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EL BAILE DEL AHORCADO

Arden las pérdidas

Cristina Fanjul
28/11/2017

 

Hace muchos años los Reyes me dejaron junto al Belén un libro sobre los Premios Nobel de Literatura. La primera página que abrí fue la de Vicente Aleixandre. Podría haber sido cualquiera, pero fue esa. El libro te mostraba la biografía del autor y dos o tres de sus poemas más representativos. Supongo que esa casualidad fue la que hizo que el poeta sevillano estuviera por delante de cualquier otro de los representantes del 27 en mi buhardilla poética. Tenía diez años la primera vez que leí Se querían. No lo entendí —los niños de los 70 no sabían nada de la vida— pero me emocionaba siempre que lo recitaba. Uno de los tesoros de la infancia es que crees que todo es fácil. Crees que basta con ponerte a escribir para escribir, desconoces hasta qué punto escribir es vivir, sufrir y recordar. Entonces, pensaba que era fácil juntar palabras para crear magia. Sólo tenía que copiar a Aleixandre. Así que repetía los versos de La destrucción o el amor sin parar; me los sabía como los niños de ahora conocen Despacito, de manera mecánica e incordiona. Cuando menos me lo esperaba, ahí estaba Aleixandre con esa letanía amorosa bella y dolorosa: Se querían / Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada/labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?/Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz...

La mano poética de Aleixandre me acompañó durante muchos años, hasta que poco a poco comencé a comprenderle y a olvidarle.

Supongo que nunca te repones de todo lo que te hiere en la niñez, así que hoy he vuelto a ver ‘peces rojos que van y vienen sin música’ al saber que la Comunidad de Madrid tiene pensado convertir la casa de Aleixandre en un Primark. Lo de menos es la casa, pero los símbolos nos convierten en lo que somos. Por si alguien quiere ir, la residencia de Víctor Hugo en París está en la Place des Vosgues. No hay nada como leer Los Miserables, pero resulta reconfortante saber que Francia conserva un lugar en el que puedes contemplar la mesa en la que se escribió. En España, sin embargo, (perdón por el plagio) arden las pérdidas.

 

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