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CORNADA DE LOBO

Enriquini

 

GARCÍA TRAPIELLO
01/03/2018

Que pongan luto a la sonrisa franca que nos contagiaba y a la gaita que musicó su fiesta del vivir mientras el cielo tumba hoy sobre la pradería de Asturias un sudario blanco de nieve que vino tras el hielo colado en toda casa con la noticia bruta de la muerte de Quini.

Y digo bien: en toda casa. Pocas veces entre españoles una persona concita tan unánime afecto y condolor como ayer lo confirmó todo medio.

No le tocaba ni tenía que tocarle. La muerte ya le había rondado inútilmente en la vida (durante veinticuatro días de secuestro se acostó con ella cada noche temiendo no volver a ver el sol en aquel zulo de Zaragoza donde le apresó un tal Batallón Catalán Español, unos chorizos fachorras antiseparatistas a los que, sin embargo, perdonó este extraordinario futbolista que fue aún más grande como persona, talla inusual). Y también acababa de meterle un soberbio gol a un reciente cáncer después de embrujarle con los regates prodigiosos que sólo él sabía darle a la adversidad o a cualquier defensa leñera («ya no tengo que volver a quimios ni a nada», le dijo hace poco al cura Fueyo, páter del Sporting y su amigo del alma)... y tuvo que ser el corazón -tan grande el suyo, no lo guardaba y lo llevaba siempre por fuera- quien le traicionara, aunque habrá que agradecerle a ese miocardio fallón la piedad del trámite con un trallazo fulminante sin ensañarse con calamidades clínicas o postraciones posteriores que su coraje nunca hubiera merecido.

De su generosidad incondicional hablan todos, la brindaba haciendo que no le costaba para que no le abrumara la deuda a quien la recibía. Todo parecía salirle de natural, sin doblez ni solapa. Cuando hace unos meses nos llevó Alfonso Alauto a verle a Gijón le robamos la mañana y media tarde, nos guió en la visita, nos atendió, nos agasajó... y al final, desde su alma también cazurrina, casi se mostró él más agradecido que nosotros. Así era él, bondad paisana, gente llana. Y la visita de vuelta prevista para este próximo 11 de marzo se encontrará con un vacío tremendo y el silencio trágico de su sonrisa ausente. Era muy grande Enriquini.

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