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CORNADA DE LOBO

Don Goyo

 

pEDRO TRAPIELLO
23/01/2017

Si alguien es Pepín, nadie le llama don Pepín, ni si eres Toño te llamarán don Toño, pero si eres Goyo, si eres albéitar, de Vegas del Condado y pasaste cuatro décadas cosiendo pueblos del Porma o Curueño como veterinario inseminador sin auparte a rango, cátedra o peana, llaneando con el pueblo que es tu gente y ayudándola hasta en recados domésticos, ¿quién negaría tu don de respeto y tu don natural no llamándote don Goyo?... Fue el caso de Gregorio Boixo, a todos los efectos, don Goyo.

Pese a su vieja relación con mis tíos veterinarios, tardé en conocerle y tratarle descubriendo a un personaje de exquisita caballerosidad, densa cultura, amenísima charla y andadura ejemplar, un hombre a quien ni la edad avanzada impedió estar al día. Ahí estaba él descubriendo mundos como empedernido lector, como oyente discreto en toda actividad cultural de la ciudad, nutriendo la webb de Vegas, acopiando memoria, compartiendo... y siempre aprendiendo.

Y con la discreción que le era propia dijo adiós, rindió el pabellón... y seguro que se fue con una gentil compasión por lo que nos deja en este valle de lágrimas que él enjugaba con sonrisa, sutil ironía y sin cuentas pendientes, que pudo tenerlas legítimamente, aunque prefirió saldar memorias corrosivas... y es que le tocó ser «chico de la guerra» y hasta fue dado por muerto en su casa después de que el gobierno republicano le enviara a Francia para librarle con sus compañeros de las penalidades y riesgos de una España encabronadísima y emperrada en matarse.

Es toda una novela el relato que me hizo de su peripecia al iniciarse la Guerra, interno en el colegio capuchino de El Pardo. Viendo llegar milicianos, los frailes hicieron comer a los críos toda hostia consagrada para impedir su profanación... ¡y a esperar el martirio!... pero les atendieron, les llevaron a un colegio mejor, después a Valencia y a la Francia del refugiado... ¡cómo añoró aquel Goyín a las mujeres y muchachas francesas, coloridas de atuendo y gracias, cuando le regresaron a su Vegas de mujeres aviejadas con ropón negro o percal, tristes, mudas y rezadoras!...

a b

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