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Cazador cazado

 

Andrés Calzada Blanco de León - 21/04/2012

Existía un rey, de esto ya hace algunos años, que gustaba de los placeres cinegéticos. Gorbón, que así se llamaba el monarca, presumía de haber dado muerte a las más dispares bestias que en su camino se hubiesen cruzado. Por ello, era temido y respetado por sus súbditos, pues nadie en el reino dudaba de su coraje y valentía. No había lugar dentro del mundo conocido al que no hubiesen llegado las gestas de Gorbón, el Cazador. Suele pasar que la codicia se asoma con frecuencia a la persona, pues es de naturaleza humana desear lo que no se tiene. Sin nuevos argumentos que aportar, Gorbón decidió consagrarse y ello pasaba por dar caza al gran nímice de Asentia, a pesar del cariño y veneración que su pueblo profesaba a tan majestuoso animal, pues era considerado como sagrado. Hacía mucho tiempo que no se veía ningún nímice por los alrededores y muchos creían que habían fijado su residencia en el Monte, al amparo de los dioses. Nada de todo esto importaba a Gorbón, estaba decidido a dar muerte a un nímice. Preparó la comitiva que habría de acompañarle en la ardua tarea y salió en busca del nímice. Batieron durante catorce jornadas todos los montes cercanos sin éxito alguno. La moral de los acólitos de Gorbón se desmoronaba por momentos, sin embargo, cada vez más obstinado en conseguir su ansiado trofeo, Gorbón no dio pie a comentario alguno que hiciese referencia a abandonar la empresa o a la sacralidad del nímice y el posible castigo divino. Al día siguiente, cuando levantaban el campamento para continuar la batida, quiso la providencia que uno de los rastreadores de Gorbón divisara, de forma casual, el ansiado nímice. El monarca poseído por un impulso irrefrenable cogió las armas, saltó sobre su caballo, y salió al encuentro del animal, sin dar tiempo a que el resto de la comitiva reaccionara. Pero Gorbón no necesitaba a nadie para abatir a la bestia, él era el mejor cazador que jamás había existido. Cuando el nímice se percató de la presencia del fiero jinete se dio a la fuga, comenzando una larga persecución. Con un trote elegante pero insuficiente, el nímice perdía poco a poco terreno. Ni los bruscos quiebros, ni los fuertes cambios de ritmo, evitaron que Gorbón fuera acorralando al cansado animal. Fruto del cansancio, el nímice precipitó su captura adentrándose en un paso sin salida. Gorbón al observar la imposibilidad de escapar de su presa se acercó a ella lentamente hasta colocarse a unos pocos pasos. Durante un instante ambos fijaron las miradas en el oponente, pero eran miradas bien distintas. En la del nímice se leía el terror del aquel que sabe que va a morir. En Gorbón se vislumbraba la mirada del vencedor, del que va a obtener la preciada recompensa. Cuando iba a asestarle el golpe mortal con la lanza el nímice amagó asustando al caballo, que respondió con un movimiento brusco, precipitando a Gorbón al suelo, para inmediatamente salir en estampida. La ocasión también fue aprovechada por el nímice para ponerse a salvo, encontrándose en su camino al perjudicado Gorbón, al que pisó, fracturándole la cadera. Allí quedó el monarca herido e indefenso, sin nadie que le prestara auxilio y maldiciendo a la sagrada bestia. Al anochecer, los lobos se percataron del maltrecho monarca y acechándole durante un breve periodo de tiempo se abalanzaron sobre él, dispuestos a no pasar esa noche en ayunas. Paradojas que depara la vida, así terminó el temible cazador, en la barriga de los lobos, una de las fieras cuya cabeza decoraba su sala de trofeos. No se sabe a ciencia cierta si el trágico final de Gorbón fue por la fatalidad de tentar a los dioses o por la mala providencia. Lo único seguro es que terminó siendo el cazador cazado, que sin gloria ni moneda se fue a ver a Caronte.

   
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