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Nostalgia del carbón

 

VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
26/01/2017

Aunque el cortejo socialista de Susana Díaz taconeara Palencia, Brañuelas y Camponaraya durante el fin de semana del frío, parece urgente volver la mirada hacia los asuntos que alivian o lastran la vida de la gente. Y de paso, invitar a nuestros políticos a que releguen la greña partidaria para ocuparse de la gestión de los problemas, porque ya va durando demasiado ese bucle. Y tal como apunta el año, no parece que los cuerpos estén para muchos esparajismos.

Así que conviene ir advirtiendo a los danzantes de que primero se aclaren y decanten sus propuestas y luego nos digan. Porque de lo contrario, estarán orillando los asuntos que de verdad afectan a la vida de la gente, como los manejos con el precio de la luz. Que ese calambre sí que importa y se hace notar. Sobre todo, en León y Palencia, donde además de hacer un frío de mil demonios, tenemos las minas arrumbadas por los negociantes de la energía.

En ese mundo de manejos turbios y perversos, estaba cantado que el carbón de importación, en cuanto desalojara del consumo térmico al nacional, iba a disparar su precio, y esto ya ha sucedido. Otro tanto ocurre con el gas argelino, que fue la invocación del pimpollo Nadal, al recetarnos una subida de cien euros en la factura de la luz. Tampoco anduvo parco en ocurrencias el presidente de Iberdrola, el salmantino Ignacio Sánchez Galán, en su paso por el foro económico de Davos. Beneficiado con ventaja por el reparto de la tarta hidroeléctrica y eólica, su mensaje en el cónclave se redujo a la simpleza de la descarbonización de la energía. Con semejante concurrencia, resulta imposible no evocar el hechizo de Davos entre los personajes de ‘La montaña mágica’, donde debatían analizando las inquietudes políticas y filosóficas de su época, ante el clamor de repetición de una inminente guerra mundial, que entonces todavía tardó en llegar algunos lustros.

Aquellos personajes de Mann reiteraban el escenario de los debates kantianos en torno a Heidegger, pero hace casi medio siglo los ricos del planeta instauraron en Davos un cónclave de gurús que incorpora a sus debates a los ejecutivos de las empresas patrocinadoras y que ha servido para acabar dando alas al populismo. Porque jamás los mendrugos han clarificado nada, por ricos que acaben siendo. Lo que sí han aprendido es a saltar de pispos a pillastres. Por eso les gusta que el común anegue valles y arrase pueblos o malogre paisajes para luego darles el negocio energético. Esas son las energías limpias de beneficios por las que apuestan.

Porque, por mucho que se empeñen, el eléctrico no es un mercado: crece sobre un desembolso público considerable en sus fases iniciales y cuando se rebajan sus expectativas de ganancia, reclama compensaciones por la vía de las tarifas. También aumenta sus precios al ritmo del consumo, hasta llegar a suponer una derrama sangrante tanto para la competitividad de las empresas como para la tranquilidad de los particulares. Y mientras, el ministerio de Industria y Energía del pimpollo Nadal, cuyo objetivo primero debería ser abaratar el coste de la electricidad hasta acompasarlo con los precios que pagan el resto de los europeos (en torno a un treinta por ciento más bajos), se limita a invocar nuevas subidas. Como el estrafalario anuncio de un sobrecoste anual de cien euros por consumidor. Tampoco parece casualidad que la etapa reformista de Rajoy con su mayoría absoluta se limitara en lo energético a la chapuza volátil puesta en marcha en diciembre de 2013 por el segundo de Soria y gemelo del pimpollo.

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