que nunca se desvaneció, ni por el tiempo ni por la distancia. Durante unos años, allá por los 90, ostentó la presidencia de la Comisión Ejecutiva del PSOE en Castilla y León, siendo yo secretario general, y esa circunstancia nos permitió intensificar el trato y el aprecio. ¡Cómo pasar por alto su sensatez, su exquisita prudencia, su sentido de la responsabilidad, su generosidad, su proverbial honestidad, su hombría de bien ¡En el ejercicio del cargo hice presencia en el Bierzo cuantas veces pude, y tuve ocasión de comprobar que la figura de D. Celso venía a ser una especie de símbolo destacado de un colectivo humano compuesto por compañeros y compañeras de entonces, muchos afortunadamente vivos y activos, otros ya no, de los que guardo recuerdo imperecedero, perfectamente ubicados en el paisaje amable y generoso de esa comarca única por tantos motivos.

Retornado yo a mis quehaceres universitarios, y afectado D. Celso por una enfermedad que le fue debilitando, a pesar de su empeño en seguir intelectualmente activo hasta el final, dejé de verle con tanta frecuencia. Nunca dejé de tenerle como una referencia personal, ética y política, permanentemente. Con cierta periodicidad conversaba con él por teléfono; invariablemente al final de cada año para desearle que siguiera empujando, para recordarle que ahí estábamos. Estas pasadas Navidades, cuando hablé con Carmina (su admirable y abnegada esposa) y me dijo que él ya no podía ponerse al teléfono, que pasaba la mayor parte del tiempo adormecido y ausente, supe con pena que el camino se estaba acabando y que seguramente ya no habría más conversaciones.

Pero ahí seguirá, en mi altar particular, como un icono imperecedero de una época irrepetible, que es la que tuvimos ocasión de vivir y, en buena medida, de protagonizar, combinando el compromiso con nuestras ideas y con nuestro entorno; también con el entrañable afecto personal con que hoy quiero rendirle un sincero homenaje.

   
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