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Carta póstuma a Alberto Pérez Ruiz

 

MªDolores Rojo López de León - 30/05/2014

Eras simple y grandemente tú. Lo más espontáneo, franco y entregado a sus ideales que he conocido. Quién era capaz de presidir una solemne ceremonia, escribir en una servilleta, el comienzo de un libro, o jugar en una tasca con la gente lugareña saboreando la comida típica del pueblo más remoto. Fuiste de ese tipo de personas que uno nunca olvida. Al que se admira con cariño y del que siempre se aprende. Posiblemente, en ocasiones, tu cabeza funcionaba con números, ángulos, geometría y logaritmos. Resolvías las ecuaciones de la vida con una agilidad matemática que a todos nos sorprendía. Por eso, sabíamos que tus ideas eran firmes sin impedir que desde esa seguridad tendieses una escalera en la que, el resto, también contaban para seguir subiendo. Esa mente tuya, que daba cabida a tantos recuerdos, a memorias infinitas de vivencias irrepetibles, a contenidos imposibles de retener sin olvidar ninguno, a nombres, fechas y situaciones, para el resto imperceptibles…, trabajaba incansable para los demás. Para tu familia, para tus compañeros de profesión, tus alumnos o tus camaradas políticos. Pero sobre todo, para la gente anónima, la que está detrás de los nombres genéricos pero que tiene necesidades, que siente y existe. No te faltó tampoco un inmenso corazón lleno de bondades que se desplegaban como un abanico ante las necesidades de la mayoría. Uno no puede ser bueno para todos. Siempre quedarán apoyos que haber dado, palabras por pronunciar o manos que estrechar. Errores, equivocaciones o faltas que echar en el saco de la pena que se arrastra por siempre. Sin embargo, y a pesar de ello, nunca vi mala intención en tus ojos. Nunca palabras despectivas con las que pisotear la dignidad ajena, nunca pensamientos retorcidos con los que someter a los de al lado o a los de enfrente y menos a los de abajo. Dejaste una estela densa y luminosa a la que poder mirar con una sonrisa. Dejaste el sabor que deja un buen vino de Rioja; fuiste, en realidad, uno de esos caldos magníficos de tu tierra a la que vuelves. Pero sobre todo, sembraste un recuerdo especial hasta en aquellos que no te tuvieron como amigo porque por encima y por debajo de las ideas están los ideales que nacen cuando el corazón es el que piensa y el tuyo no paraba de hacerlo. Paz eterna para ti. Mª Dolores Rojo López

   
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