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CORNADA DE LOBO

Cuentapájaros

 

PEDRO TRAPIELLO
16/12/2017

Hay gente anónima que se dedica a contar pájaros gastando su tiempo muerto en fijarse en todo lo que vuela por sus lugares familiares o excursiones. Esa gente pasa después su información a la asociación naturalista a la que pertenece. La sociación suma esos datos al resto de observadores/corresponsales y los publica o facilita a los científicos, infinitamente agradecidos (o no) por ese trabajo de campo que ellos jamás abarcarían. Los cuentapájaros son los ojos que el laboratorio no tiene.

Es una afición muy entretenida y de mucho aire libre. Proporciona además datos y avisos de cómo van las cosas, si palante o patrás. Sólo sabiendo leer a pájaros y árboles podremos adelantarnos a las calamidades naturales que vienen... y quizá paliar algo.

Un cuentapájaros portugués vio el jueves un gran pajarón sobrevolando aquellos montes que devoró el fuego y hoy son ceniza, carbón de estaca, luto mortal donde la lluvia torrencial de invierno, que ya llegó, arrastrará irremediablemente tierras y cisco negro en una erosiva papurria turbia que cegará ríos y hará imbebible el agua.

El enorme pajarón era un avión que cruzaba el cielo cagando semillas... ¿?... miles de semillas de herbáceas y leguminosas para que sus raíces fijen suelo y mitiguen la erosión en marcha. Es una iniciativa novedosa impulsada por técnicos y ecologistas portugueses porque allí la devastación incendiaria es bestial; sólo este año se abrasaron medio millón de hectáreas de monte (compare el lector: aquel gigantesto incendio de Tabuyo de hace unos años sólo nos quemó once mil).

Bombardear semillas (sobre todo en parajes inaccesibles o abruptos) es espabilar al Cielo tacaño y que llueva maná simiente, replicar al capricho de los dioses pegones, devolver algo de vida con una mano a lo que con la otra matamos a cerillazos. Y mi cuentapájaros luso recordaba que un día le conté el sueño de mi amigo César Roa: si cada escolar sembrara tres bellotas de roble o encina al año en sus excursiones campestres, al poco las ardillas volverían a cruzar España sin tocar suelo... y los pájaros no nos huirían.

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