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MEMORIA HISTÓRICA

La tumba de Claudio está en la bodega...

La ARMH prepara en Villalibre la exhumación de un miliciano que murió mientras se escondía en su casa de las represalias. Su hermana soltera vivió toda su vida en la misma vivienda, con miedo a contarlo

 

El arqueólogo forense de la ARMH, René Pacheco, iluminaba ayer con un foco el lugar donde enterraron a Claudio Macías en la bodega de su casa de Villalibre - L. DE LA MATA

CARLOS FIDALGO | PONFERRADA
09/10/2014

Detrás de una puerta verde de madera, con el nombre de la última habitante de la casa, Manuela Macías Fernández, escrito en el dintel para que el cartero le dejara las cartas, aparece la bodega. A la izquierda se vislumbra un viejo aparador cubierto de telarañas, revistas del corazón de hace quince años esparcidas por el suelo, una balanza romana junto a la pared de piedra y un despertador carcomido sobre una repisa, parado a las tres y media. Al fondo, en el rincón más oscuro de la estancia y el más húmedo, se encuentra la tumba de Claudio.

Condenado a diez años de cárcel por participar en la revolución de 1934, amnistiado por el Frente Popular y combatiente en el Ejército republicano durante el primer año de la Guerra Civil, Claudio Macías Fernández había regresado a su casa de Villalibre de la Jurisdicción (Priaranza) en el otoño de 1937, al igual que otros cientos de milicianos bercianos, cuando el frente de Asturias se derrumbó y las tropas de Franco entraron en Oviedo y en Gijón. Soltero y de poco más de treinta años, Claudio murió posiblemente de una neumonía, mientras se escondía en su casa de las represalias que ya le habían costado la vida a su hermano Arsenio, de 16 años, asesinado por no delatarle y enterrado en la curva de la N-536 en Villalibre, a quinientos metros del pueblo.

Claudio se sintió morir y preparó su entierro. Pidió a su madre y a sus hermanas que envolvieran su cuerpo en unas mantas, lo metieran en un arcón de madera, y lo enterraran sin hacer ruido en la misma bodega de la casa para evitarles la venganza de quienes le buscaban.

En la vivienda, situada en la calle Falcón de Villalibre, vivió hasta hace unos años su hermana Manuela, soltera, callada, que se ganaba la vida vendiendo fruta en el mercado de Ponferrada, y ni la muerte de Franco hace cuarenta años, ni la exhumación de la fosa con ‘Los Trece de Priaranza’ en el año 2000, tan sólo unos metros más arriba de su casa, consiguieron que venciera el miedo a desenterrar a su hermano. Y es ahora, con Manuela fallecida y la casa deshabitada, la bodega cubierta de humedades y telas de araña, la puerta verde cerrada, cuando la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha podido rastrear la historia del hombre enterrado en su bodega y se ha puesto de acuerdo con sus sobrino-nietos para exhumar el cuerpo en los próximos días. «Esto tiene que respirar», decía ayer Alejandro Fernández, uno de los cuatro miembros de la ARMH que se desplazaron a Villalibre para preparar la exhumación.

La herida de la familia de Claudio Macías es muy profunda, pero nada en la bodega, sin ningún punto de luz natural salvo la puerta, indica que allí dentro reposen los restos de un hombre. René Pacheco, el arqueólogo forense de la asociación, observaba las humedades en la pared del fondo y se hacía una idea del deterioro del arcón donde metieron el cuerpo. Nuria Maqueda retiraba material en un carretillo. Alejandro encontraba la romana con la que Manuela pesaba la fruta. Y el vicepresidente de la ARMH, Marco González, acercaba un foco para iluminar el rincón donde enterraron a Claudio. En toda la estancia sólo hay una triste bombilla que cuelga del techo, pero no alcanza a alumbrar la esquina donde yace el cadáver.

«Ni siquiera sabemos cuándo murió. La familia nos ha dicho que fue por una tuberculosis, pero lo más lógico es pensar que se debió a una neumonía. Quién sabe si no pasaba el día en el monte y venía por la noche a dormir en la casa», contaba González.

Claudio, que se ganaba la vida como jornalero, había vivido sus últimos años en el alambre. Conocido por sus ideas comunistas, había participado en la revolución de octubre de 1934 y tras su detención fue sometido a un consejo de guerra del que se conserva el expediente. «En la noche del día siete al ocho de octubre último circularon algunos grupos por las calles de Villalibre (León) a quienes oyeron decir algunos vecinos ‘no podemos hacer nada, aún hay luces’, refiriéndose con eso a un movimiento revolucionario que estaba preparado para cuando se apagase la luz, en Ponferrada. Uno de los que formaba parte de dichos grupos fue el actual procesado en esta causa, Claudio Macías Fernández», escribía el fiscal que llevó su caso, Hernán Martín-Barbadillo, en un documento firmado el 1 de febrero de 1935. El fiscal le acusaba de colocar un madero en la carretera para entorpecer la circulación de camiones militares. De darle el alto a un vecino que volvía a su casa en bicicleta. Y a un sastre y a su ayudante, que venían de Priaranza. A los tres les dijo que se metieran en sus casas y no salieran en toda la noche. También le oyeron decir —escribía el fiscal, sin citar al testigo— «que tenía cincuenta cajas de gasolina para quemar el pueblo». Y que ofreció «pistolas» a «dos individuos que le acompañaban» y a los que trató de alojar en la casa del alcalde.

El tribunal terminó por condenarle a diez años de prisión por «prestar auxilio a la rebelión militar». Y paradógicamente, una verdadera rebelión militar es lo que Claudio Macías trató de combatir en el frente norte después de que el triunfo del Frente Popular vaciara las cárceles de condenados por los sucesos de 1934. Lo que viene a continuación, y a falta de testimonios directos, entra en el terreno de la especulación, aunque está claro que Claudio fue uno de los ex combatientes bercianos que regresaron a sus casas tras la caída de Asturias, que pasó a la clandestinidad, se convirtió en un ‘topo’, —nombre que se le da a los escondidos en sus casas en los años de la represión—, enfermó y, viéndose perdido, le pidió a su familia que lo enterraran en la bodega y no le dijeran nada a nadie.

Y el silencio, más allá de su entorno y algunos vecinos más próximos, ha durado tres cuartos de siglo.

«Si Manuela viviera no estarían ahí», asegura uno de los pocos habitantes de Villalibre que sí conocía la historia de la familia Macías mientras los voluntarios de la ARMH entran en la bodega. «No se lo decía a cualquiera», añade. Y cuando el periodista le pregunta qué fue del padre de Claudio, de Manuela y de Arsenio, del que nadie la hablado, el vecino, que prefiere que no se sepa su nombre, le responde con una frase que da que pensar. «El padre se ahorcó», dice mirando hacia la casa. Y al otro lado de la puerta verde, la bodega parece aún más oscura.

   
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