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El ombligo catalán

 

Demetrio Gordo Diez de Madrid - 11/11/2017

Corrían los años de los sesenta del siglo pasado, cuando yo por motivos de trabajo ponía por primera vez, mi píe en suelo catalán, más concretamente en la ciudad de Barcelona. Tengo que reconocer que en aquellos tiempos, no era una ciudad que podía impresionar a primera vista, por su atractivo, más bien todo lo contrario. La sensación que transmitía no iba más allá de una urbe donde gran parte de sus viviendas, estaban intercaladas entre talleres y pequeñas industrias de todo tipo, que la restaban lucidez. El aspecto industrial que la arropaba, la imprimía carácter lúgubre, que en cierto modo se percibía en el trato de sus gentes. En esa época y sin lugar a ninguna duda, la generosidad de un gobierno de España, que repartía favores en función de los intereses políticos que le convenía. Implanta en la Zona Franca de Barcelona a gran escala, la industria del automóvil capitaneada por SEAT y Pegaso, entre otras. La puesta en marcha de una industria para aquellos tiempos, tan puntera y novedosa en España, supuso la creación de cantidad de puestos de trabajo, motivo por el cual gran número de payeses catalanes, dieran por concluida su etapa en el campo, para incorporarse a la vida de la ciudad. Aquel movimiento regional catalán, no era suficiente para cubrir la cantidad de puestos de trabajo que se generaban y dio lugar, a la masiva corriente de gentes procedentes de toda España con destino a Cataluña. Barcelona empezaba a sacudirse el hollín que durante años había sido depositado en sus tejados, por una industria limitada en recursos. Desde el primer momento los catalanes, con un carácter posesivo, nunca admitieron que aquella tarta había que repartirla para todos. Para ellos en su afán de excluyentes no dudaban en significar su rechazo a los forasteros, calificándolos peyorativamente de charnegos. Ya en aquellos tiempos se percibían determinados postureos políticos, que quedaban difuminados en el ambiente, porque sobresalir del resto luciendo el ombligo, políticalmente no era bien visto y económicamente tenía su riesgo. La sociedad originaria en el catalanismo era impenetrable. No queda la menor duda, que de aquellos barros son estos lodos. No era una percepción calificarles de excluyentes y posesivos a los catalanes, es un hecho real. Dominar aquellas avalanchas de gentes llegadas de todas partes por el hecho diferencial del desprecio, no era misión fácil. Lo dice el refrán, cuando no puedas a tu enemigo hazte amigo de él. A partir de aquí, la cesión del puesto de trabajo a un charnego, iba a tener su precio para la sociedad española. Escrupulosamente planificado, durante años ha funcionado el pico y pala en las escuelas a la perfección. Con la llegada de la democracia y la implantación de las autonomías fue la base para que el Gobierno de la Generalidad de Cataluña pusiese la pica de Flandes. Las transferencias de las competencias del estado, en general y la educación en particular, fue la mecha donde la llama del adoctrinamiento ha perdurado en el tiempo con total impunidad. Hoy España vive una etapa convulsa entre la traición del catalanismo, que se fundamenta en lucir el ombligo del charnego adoctrinado al estilo gurú y la actuación de unas instituciones españolas que aplican las leyes con una generosidad que no se merecen. Quizá los catalanes en su egoísmo exacerbado y mal entendido, han perdido la perspectiva que la Barcelona y la Cataluña próspera de hoy, la han construido el conjunto de los españoles con su generosidad. Catalán de pro, no destruyas lo que tanto ha costado construir entre todos.