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EL BAILE DEL AHORCADO

Gentuza

 

CRISTINA FANJUL
01/06/2018

Ya vale, de verdad. Ya está bien de mierda, de malnacidos, de gentuza que sigue al abrigo de un momento de la historia de España que no debería ser más que el relato de terror en los libros de texto. Lo peor del episodio del otro día en el Congreso de los Diputados no son las declaraciones del ministro Zoido. Lo que realmente debería llevar a la náusea es el aplauso de toda la bancada del PP. Aclamar a un torturador debería llevar a que todos nos replanteáramos qué pasa con el Código Penal porque eso también es enaltecimiento del terrorismo, y del peor, terrorismo de Estado.

En algunas declaraciones de Derechos Humanos, la americana, por ejemplo, hay una figura fundamental: la objeción de conciencia. Yo me declaro objetora. No quiero que con mis impuestos se siga pagando a un psicópata que se escondió detrás de una placa para humillar, vejar, para torturar a españoles. Hasta que a esa chusma no se le retire la medalla de plata al ¡mérito policíal! este país no será una democracia. No lo será.

Todos los diputados que aplaudieron en el Congreso tendrían que pensar qué implica esa gestualización. Todos ellos. Eso sí es insultar a la policía, a la guardia civil, a todos los servidores públicos que cada día salen de su casa con la incertidumbre de si volverán. No se merecen tener que soportar que un delincuente tenga la misma entidad que ellos. Que un cantante punk grite en un concierto ‘Puta Policía’ no es un delito. Es parte del movimiento punk. Esa manera perversa de pensar llevaría a la cárcel a Navokov por abuso de menores, a Houellebecq por asesinato y acabaría con Arendt por ahondar en las tinieblas del nazismo. ¿De verdad? ¿Defenderían ustedes cualquiera de estas posibilidades?

Ya está bien. Se ha cumplido un ciclo que está carcomido por la fatiga y la corrupción. Antonio González Pacheco ‘Billy el Niño’ es un torturador. Lo es aunque sus crímenes hayan prescrito. Sus víctimas fueron españoles. Necesitamos pasar página, pero para eso es necesario que el pasado haga su particular constricción de conciencia.